¿Hasta dónde estás dispuesto a viajar?

¿Qué es la vida? Un largo viaje. Un viaje con muchas turbulencias y muchas escalas. ¿Cuántos de nosotros vivimos en el pueblo que nos vio nacer?

Dejamos atrás nuestro pueblo… y seguimos viajando porque ninguna ciudad es el final del viaje.

El viaje de los pies y de los pasaportes pone a millones de personas en camino, pero hay un viaje espiritual, el viaje del corazón, que todos estamos llamados a hacer. El viaje hacia Dios, hacia su hijo Jesucristo.

La Palabra de Dios, nos enseña que Jesucristo no es un Salvador local sino un Mesías y Salvador global: para todos. En Cristo la salvación es universal.

Ayer un joven se me acercó y me dijo que él ya no esperaba regalos de los reyes. Yo le dije que la estrella que brilló y guio a los tres Reyes, hoy, brilla también para usted y para mí. Dios no está limitado como nosotros. Dios habla de mil maneras y en esta fiesta de la Epifanía Dios habló y guio a nuestros tres Reyes mediante una estrella.

Ustedes no emplean la palabra “epifanía” en su vida diaria pero no porque no tengan pequeñas o grandes epifanías: una intuición súbita: una epifanía, un grito de alegría: una epifanía, una mujer hermosa a la que siguen con la vista durante cinco minutos: una epifanía, su primer amor: una epifanía, su primer hijo: una epifanía, su primer fracaso: una epifanía…

Abrir los ojos grandes, ver lo que otros no ven, sentir lo que nadie siente, descubrir lo secreto… epifanías muy humanas.

Dicen que todas las zarzas arden con el fuego de Dios que no se consume. Los que ven -epifanía- se quitan los zapatos y adoran a Dios escondido. Los que no ven, -no epifanía- se acercan a la zarza y cogen sus frutos.

La epifanía que hoy celebramos es la fiesta de la imaginación, de una corazonada. Aquellos tres hombres vieron una estrella y la siguieron y encontraron a la estrella, a Jesús. Le ofrecieron sus dones y regresaron a su país. El evangelio no nos dice lo que ellos recibieron.

Cuenta una leyenda que hubo un cuarto rey, llamado Artabán. Este tardó en ponerse en camino y seguir la estrella. Cuando llegó a Jerusalén ya Jesús no estaba. Habiendo oído decir que había huido a Egipto se dirigió hacia allí. En el camino encontró muchos necesitados. Movido por la compasión vendió dos de las joyas que llevaba para Jesús. Siguió buscando a Jesús durante treinta años. Llegó a Jerusalén, después de tantos años de búsqueda, y estaban celebrando la fiesta de la Pascua. La ciudad estaba revuelta. Iban a crucificar a un tal Jesús de Nazaret, el rey de los judíos. Artabán comprendió que su viaje había llegado a su término.

Quiso abrirse camino entre la multitud para acercarse hasta Jesús y oyó los gritos de una joven que iba a ser vendida como esclava. Y vendió la tercera joya para rescatarla. En ese momento el cielo se oscureció, la tierra tembló y una piedra enorme le cayó encima. Mientras moría en los brazos de la joven una voz del cielo dijo: “Lo que has hecho por uno de mis hermanos más pequeños lo has hecho por mí”.

El cuarto rey podemos serlo cada uno de nosotros. ¿Dónde encajamos nosotros en esta fiesta de la Epifanía? Somos parte de una comunidad, la iglesia, juntos formamos una caravana en búsqueda. Nadie viaja solo. Nadie se salva solo. Necesitamos una estrella que nos guíe: el consejo de un hermano, consultar las escrituras, preguntar el camino… Estamos en diferentes etapas del viaje: viejos buscadores y novatos, los que arrastran los pies, los que dudan, los que pecan, los que tienen problemas como Herodes, los que saben la respuesta como los escribas. Fiesta de la esperanza. Fiesta de la luz para todos. Llegar al final del viaje y ver el rostro del Mesías.