Hambre

Ángel Gómez Giraldo

¡Ay el hambre de la especie humana! Hace lo que sea por obtener el alimento diario.

Cómo es de berraca el hambre que sale a la calle y canta, baila, actúa y hace escena.

Camina sobre muletas y se hace llevar en silla de ruedas. Se remanga el pantalón y se levanta la camisa para mostrar falsas heridas, las que no tiene en el cuerpo.

Sin embargo estas escenas no me llegaron a causar tanta impresión como el cuadro que a continuación les voy a describir con el hombre mismo como ente esencial de lo visualizado.

Era al medio día de un lunes tan perezoso como lo es para el que inicia la semana laboral luego del descanso del fin de semana.

Del restaurante de la esquina de la calle 25 carrera 8, sector del Lago Uribe Uribe de Pereira, salía un olor a pollo asado en lo que aún queda de las llamas del “purgatorio”, en ese lugar donde se empalan las aves en el asadero de carbón.

Mas esto para nadie puede ser  sorprendente ya que no hay mejor manera de consumir el pollo que asado en las brasas.

Lo que me llamó la atención fue el “velón” externo  del restaurante, como se le decía a la persona que sin nada para comer se pone al frente del que está comiendo.

Sí, este “velón” era un muchacho de unos 25 años de edad, hombre bien empacado pero que se le podría decir apolíneo porque su belleza no le quitaba masculinidad comprobando de paso que no todos los hombres “pintosos” son también flores del jardín.

Vestido sencillamente pero pulcro, no parecía habitante de la calle o mendicante. Quizás perteneciente a una familia de pobreza extrema sacado a la calle por el hambre.

La misma que lo llevó hasta el restaurante aludido ubicándolo frente al amplio ventanal de cristal protegido con resistente reja por el lado de la calle 25 donde también se puede mirar para adentro del negocio con entrada por la carrera 7.

Con la mayor parte del cuerpo sobre la pared, pero con la cabeza sobre la reja y las manos sobre las barras de esta, de espaldas a la calle, podía verlo todo a la mejor hora para almorzar.

El público que a esa hora se moviliza por el centro de la ciudad pasaba de manera inadvertida y no  reparaba en el joven que parecía un alto relieve sobre la fachada del edificio.

La posición

En cambio a mi me llamó la atención puesto que la posición de su cuerpo era la del  varón amacizado a la mujer, y la actitud del macho que está a la espera de la entrega total de la hembra.

Pero en realidad se encontraba allí incrustado porque tenía hambre que ya no era hambre sino carpanta: hambre atroz.

De paso es bueno señalar que  a la vez existe la  hambruna que  es un problema que afecta a varios países y es uno de los peores problemas en el planeta, y también se refiere a desnutrición.

El programa Mundial de Alimentos, asegura que hoy en día hay 925 millones de personas desnutridas en el mundo.

Volviendo con la imagen callejera, me obligó a interrumpir la marcha y a fijarme en un rostro tan, tan armonioso, que parecía hecho de porcelanicrón.

¡Oh Dios! En su posición tan ajustada él guardaba total silencio. No decía nada ni pedía nada.

A pesar de todo se le podía ver la percanta que llegaba hasta el salón del restaurante lleno de platos servidos con pollo asado.  Entraba solo a través de mensajes,  gestos y expresiones meramente faciales.

Su mirada pasaba  de la mano de ese sol del medio día que ducha y bochorna a la trasnochadora y querendona Pereira.

Cual mimo imitando al hambriento  sacaba la lengua y la pasaba por sus finos labios, saboreando lo que apenas era para él un deseo de comer algo.

De tanto pasar la lengua sobre los labios, no con morbosidad sino con hambre, los mismos le quedaron como los de la muchacha que se acaba de aplicar brillo para tener una boca más provocativa.

El man no lo hacía con sensualidad sino con hambre, pues el hambre no es boba y predica que para enamorar hay que tener la barriga llena.

Y la frase popular también: “Barriga llena, corazón contento”.

Sin resultado

El “velón” repetía una y otra vez el mensaje silencioso y ninguno de los comensales se daba por entendido. Nadie le ofrecía una presa de pollo.

Esta manera de ser de los del restaurante me dejó el corazón como un limón después de que se le exprime el jugo: seco.

Tan solo había sentido algo así cuando vi cómo los bomberos de Pereira rescataban al Cristo crucificado de los escombros del templo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que se levantaba  en la carrera 12 con calle 23, semidestruído y luego demolido como consecuencia el terremoto del año 1999.

Claro que Jesús no murió de hambre sino de la mano de los judíos.

Huída

Cerca de 5 minutos esperé una manifestación de la obra de caridad que ordena dar de comer al hambriento, pero al no darse continué la marcha, atravesé la calle introduciéndome en el parque El Lago.

Aquí me topé con el pequeño busto del general Rafael Uribe Uribe que le da nombre a este sitio de recreación de la capital de Risaralda, a unos cuantos pasos del restaurante, y les juro que lo vi llorar sobre nuestra insensibilidad social.

Sí, maldita sea, es cuando hasta los monumentos lloran.

Lo vi llorar porque Rafael Uribe Uribe conocido solo como un militar colombiano, fue mucho más, un furibundo socialista y sindicalista. Abogado y periodista. En la infancia tuvo dificultades económicas.

Si, lo noté bañado en lágrimas y no  extrañen que uno ve lo que quiere ver y escucha lo que quiere oir.