La novena sinfonía de Beethoven, un canto a la libertad

Óscar Aguirre Gómez

“Para llegar a una solución, incluso de los problemas políticos, debe seguirse el camino de la estética, porque es a través de la verdad que llegamos a la libertad”. (Schiller)

(…) La Novena sinfonía tiene su semilla en la Fantasía para piano, coros y orquesta, op. 80, terminada  en 1808, con texto del poeta alemán Chiristian Kuffner. Pero el tema de la Alegría se remonta a mucho tiempo antes…

En 1792, Beethoven había manifestado su deseo de poner música a la oda de Schiller, publicada en 1786. En 1793, el profesor Fischenich, de Bonn, escribía a Charlotte, la mujer del poeta: “(Beethoven) compondrá también el Himno a la Alegría, de Schiller, estrofa por estrofa. Espero que lo hará a la perfección, porque demuestra interés por los temas grandiosos y sublimes”. (…) Durante treinta años el pensamiento del compositor giró una y otra vez sobre la idea. Finalmente, el poema del autor de La educación estética del hombre se transformó en la cúspide de un edificio sonoro inigualable que marcara la decisión de un Wagner a ser músico, pues la Novena sinfonía lo impresionó profundamente.

(…) La Novena sinfonía había sido encargada por la Royal Philharmonic Society de Londres, en 1817, a través de Ferdinand Ries. Sus primeros apuntes datan de 1811. En 1823 estaban terminados los tres primeros movimientos. Beethoven en su creación fue un obrero de la música, un revolucionario del pensamiento hecho arte. Trajo de lo más recóndito de su espíritu su versión largamente gestada de un mundo nuevo, de la Alegría arrebatada al cielo. Con la Novena Beethoven tendió un puente hacia la música moderna, sentando las bases para las grandes manifestaciones sinfónicas de los maestros posteriores. Schubert, Schumann, Brahms, Bruckner y Mahler, entre otros, bebieron de las fuentes musicales  que brotaron de ella.

(…) El maestro de Bonn realizó un grandioso hallazgo al sacar de la nada el misterio del sonido que campea en la introducción de la sinfonía: de un murmullo de las cuerdas llega a la apoteosis; entre el caos y lo concreto todo un mundo sonoro, nuevo por demás, concluye en el extraordinario final con coros. He aquí a un Beethoven optimista, que cree empero en un destino humano al compás del ritmo marcial de los timbales

En la Novena sinfonía vemos el fiel reflejo de un Beethoven con su rostro vuelto al sidéreo espacio, pero con los pies en la tierra en un camino que empieza desde el primer movimiento, lleno de aparente indecisión mas con una finalidad: adentrarnos en otras dimensiones, como las del exuberante Scherzo, el luminoso Adagio y la fatalidad arrebatadora del comienzo del final, con su grito convocador: “No ya con esos acentos…”. Hay que clamar con otra voz.

(…) Ciertamente, podríamos encontrar en Beethoven una inspiración de tipo poético, que sólo musical. Su concepción filosófica adquiría en él una necesidad de expresión y el resultado era la música… una manifestación “más alta que toda filosofía”. En todo caso, la Novena sinfonía, como resultado de un largo proceso interior, se aproxima a la culminación del genio iluminado por resplandores tardíos que renuevan sin embargo los primeros impulsos, con vistas a estimular de nuevo la creación, a mantenerla viva. Una fase creadora puede generar otras, sino dentro de los cánones del autor, dentro de la actividad similar de otros que sigan su camino, su línea particular como modeladora de un arte propio. ¿Qué puede haber detrás de posibles nuevas fases artísticas?

Alegría humana

(…) Desde el primer instante en que empezó a germinar en la mente del maestro la idea de poner música al poema de Schiller, era consciente de que algo faltaba a su obra: la coronación apoteósica de su incursión triunfal por el mundo de los sonidos. Y relacionó su idea musical con su propia visión del mundo y del universo

(…) mientras, por una parte, Beethoven arrancaba al cielo su inspiración, por otra se comportaba como el más corriente de los hombres al tratar en vano de ser como ellos, en virtud de su falta de tacto, debida en gran parte al negarse a abandonar momentáneamente su mundo interior, del cual se sentía apartado sin quererlo.

(…) Beethoven no podía pertenecer al común de los hombres, pues era un creador excelso, que arrancaba su fuerza de la contemplación de la naturaleza, y que extraía, sin embargo, su arte de sí mismo, vertiendo en él la inspiración que le venía de otras dimensiones que de ordinario no se perciben, y a las que acudía ayudado por su ímpetu particular. (…) Beethoven es un hombre libre de ataduras de orden conceptual y su obra es el resultado de una búsqueda solitaria en el cosmos, para tratar de hallar su  verdad y darla a conocer a través de la música. 

