En busca del santuario de los Quimbayas, ¿de cuál patrimonio hablamos?

John Jairo Vera Ospina

En el año 1987, los arqueólogos Walter Alva y Luis Chero Zurita, descubrieron al norte del Perú la tumba del que llamaron “Señor de Sipán”, inmediatamente, el presidente Alberto Fujimori ordenó realizar un funeral con los restos hallados, con todos los honores correspondientes a un jefe de Estado, y el área de su ubicación entró a hacer parte del patrimonio arqueológico nacional de los peruanos. Algo semejante acaba de ocurrir en Guatemala, en donde han hallado nuevos vestigios de la cultura Maya, en el departamento de Petén.

 

Pues bien, es en esos momentos cuando a uno como colombiano, no le queda más que admirar –y envidiar– el nacionalismo y amor propio por su pasado que demuestran mejicanos, guatemaltecos y peruanos, tan latinoamericanos como todos los colombianos, pero, a diferencia nuestra, tan orgullosos de sus antepasados y la historia que dejaron. En Colombia, las pocas riquezas de las culturas precolombinas que faltan por descubrir son sinónimo de saqueo.

 

Para la muestra un botón: uno de nuestros principales hitos históricos y arqueológicos que tenemos los colombianos en el Eje Cafetero, está representado en los últimos vestigios de los Quimbayas, población que desapareciera en extrañas circunstancias hacia el siglo X de la era cristiana (toda vez que a la llegada del conquistador español, quienes habitaban este territorio pertenecían a la gran familia Caribe, muy diferente a quien los antecedió).

 

Es indudable que entre el alto de La Mina (vereda de Chinchiná) y el parque de Las Marcadas (sector rural de Dosquebradas), existió un gran santuario de esta cultura. Las condiciones topográficas, hidrológicas, climáticas y ecológicas de la región en mención, unidas a los muchos petroglifos diseminados por ella, ampliamente conocidos por quienes la habitan, pero totalmente ajenas al común de los colombianos (creo, a veces, que esto puede ser “una fortuna”), fueron el aliciente para que muchos siglos atrás, aquí se desarrollara una población de talladores de piedra, es posible que algunos de ellos tuvieran inquietudes astronómicas, pero la gran mayoría se dedicaron a la labranza de la tierra y al cultivo de maíz y yuca.

 

Las cenizas, producto de tantas erupciones de los volcanes de la región, el régimen benévolo de lluvias y la altitud promedio en la que se ubica esta región, la hicieron privilegiada para ser habitada, así como la ausencia de mosquitos y otros artrópodos, que pudieran ser vectores de enfermedades graves en esos tiempos pretéritos, la riqueza –que aún persiste– de sus suelos y la facilidad para recorrerla durante un día, ya que su geografía no es abrupta en ningún momento.

 

Los hallazgos arqueológicos en este santuario han sido numerosos, desde los conquistadores, pasando por los colonizadores antioqueños, quienes llegaron a mediados del siglo XIX y nos legaron la figura ominosa del “guaquero”, hasta los “entierros” que, accidentalmente, se descubren hoy por los cafeteros, cuyas haciendas se ubican en el lugar, o quienes intentan alguna obra de ingeniería, como trazar carreteras, hacer banqueos para construir o proyectar un acueducto. ¿Cuántas riquezas de la cultura Quimbaya se han perdido así? Muchas, una cifra difícil de cuantificar. Desde que por internet podemos saber cuánto vale un gramo de oro, en los “entierros” no se volvieron a encontrar dijes, narigueras y brazaletes de este precioso metal. “Eran muy pobres, sólo tenían ollitas de barro”, repiten, como si fuera un estribillo aprendido de memoria, muchos de los moradores de estos parajes, cuando se les indaga al respecto.

 

Independientemente de qué tan ricos o no pudieron ser estos Quimbayas, nos debe doler en el alma la falta de interés existente entre los colombianos y las entidades llamadas a salvaguardar nuestro patrimonio histórico y cultural. Nada han hecho. Salvo una investigación realizada por el programa de antropología de la Universidad de Caldas, sobre la presencia de estos vestigios en Chinchiná, así como unos pocos artículos para la prensa, escritos durante los últimos veinte años, sobre éstos y los de Las Marcadas; este territorio, que bien podría ser el santuario de los Quimbayas, sigue en el anonimato.

 

¿Para qué nos sirve un Ministerio de Cultura, que ni siquiera sabe cuántas riquezas poseemos? ¿Dónde están los principales centros de investigación que no vienen a nosotros? ¿Dónde están los gobernadores de Caldas y Risaralda, así como los alcaldes y los concejos municipales de Chinchiná, Santa Rosa de Cabal y Dosquebradas, que no realizan foros ni convocan a universidades del país y el exterior? ¿De cuál patrimonio histórico y cultural habla nuestra Constitución Nacional? Son todas preguntas que, con ánimo meramente crítico, solemos hacernos algunos ciudadanos interesados en rescatar lo poco que conquistadores españoles, colonos antioqueños, caucanos y tolimenses, timadores profesionales y humildes jornaleros, nos han dejado después de 400 años de expoliación continua y silenciosa.

 

Nuestro “patrimonio cultural precolombino” está llamado a desaparecer por la acción de los buldóceres, tal como sucediera con el cementerio indígena que se halló en los terrenos en los que se ubica ese esperpento que algunos esperan que sea el aeropuerto de Palestina o, más recientemente, los hallazgos –bastante numerosos– de quienes trazan el poliducto Chinchiná-Pereira.

 

Conscientes de la riqueza que allí poseemos y nos negamos a reconocer, cabría preguntarnos por qué los colombianos –y, más exactamente, los pobladores del viejo Caldas– no podemos aspirar a tener un parque arqueológico en el sector que aquí menciono, tal como el de Campo Lameiro, en Galicia (España), y fomentar las investigaciones de todo tipo sobre él, promocionándolo para que tenga el reconocimiento que, mundialmente, han tenido otras regiones de características similares, cuyos vestigios no son tan numerosos como los nuestros, tales como los petroglifos ubicados al norte de Yorshire (Inglaterra) y los del valle del río Ogooue (Gabón), por citar sólo unos pocos, entre los muchos que existen en todos los continentes.

 

Ya es hora de que actuemos juntos, al unísono, exigiendo de las entidades correspondientes su valoración, ubicación y delimitación como parque, por cuyas características –así como ha sucedido con el parque Arví, en Medellín– se convierta en patrimonio nacional y área de protección e investigación permanente. ¡Creo que los Quimbayas nos lo agradecerían!