Elogio de la incertidumbre

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Siglos atrás (Euclides, Platón, Descartes, Newton), naturaleza y cosmos habían sido considerados sistemas regidos por leyes automáticas e invariables donde reinaba una rígida armonía: órbitas planetarias invariables; combinaciones moleculares sujetas a reglas inalterables; concepciones evolucionistas y biocéntricas falaces y dogmáticas; un enorme reloj solar sin desajuste alguno; teoremas pseudocientíficos y mecanicistas permeando el arte y la cultura, eludiendo y proscribiendo una visión cuántica y holográfica de un cosmos conflictivo, caótico e incierto… Éticas, epistemes, estéticas y gramáticas tramposas que hablan de actos, tiempos y modos “pluscuamperfectos” (más que perfectos).

Cierta vez preguntó Querofonte a la pitonisa que regentaba el Oráculo de Delfos, quién era el hombre más sabio de Grecia. La sibila no dudó en responder que era su maestro Sócrates. La interpelación humilde e irónica del filósofo no se hizo esperar (“sólo sé que no sé nada”), al igual que la reacción prepotente y criminal de los estultos sabidillos atenienses. La duda encarnada en el sapiente viejo fue condenada a beber el simbólico y mortal veneno. La legendaria e inmortal frase de origen taoísta fue proscrita y acallada a lo largo de los siglos por los rutilantes aparatos ideológicos defensores de los regímenes políticos absolutistas.

En sucesivos actos de gerontofilia filosófica, el mundo occidental se enamoró perdidamente de la antediluviana certidumbre, unas veces disfrazada de duda metódica (“cogito ergo sum”), otras tantas, de pseudociencia positivista (“no se puede desear lo que no se conoce”). Se necesitó de la llegada de una nueva égida científica (Curie, Rutherford, Planck, Einstein y Bohr) liderada por un joven físico alemán que había crecido con el siglo XX (Werner Karl Heisenberg, 1926), para destronar el dicterio newtoniano y entronizar el principio de la incertidumbre como el gran baluarte de la física cuántica que desafiaba el prepotente edificio epistemológico de la época.

Pero seguían prevaleciendo los prejuicios. Se despreciaba la condición del ser humano al considerarlo un simple “homo oniricus”, un ingenuo explorador de probabilidades; algunos sostenían que Dios sí juega a los dados, mientras que otros negaban su existencia como creador del universo. Los filósofos, ante todo esto, erigieron su nueva cátedra agnóstica desde el suspicaz recinto del Círculo de Viena (Wiener Kreis): Ludwig Wittgenstein, Rudolf Carnap, Charles Morris, Otto Neurath y Víctor Kraft, herederos de Nietzche, Marx y Freud. El mundo ya no fue el mismo. El tiempo y el espacio fueron considerados por el nuevo arquetipo científico (“Entrelazamiento cuántico”), como simples construcciones mentales.

Y allí estaban para corroborarlo los trabajos de estos solitarios pioneros de paradigmas, geólogos del mundo microcósmico, incansables buscadores del alma al electrón: Joichiro Nambu, Makoto Kobayashi y Toshihide Maskawa, profesores de la Universidad de Osaka, Nobeles de física 2008; Holger Bech Nielsen, catedrático del Instituto Niels Bohr de la Universidad de Copenhague); Leonard Susskind (“El paisaje cósmico”), docente de la Universidad De Stanford y Gerard’t Hooft (Nobel de física 1999) miembro del staff académico de la Universidad de Utrecht), Juan Maldacena, un joven científico argentino quien trabaja desde la Universidad de Princeton junto a Ed Witten llamado “el heredero de Albert Einstein”.

Afirman que las partículas no son puntos, sino infinitas cuerdas con las cuales se interpreta la gran sinfonía cósmica y avalan la idea de un universo holográfico (tridimensional) en el cual no existen realidades objetivas cuya solidez es sólo apariencia; simples percepciones que nunca cruzarán los umbrales de la imposible certeza; espejismos creados por la mente con base en información sensorial; interpretaciones lineales de un holograma donde se desconoce una complejidad holística bordada a base de múltiples tramas y urdimbres. Fueron necesarios 2.500 años para reivindicar la sabia e intemporal enseñanza socrática: la única certeza absoluta es la incertidumbre misma.          