Al músico sordo le bastaba su oído interior para manifestar su prodigiosa creatividad. La composición de la Novena, desde su más remota idea, abarca casi tres decenios de su trágica vida. Es decir, resume y cristaliza motivos musicales que rondaban en su imaginación, dándoles forma en una apoteosis sonora inigualable, por mucho que se quiera ahondar separadamente en sus raíces. La Novena es la síntesis de una personalidad creadora, de un genio que captó como nadie la esencia de su inspiración en un momento único de la historia de la música. Beethoven vierte en la Novena toda una ciencia musical dentro de cuya construcción  se mueven  diferentes y valiosas  armonías que se traducen en importantes y bellas  creaciones.

(…) independientemente del uso que se haga de las obras de arte con objetivos diferentes a su apreciación  misma, la Novena, hecha por un hombre de espíritu ilimitado, es destinada a todos los hombres… también de espíritu ilimitado. Y su percepción nos torna humanos, nos mueve de la insensibilidad ordinaria para llevarnos de la mano si se quiere a otros linderos. La visión de Beethoven de una naturaleza resplandeciente, llena de voluptuosidad, iluminada por un cielo estrellado, se adhiere a la del poeta Schiller en su contemplación de un mundo fraterno en que lo personal se sacrifica a favor del conjunto universal, en una visión jubilosa, proyectada más allá del espacio familiar y temporal.

(…) la Novena invoca una alegría inalcanzable. Inalcanzable sí, pero para el hombre de nuestra época, para nuestra civilización. Mas la conciencia del hombre se proyecta, y en ello consiste su grandiosidad: es superior a la materia de la que emana y en ella hallan asiento por analogía las expresiones artísticas del genio beethoveniano, haciendo que  se “recreen”  sus obras al percibírcelas. La evolución supone expansión de la conciencia habitual y el apercibimiento de dimensiones que de ordinario no captamos. En ese sentido, la Novena aún espera a quienes vivan su canto. La alegría que pregona no es para nosotros todavía. Somos salvajes civilizados, pretendiendo acomodar lo bello a nuestras pobres ansias, efímeras por demás. La alegría es expansión de la percepción. Es el reconocimiento de ser humanos, la aceptación de nuestro destino mortal, porque más adelante nuestro yo persiste incólume a través de las edades y en otras esferas en espera del momento en que halle el reposo. La alegría es la conciencia de que una chispa divina reside en nuestro interior y de que no obramos en vano. La alegría hace que el hombre cante  antes que llorar.

No en vano antes de comenzar el terrorífico golpe de orquesta, el llamado perentorio al conjunto de instrumentos y voces que conforman la parte final de la obra, se escucha el sublime Adagio, en un orden inusual: prepara al oyente para lo que vendrá. Este Adagio, el movimiento más secreto, de sutil construcción, “podría denominarse el sagrado ágape de la música instrumental”, al decir de Mario Roso de Luna. Es “la última meditación sinfónica del maestro”, como lo califica Edouard Herriot.  “Los últimos compases, pianissimo, nos dejan en pleno recogimiento”. “Ya puede desencadenarse la Oda a la alegría —continúa Herriot—. Entramos en el santuario en el que todos los hombres se sienten hermanos. El coro y los solistas se interrogan y se responden. Un allegro alla marcia adapta el tema esencial a los versos de Schiller que invitan a los hombres a seguir animosamente su camino como un héroe marcha  a la victoria”.

Sí, ya puede desencadenarse la Oda a la Alegría: es el momento, dirían también los hombres de hoy, agobiados por el sufrimiento y la desdicha. ¿Habrá un padre amoroso sobre las estrellas, como lo dice Schiller al final de su oda? ¡Entonces debe velar por todos nosotros! Ha habido diversas discusiones acerca de si al final de la Novena las palabras confieren a la música una dimensión que ésta por sí sola no hubiera podido expresar, como lo aseguraba Wagner. Se especula también sobre si la intervención de las voces debe ser considerada como símbolo de una humanidad ideal, soñada ya por el período de la Ilustración, lo que Beethoven había hecho antes sólo con música.

