La cucaracha, de la revolución mexicana, en Filadelfia se convirtió en canción de cuna

Julián Chica Cardona

‘Quién no ha cantado alguna vez La Cucaracha? ¿Quién no tuvo que escucharla veinticatorce veces, a mañana y tarde, cuando el coro de los enanitos de segundo grado trataban de afinarse bajo la batuta de su maestro, don Jesús Morales?

 

¿Quién no recuerda ese estribillo de las barras infantiles cuando se iba la energía eléctrica y las esquinas se llenaban de duendes bulliciosos de ambos sexos? ¿Sabían acaso aquellos profes que este coro inofensivo era una canción revolucionaria que los mejicanos entonaban en los años 20?

 

¿O porqué el último verso lo enseñaban con “una pata para andar”, adulterando el del cuarteto original de “marihuana que fumar”? ¿Tan escandaloso era el asunto en la segunda mitad del siglo XX que había que prohibirlo cuando allá en el país de los “manitos” era el pan diario después del padre nuestro en 1915?

 

Estribillo original

La cucaracha, la cucaracha

ya no puede caminar,

porque no tiene, porque le falta,

marihuana que fumar

01 

Con las barbas de Carranza

voy a hacerte una toquilla

pa’ ponérsela al sombrero

de ese bravo Pancho Villa.

02

Para sarapos Salcillo

Chíhuahua para soldados;

para mujeres, Jalisco

para amar toditos lado

En todo caso, el que no haya oido cantar “La cucaracha”, es que no es de este mundo porque hasta los payasos del circo que venían a Filadelfia representaban la parodia cuando el barrigón de Pancho Villa metido adentro de su famoso Ford T. negro y despaturrado como una cucaracha pero fabricado de cartones, era empujado por sus “meros meros”, de confianza, hasta que prendía y se iban subiendo a toda prisa y por las ventanillas asomaban brazos, piernas, cananas, escopetas y sombreronones, mientras cantaban a pulmón tendido cuando eran recibidos por una lluvia de balas al voltear la esquina.

 

¿Si los muros de tapia de la Escuela de Varones General Santander (construida a finales del quinquenio del General Rafael Reyes), existieran, nos mostrarían en las fibras diminutas de sus raíces y su arcilla esos ecos infantiles del “gallito la-la” y “la avione-ne-neta se cayó”, que con tanta insistencia reclamaba don Jesús Morales así todo aquello fuera un inmiserocorde chorro de gritos infantiles recostado en esa voz grave y rasposa del maestro que se abría paso como el robusto tronco de una higuera.

 

Después de aquel entonces, esa tromba de voces destempladas que se escurría por puertas y ventanas y hacía crispar de nervios hasta la última tanda de cucas y bizcochos que se iban dorando lentamente en el horno de barro de don David Carmona, me va llegando como en un rumor de olas, junto a esa confusa sensación ridícula de que a una pobre cucaracha que le faltaba una pata para andar le hubieran sacado una canción.

 

Pero no era sólo ese canto monocorde de la escuela entremezclado en el olor caliente de las cucas y bizcochos que llenaba mis pulmones sino que junto a todo eso y las voces del profesor de cuarto, don Antonio Hurtado, y el olor al polvo que ascendía del piso cuando zapateábamos a la voz de tres de nuestro profe, los corredores de madera se iban impregnanado del olor a queso con azúcar de las moriscas de don José Tangarife de las once, y entonces ya sabíamos que estaba apunto de que sonara la campana.

 

Y finalmente, La cucaracha se convirtió en la canción de cuna más importante de nuestro repertorio cuando niños, y se le cantábamos a los hermanitos más pequeños para que dejaran de llorar.