Así mataron a papá

Jorge Emilio Sierra Montoya*

Mary Montoya sintió cuando su esposo, Emilio Sierra, salió a la calle muy temprano, a eso de las seis. Estaba despierta, a punto de levantarse, aunque él pensaría que estaba dormida, por lo cual no vino a despedirse. Rezó las primeras oraciones de la mañana, se dio la bendición y se dispuso a arreglar la casa, en la que esperaba tener los días contados para trasladarse a la que sería de su propiedad, situada unos cuantos metros más arriba, en la Calle Real de El Dovio (Valle).

 

Hacia las diez de la mañana de ese día, 23 de marzo de 1957, Emilio volvió. Como era un poco tarde, le tenía listo un desayuno trancado con fríjoles recalentados, arepa, carne y chocolate, común entre los paisas. Apenas entró, cargó  a su hijo menor, Jorge Emilio, de apenas 18 meses de edad, quien salió a recibirlo, dando todavía sus primeros pasitos, con esa alegría desbordante que tanto lo conmovía a pesar de su vieja cantaleta sobre el aumento de la prole en las familias, “negocio de curas”.

 

Mientras comía, sentó al niño en sus piernas para darle una que otra cucharadita del desayuno -(“por el papá, por la mamá, por los hermanitos”, repetía, mimoso)-, y cuando terminó de comer fue al baño, se ajustó el vestido y caminó con su pequeño hasta la puerta, no sin prometerle, para calmarle el llanto y los gritos, que a la hora del almuerzo regresaría con algún regalo, del cual no quiso decirle qué sería para que fuera mayor su sorpresa.

 

Sólo que no regresó como había dicho. Ni a la una, ni a las dos, ni a las tres de la tarde, hora en la que Mary se dio por vencida, segura de que estaba con sus amigos, dedicado a la compra y venta de ganado en la plaza de mercado, pero con la barriga llena, pues nunca había sido bueno para aguantar el hambre que tanto mal genio le generaba.

 

A ella no se le pasó nada raro por la cabeza. Al fin y al cabo era un lunes soleado, nada parecido a la fría noche anterior, con la agitación propia de los días de feria, y, cuando se asomaba a la ventana, confiada en verlo aparecer con su inconfundible sombrero negro, todo estaba normal. La paz parecía haber ahuyentado a la violencia, acaso en respuesta a sus rezos continuos.

 

Luego supo, poco antes de caer la noche, que la calma era aparente o más bien un presagio de la horrible tragedia a punto de venirse encima.

 

Sombra asesina

Desde entonces hasta las cinco de la tarde, no se supo qué hizo Emilio. O al menos su esposa no se enteró o simplemente no quiso saberlo, ni consideró que era importante. Lo único que se estableció con claridad, según consta en los expedientes que aún reposan en los archivos judiciales del Dovio, es que alguien le avisó, como a las cinco pasadas, que él debía ir cuanto antes a la telefónica para comunicarse con sus padres en Pereira, quienes tenían algo urgente que decirle.

 

No lo pensó dos veces para atender al llamado, lejos de preocuparse por tan extraño mensaje, ni averiguar de dónde provenía, ni si era cierto, ni nada por el estilo. No. Subió desde la plaza por la Calle Real, cruzó al frente de su casa, con paso acelerado, y se sentó a esperar que la telefonista le diese línea tras darle varias vueltas a la manivela negra del extraño aparato lleno de cables por todos lados.

 

Permanecía sentado, quieto, algo intranquilo. Los minutos pasaban lentamente: cuatro, cinco, siete, diez, doce…, y cuando estaban a punto de marcarse las cinco y treinta de la tarde en el viejo reloj colgado en la pared, vio una sombra, la de alguien que salía por la parte de atrás de la oficina, por donde estaba el baño, y en un abrir y cerrar de ojos se arrimó, le acercó un revólver a su cabeza y le disparó, sin darle tiempo a reaccionar, a defenderse, entre otras cosas porque no estaba armado.