(…) Un músico que “no” oía, escuchó por nosotros y su audición fue una súplica: la Novena sinfonía, escrita “para todos los hombres”… Cumbre de su pensamiento artístico, resume su obra entera y en su forja dio cabida a buena parte de la inspiración y modelo de la música moderna. Allí, en esa obra magna, encontramos, entre sus coros, en medio de una furia dionisíaca, la sublimación en el éxtasis, es decir, todo un cúmulo de tonos y caracteres que nos indican que en ella se resuelven en apariencia los conflictos del ser humano, mas la fuga final, cuando la música parece diluirse, nos invita también a pensar que todo puede ser vano. El hombre es impotente ante el avance incontenible de sí mismo, lo que lo aniquila finalmente…  para avanzar de nuevo.

Música y libertad

(…) Como ha sucedido con los grandes artistas y genios de la humanidad, a algunos se les ha reprochado su no alineación en determinado sector político de la sociedad en que les ha tocado vivir por circunstancias del destino. A Beethoven se le endilga quizá su rebeldía sin objeto aparente, su clamor indistinto, sin otra forma que la expresión de su arte.  El fue músico, no un luchador. Y su pluma estaba al servicio de sus ideas, de su mundo armónico que necesitaba expandirse y para ello requería un medio, muy limitado por cierto, por la censura de entonces. A lo largo de la historia  el mundo ha visto cómo la cultura no pocas veces ha sido puesta al servicio de intereses no muy claros con miras a promocionar su arraigo en las mentes y en los corazones de los hombres. Beethoven no ha sido la excepción, y precisamente con el uso e interpretación de su Novena sinfonía.

(…) En 1999, en París, entrevistado por el diario El Clarín, de Buenos Aires, el escritor argentino Esteban Buch analizó las manipulaciones políticas de que ha sido objeto la famosa obra de Beethoven desde su creación. Ello demuestra, según él, la necesidad de poner en evidencia el valor moral del arte de Occidente.

En la Ciudad Luz, el autor realizó una investigación para su libro La Novena de Beethoven, que consiste en la historia política de ésta, publicada por la editorial francesa Gallimard. Creo que, independientemente de la apreciación correcta del arte, está el arte mismo, su belleza que no puede ser interpretada sino, percibida, sentida, intuida, sin menoscabo de su valor intrínseco. Shakespeare decía que hay que desconfiar de quien no guste de la música. Pero,  ¿y si todo el mundo gustara de la música? ¿Sería éste un mundo confiable? No lo sabemos. Parece ser entonces que la Novena en sí misma es una paradoja en donde se conjugan el arte en lucha con la  expresión.

Fraternidad futura

(…) La música auténtica debe ser escuchada, sentida. Es un lenguaje directo. A través de ella se perciben ideas universales y eternas. La música nos hace libres. Ella es la más alta expresión de la libertad. Con sus notas la imaginación emprende un vuelo. Inspiró a Pitágoras, a Shakespeare, a Schopenhauer, a Nietzsche y a Mann. El poema de Schiller brotó de un estado musical de su alma. “La poesía alemana —dijo— se encamina naturalmente hacia la música; sus tendencias panteístas y trascendentales la acercan al lirismo del arte sonoro”. La música, en última instancia, no representa ideas, pues es la idea misma. La música proporciona un grado de libertad al espíritu humano que no lo dan las revoluciones ni los gobiernos.

Mirar hacia el futuro nos hace libres; mirar hacia el pasado nos esclaviza. Beethoven miró hacia adelante —“Todos los hombres serán hermanos”— cuando hizo que la palabra, el verbo, acompañara su más trascendental obra: y lo hizo precisamente con el término adecuado, convocante: ¡Alegría! Palabra conciliadora, universal. Y todo el conjunto sonoro iba dirigido a una pléyade de hombres y mujeres libres. ¿Dónde hallarlos? Quizá ya existan en un planeta distante…

(…) La necesidad de comunicarse llevó a Beethoven a la palabra concreta y así acudió al lenguaje directo de Schiller. En un mundo lleno de odio y de ansias de poder extremo, las notas de la Novena son una luz de esperanza, aunque suenen extrañas a muchos oídos egoístas. Beethoven hace que la Coral cante no lo que la humanidad es, sino lo que podría llegar a ser; es decir, no a la condición actual del hombre, sino a su poder latente, que lo hará protagonista de una aventura no lejana… El músico, auxiliado por una voluntad poderosa, alcanzó en la Novena, a través de tonalidades nuevas, alturas desconocidas. ¡Encontremos en términos nuevos la cristalización de la esperanza de un mundo escéptico!

*Tomado de su libro: BEETHOVEN, PERFILES