Flores donde no hay jardín

Ángel Gómez Giraldo

¡Ay Si la calle tuviera ojos y oídos tal vez no vería ni escucharía tanto, porque es que la calle tiene gente que ve y escucha por ella!

Y como en la calle pasa de todo, hasta la vergüenza que sufre la mujer de perder su prenda íntima cuando no ha sido bien asegurada en la cintura. Otras personas van andando y abandonando los zapatos al perder el tacón o la suela.

En el peor de los casos se pierde hasta la buena fama pues es difícil saber quién nos está siguiendo con la mirada.

Queda el susto de encontrarse con dementes semidesnudos, y jovencitos caminando con careta de oxígeno, pero que no hacen otra cosa que aspirar pegante.

Otros con cara de delincuentes como para empezar a correr, y sálvese el que pueda.

Pero hay más: los habitantes en condición de calle “exportados” de otras ciudades y los que ofrecen cantando con voz aflautada de parcero enguayabado, el mango, la papaya y el tomate chonto para subir palo arriba a la roñosa contaminación auditiva.

Y lo que siente el peatón y los ciudadanos es un pánico más desmechado que la carne venezolana.

Calle 25

Sin embargo aquí mismo en el centro histórico de la trasnochadora y morena hay una calle que tiene más de lo que necesita aunque el piso asfáltico nos puede hacer perder las chanclas caseras que muchos, dizque varones, hacen sonar en la calle.

O sea que la calle es para salir corriendo, como agua para chocolate, película mexicana en que dos jóvenes que se aman se ven obligados a separarse.

Con una nomenclatura en el frontispicio de sus edificaciones que le dice al caminante donde se encuentra: calle 26, entre carreras 6 y 7.

Sin embargo tiene la alegría de una gitana dispuesta a leer la mano.

Dos sastrerías con hombres de cortar y coser con ilusiones. Los años que llevan en el oficio se ven en las máquinas de coser y en sus rostros duros por el tiempo y el trabajo honrado.

Sastres que al igual que los barberos se encargan de mantener la mejor imagen de los hombres más viriles.

Sastres de  vozarrón y miradas sobremedidas, por lo que alguien anotó muy graciosamente que cuando los varones se acaben con ellos se acaban los sastres como los barberos. ¡Vamos a ver!

Y es bueno aprender que para ellos los españoles hicieron un refrán que no se ha descosido con el uso: “Entre sastres no nos cobramos costuras”.

Es que todos confiamos más en el sastre que en la autoridad aunque ambos son  necesarios. Verán que sí.

El cliente le tiene tanta confianza al sastre que se le pone de frente, inerme, para que le haga lo que tiene que hacerle con el metro: tomarle las medidas y recibir la orden de tiro corto o tiro largo. Esto es cosa de preferencias.

Encantos

Pequeña la calle, 60 metros de largo por 7 de ancho, tiene sus encantos:

Es bohemia con bares y estanquillos , hay uno de estos negocios que de plebeyo que era pasó a ser de la realeza porque se amplió y reapareció con corona: Licorería El Virrey.

No es de extrañar pues según las estadísticas 6 de cada 10 colombianos han consumido licor en los últimos años.

Observando la calle uno se da cuenta que tiene buenos bares siendo el de más tradición “El Corcho” donde se puede emborrachar adentro y no lo ven de afuera.

Y al ingresar nadie se da cuenta quién llegó porque las luces intermitentes del establecimiento lo encandila y no le permite mirar.

Al frene una residencia discreta, otro reverbero donde se asa carne por si la líbido rebosa y el licor estimula y abre el apetito.

En el entorno está el parque El Lago de gruesos chorros ornamentales y un bello templo con concierto de campanas.

Tiene buenos olores la calle: huele a cerveza y ron que consume la clientela de estos negocios, hombres que se alimentan con chontaduro, borojó y se dan en la cabeza con el tarrito rojo de la Kola Granulada.

Calle de Dios donde hasta los vientos de la noche tienen balcón con barandilla saliente, resistente, apenas para que la reina salga a saludar con mano enguantada.

Es el balcón del palacio de Flores Frescas, edificación de tres pisos imponente como un cadete de escuela naval, para algunos.

Hasta emana aromas que son propios de las flores así no se vea jardín por ninguna parte. Esto desconcierta a los hombres que saben que allí habitan las más bellas cattleyas de la región.

“Es que allí las flores no están en el jardín”, sostiene con sonrisa maliciosa un exadministrador del popular club nocturno de la capital risaraldense.

De otra parte, mozos expertos en jardinería se preguntan: “¿Para qué tener jardín en la casa si las flores están en la calle 25, sector de El Lago. ¡Pobrecitas sus esposas!

¿Cómo saber a qué horas llegan las flores frescas a su palacio?

Muy sencillo, se lo pregunté a un barbero antiguo de Pereira, Alberto Ocampo Marulanda, que todas las tardes solaza su jubilación sentado a la sombra de una peluquería de muchachos con barba hipster, larga, la que funciona frente al club nocturno Flores Frescas.

Me respondió de ipso facto gracias a la claridad con que los adultos mayores ven las mujeres: “Ingresan a partir de las 6:00 de la tarde”.

Estos jóvenes peluqueros y sastres bien sentados, parecidos porque unos y otros cortan cabello y tela, al escuchar la pregunta y la respuesta, dejaron caer las tijeras al  piso. ¿Se pusieron nerviosos?