Nuestra sociedad le ha rendido un culto inveterado a la certeza: el futuro siempre se ha visto como una confirmación inexorable de una expectativa; la duda nos constriñe y compromete creándonos un extraño sentimiento de temor y culpa; el reconocimiento de nuestra ignorancia nos torna débiles y vulnerables; la asertividad, esa capacidad de expresar “no lo sé y no tengo porqué saberlo”, nos incrimina, limita nuestra libertad y desdibuja nuestra imagen. Desde la escuela y el Estado, pasando por la iglesia y la familia, se reverencia la certidumbre como algo meritorio y eficaz. Allí la verdad se fundamentaliza: el cura alega ser la voz de Dios y describe el más allá como si hubiera muerto y resucitado; el padre prefabrica el porvenir de su hijo…

El profesor de química explica las partículas subatómicas como si las hubiera visto y de ello hace un manifiesto de fe; los “profes” de historia y filosofía “enseñan” mentiras verdaderas y chismes faranduleros apostados como espectadores de luneta y platea; el político busca de alguna manera justificar su triunfo y la fementida unción de su pueblo; el científico convierte el futuro en una virtud teologal; la escuela rubrica y patentiza desde su praxis antediluviana y cotidiano – negativa a través de sus tediosas monsergas cómo el autoritarismo está lleno de certezas. En un mundo racionalmente “organizado” como éste, la intuición y la percepción pasan a ser consideradas “prelógicas” a partir de un iter gnosis ígnaro y veleidoso.

Allí se patentiza el orden y la armonía como dos valores precedidos por una libertad que no acepta errores, extravíos, angustias e incertidumbres; se rechaza la entropía y el caos como parte de un orden lógico – natural; se abjura de todo cambio que no tenga un patrón claro de direccionalidad. Ha quedado bien en claro que no hemos sido educados educados para la duda, la dificultad y el conflicto. Aquí toda vacilación es una señal prematura e inequívoca de fracaso e inseguridad y es el desastre. Para sobrevivir en un mundo así, se recomienda no abandonar aquellas áreas sociales y apoltro –acolchonadas, esas zonas de comodidad, donde medra adiposa y satisfecha nuestra opulenta y encarantoñada racionalidad.

Más allá está la amenazante inseguridad de los “no lugares”. Son taxativas las normas de aquella unidad residencial donde habitan las infalibles verdades: allí no se aceptan indeseables condómines que infrinjan los pactos de vecindad (“estatutos de la mismidad”) y ocupen cual intrusos los sospechosos espacios del “no saber” con sus discordancias, divergencias y disensos. Una conciencia insurgente con una racionalidad vigilante y autocrítica, dispuesta a recono – aceptarse en un mundo confuso, aferrado a principios y valores volátiles y ambivalentes, comienza a ser, hoy día, valorada como arma eficaz para conjurar los embates soberbios y amenazantes de las certidumbres objetivantes y absolutizadoras.

Se requiere para ello de una ecología humana de la acción fundamentada en el riesgo y el azar que metodologice la imprevisión, estrategice lo inesperado y prefiera, en su aparente absurdidad, la incomodidad de una incertidumbre al confort de una certeza; se acepte la aventura, el riesgo, el vértigo racioemocional que produce esa propensión exploratoria por lo incierto. Nuestra vida, indefinida e irresoluta, requiere pues, de un conocimiento que no tema navegar por un océano turbulento lleno de incertidumbres y desoiga esos cautivantes cantos de sirena que intentan hacer naufragar nuestra frágil barcaza cargada de sueños en los afilados arrecifes que se esconden detrás de espumosas y fantasmagóricas certezas.

Un sistema de valores rígido (he allí su debilidad, porque sólo lo rígido es susceptible de quebrarse, sostienen los taoístas), no acepta esos seres capaces de reconocer sus errores, abrigar temores y reírse de sí mismos. He allí el origen de nuestra neurosis: una estructura ética marmórea que no acepta fisuras y baches en su mundo valórico. No acepta que es a través de las grietas por donde entra la luz, como lo afirma en su canción Leonard Cohen. Un trabajo introspectivo que parta de una perspectiva hermenéutica y ontológica del ser, nos llevará a reconocer y aceptar cómo muchos aspectos de nuestra vida se han vuelto rígidos, fríos y automáticos y cómo el sol de nuestra conciencia puede entrar a derretir su gélida cobertura.

Nuestro aquí y ahora ha firmado un acta de independencia en contra de regímenes atávicos y tiránicos mandatos futuristas. La calidad de nuestras decisiones será directamente proporcional a esa empecinada brega por develar los secretos que la vida nos ha ocultado con el fin de hacer más placentera esa aventura que se llama el vivir. Sabemos que la necesidad de aferrarse a algo o a alguien surge del miedo y la inseguridad. La búsqueda de la seguridad forma parte de nuestro mundo ilusorio. Cuando una mente está segura es una clara señal de que ha entrado en decadencia, advertía el maestro espiritual Jeddu Krishnamurti. Otro hindú, el médico y maestro del ayurveda Deepak Chopra. nos deja su ley del distanciamiento.

En “Las siete leyes espirituales del éxito”, nos habla de ella a través de una bella y exhortativa reflexión: “Desistid de aferraros a lo conocido: si os adentráis en lo desconocido, entraréis en el campo de todas las posibilidades. En lo desconocido hallaréis la sabiduría de la incertidumbre donde se produce la liberación del pasado y de los antiguos condicionamientos. Es en el campo de todas las posibilidades donde nos entregamos a la mente creativa que dirige la danza del universo”.