El cordero de Dios

En uno de esos cruceros que recorren el Mediterráneo un hombre cayó al agua. No sabía nadar y, desesperado, comenzó a gritar para pedir ayuda. Los posibles rescatadores estaban en la cubierta y fueron testigos del incidente. El primero buscó en su mochila y sacó un libro con las instrucciones para aprender a nadar, se lo lanzó y le dijo: “Sigue las instrucciones y estarás a salvo”. El segundo se lanzó al agua y comenzó a nadar a su alrededor y le dijo: “Mira como nado. Haz lo que yo hago y estarás a salvo”. El tercero le gritó: “Aguanta un poco, amigo. La ayuda ya viene. Vamos a crear un comité y estudiaremos tu problema y si encontramos la financiación solucionaremos tu problema”. El cuarto testigo le decía: “Amigo, la situación no es tan mala como parece. Piensa en positivo”. El hombre comenzaba a ahogarse y comenzó a agitar el brazo desesperadamente y un evangélico que estaba en la cubierta gritaba: “Sí hermano, veo esa mano, ¿hay otra mano? Finalmente, un hombre se lanzó al mar, arriesgó su vida y sacó al hombre del agua sano y salvo.

 

La mayoría de los hombres, arrojados del paraíso a este mundo hostil, pasamos la vida buscando soluciones a nuestros problemas. Muchos hablan. Unos pocos actúan. Jesús, nuestra epifanía, no vino a este mundo a hablar, vino a servir, sanar, rescatar, morir y abrir la puerta del paraíso perdido.

 

El tiempo ordinario es también tiempo de epifanías. En el evangelio de hoy Juan Bautista, un día cualquiera, vio a Jesús que venía hacia él y Juan tuvo una epifanía, vio algo que los demás no veían, y nos la describe con estas palabras: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. ¿Se trata de una definición más de Jesús? Seguro que si a nosotros nos preguntan: ¿quién es Jesús para usted?, seguro que ninguno diríamos “Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

 

Para nosotros, hombres del siglo XXI, esta presentación de Jesús nos resulta rara e incómoda. Y nos resulta más rara cuando descubrimos el origen de esta imagen.

 

En tiempos de Juan Bautista, en el Templo de Jerusalén, se sacrificaban diariamente dos corderos por los pecados, sacrificio ritual para pagar la deuda a Dios y para renovar la relación rota con Dios. Una manera barata de satisfacer a Dios. Recuerden que la noche en que el pueblo fue liberado de la esclavitud de Egipto en las casas de los hebreos había “un cordero sacrificado” y en las casas de los egipcios había “un primogénito sacrificado”. Las puertas de los hebreos estaban marcadas con la sangre del cordero mientras que las de los egipcios estaban limpias.

 

Serán los profetas los que critiquen la vaciedad del culto: ¿A mí qué vuestros sacrificios? –dice Yahvé. Harto estoy de holocaustos de carneros, no me agrada la sangre de novillos, corderos y machos cabríos”, vocifera el profeta Isaías. Dios no necesita nada de lo que nosotros podemos ofrecerle. Un día el Dios mismo proveerá el Cordero cuyo sacrificio y cuya sangre ofrecida le agrade y sea redentora y una para siempre la orilla de los hombres con la de Dios.

 

Los hombres de esta generación desprecian cada día más a Dios. Dios ya no es una celebridad y no puede competir con las celebridades que los hombres adoran. Le hemos quitado la alfombra roja a Dios para que se paseen por ella el dinero, la fama y la vanidad. La religión mal entendida, mal predicada y peor vivida ha contribuido grandemente a este desprecio de Dios y a este total olvido de Dios. Hoy pensamos que sin Dios se vive mejor y que los problemas que nos aquejan se solucionan mejor sin Dios. El Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que hemos predicado nos resulta incomprensible. La ciencia lo explica todo y explica mejor este universo al que hemos sido arrojados.

 

El orgullo humano no tiene límites, pero sus poderes sí tienen límites. Un médico puede curar una enfermedad, pero no tiene pastillas para curar el sufrimiento y la tristeza, puede matar un nervio, pero no puede quitarme el miedo a morir ni recomponer una relación matrimonial rota.

 

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el único que puede devolvernos la dignidad perdida de hijos e hijas de Dios. El Cordero de Dios, su sangre derramada, es el sacrificio que Jesús hizo un día por amor, el único sacrificio que agrada a Dios. Jesús, epifanía del amor de Dios, sigue presente hasta el final de los tiempos uniendo la orilla de los hombres con la orilla de Dios y abriendo de par en par la puerta del paraíso del que fuimos arrojados.

 

“Entonces di, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, que parecía degollado”. “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes que reinan sobre la tierra”. (Apocalipsis 5)