El fantasma del hospital

Una noche en el hospital Central de la Capital, la enfermera Isabel hacía su ronda nocturna entre los pacientes internados en la sala que le correspondía. Eran las 9:00 p.m. y esa noche no era como todas, pues llovía de manera desaforada con rayos y truenos aterradores.  Mientras ella se dirigía por el corredor, observó el largo pasillo en medio de la penumbra iluminada a veces por la luz de los relámpagos; vio la sombra de un hombre de estatura media con un sombrero café y ruana del mismo color quien caminaba despacio apoyándose en un bastón para ayudar su marcha.  Parecía muy mayor por sus cientos de arrugas que marcaban su rostro, el que alguna vez pudo ser bello. El anciano parecía perdido en medio de la tormenta que azotaba al hospital. Isabel se acercó al anciano y le preguntó:

—Señor, ¿usted que hace a esta hora, fuera de su cama y con este frio? No es bueno para su recuperación, mejor vaya a su cuarto y descansa.

El hombre pareció no escucharla pues no respondió y siguió caminado mientras miraba para todos los lados.  Entre tanto, Isabel se acercó a la estación de enfermería donde se organizan todos los medicamentos y las órdenes médicas para la atención de los usuarios. En medio de su preocupación por el paciente en el corredor del hospital, preguntó a sus compañeras porqué ellas habían dejado salir un paciente de la habitación a esa hora, siendo conscientes de su enfermedad y además siendo un hombre tan mayor. Ellas, para su sorpresa, respondieron que en las habitaciones no había ningún paciente hospitalizado con esas características. Desconcertada replicó que no era posible, pues lo acaba de ver. Molesta por la falta de interés de sus compañeras, reprochó la actitud de los empleados que no se fijan en quienes están a su cargo y mucho más cuando son personas que ha confiado su vida a los cuidados de ellas.

Una de las auxiliares intentaba explicar la situación, pero Isabel estaba tan enojada que no le daba espacio para que ella u otra de las enfermeras que la miraban con desconcierto, le replicaran. Por fin después de varios minutos de reclamos se calló. La auxiliar con voz insegura y mirando a todos lados como buscando al paciente de la ruana y el sombrero dijo con voz trémula:

—Yo…yo si vi al señor del sombrerito y la ruana café… ayer le suministré el medicamento que el doctor Ruiz le prescribió… pero… —No pudo terminar la frase porque de inmediato Isabel la interrumpió con voz destemplada y al borde del grito.

—¡Si ve…! es el colmo del descuido de todas ustedes. Saben que ese señor no debe salir de su cuarto porque está canalizado…—Hubiese seguido su discusión, pero en ese instante entró la jefe de estación.

—Pero… ¿qué es este escándalo? Se oyen los gritos hasta el primer piso. ¿Podrían decirme qué sucede?

—Jefe… es que Isabel nos está regañando porque dejamos salir a un paciente… pero lo que pasa es que…

Dijo la auxiliar quien había tomado la vocería de sus compañeras, pero no pudo completar la frase.

—Ahhh…pues si es así… entonces Isabel tiene razón en reprocharles. —Intervino la jefe.

—Ahí está señoritas… ¿se dan cuenta que tengo razón? —Cortó Isabel.

—Pero Jefe… es que… el señor que vio Isabel…  murió anoche a las once y media…

Isabel se puso pálida. Parecía que su voz se le hubiese perdido en la garganta y el corazón le empezó a palpitar más rápido en su generoso pecho.

— El paciente estaba hospitalizado en este piso. Se llamaba Joaquín Vélez y estaba en la habitación 20 B. Yo misma lo desconecté y llamé a su familia.

En ese momento entraron en tromba y llororosos un grupo de personas. El grupo lo encabezaba un hombre alto al que le temblaba la boca.

—Mi papá… nos dijeron que murió anoche… pero es que venimos desde muy lejos y hasta ahora pudimos llegar.

La enfermera Isabel sintió que las piernas no podían sostenerla. Todo se puso negro porque recordó con detalles el rostro surcado de arrugas del anciano con sombrero y ruana cafés.