Reconoció, a lo mejor, que era José García quien había cobrado venganza por el insulto que horas antes él le había lanzado en la plaza de mercado (“¡Sos un ladrón, hijueputa!”, le dijo Emilio, exaltado, fuera de sí), por la vergüenza que sufrió entonces ante sus compañeros y el resto del pueblo, o porque a fin de cuentas no le iba a pagar la novillona, causa del problema.

Mientras el asesino huía, siendo detenido poco después para responder ante la justicia por su acción criminal, la oficina de la telefónica se llenó de más y más gente, de la policía que no tardó en llegar, de las viejas chismosas y de amigos o enemigos de la víctima, todos a una en torno a Emilio Sierra, sentado todavía en la silla, los pies sueltos, sin fuerzas y la cabeza recostada en la pared, sangrando.

“¡Mataron a su esposo!”

Fue así como Mary lo encontró después de correr como loca por la calle cuando un niño le gritó a todo pecho, desde la puerta de la casa: “¡Mataron a su esposo!”. Salió como estaba, con su metro de costura colgado del cuello (que al primer salto voló, como persiguiendo a una de las chanclas que se le desprendió en la calle), y guiada por el tumulto, o por mero instinto, se abrió paso a empujones en la telefónica, donde Emilio, su amado Emilio, se desangraba.

 

Cuando lo vio, cuando se dio cuenta que era cierto lo dicho por el muchacho, cuando sintió que su vida se iba con la de él, no tuvo sino fuerzas para abrazarlo, besar su cara, limpiar como fuera, con su propio vestido, el hilo rojo que brotaba del cuello, y pedir que alguien lo trasladara al hospital, antes que fuera demasiado tarde.

 

Aún estaba vivo, por fortuna. Se lo decía con los ojos, con la mirada, aunque sin poder hablarle, sin decir nada. A duras penas le salían leves quejidos de sus labios pálidos, cuyo color natural iba desapareciendo poco a poco. Era una agonía semejante a la que ambos presenciaron en la finca donde Juan Muelas fue asesinado. Pero, ella se negaba a admitir que tan terrible desenlace se repitiera. Confiaba en un milagro de Dios, como los descritos cada domingo por el cura.

 

El carro apareció. Varios amigos de Emilio, que lo subieron con cuidado y sin perder un segundo, lo dejaron en el puesto de atrás, donde quedó tendido. Ella, por su parte, se arrodilló en el piso, siempre abrazando su cabeza, y entretanto lo consolaba, lo tranquilizaba, le daba palabras de aliento a pesar de su desesperación, y emprendió así lo que sería el peor viacrucis de su vida, por una carretera destapada, rumbo al vecino municipio de Roldanillo (cuyo hospital era uno de los mejores de la región, mientras en El Dovio sólo había un modesto centro de salud, sin capacidad para atender emergencias como ésta).

La noche comenzaba a caer con sus sombras fantasmales que poco a poco se transformaron en una oscuridad total, rota apenas por las luces delanteras del vehículo.

“¿Qué voy a hacer?”

Al fin llegaron. El hospital, con las luces prendidas, despertó de su letargo. Las enfermeras de turno, que corrieron prontas para atender al herido (otra víctima de la violencia, pensaban), lo tendieron en una camilla de urgencias, a la espera de que el médico ordenara qué hacer. Lo más probable era que lo llevaran a la sala de cirugías para extraerle la bala.

 

Mary, sin embargo, vio que Emilio se estaba muriendo. Le quedaban pocos segundos de vida.  Cogió la medalla bendita de la Virgen María, su último regalo de cumpleaños que a él le colgaba del pecho, para ponérsela sobre la herida, tratando así de contener la sangre, algo resignada ante un milagro que ya veía lejano, imposible.

 

Oraba en silencio. Sólo pedía a Dios que no se lo llevara sin confesarse, sin perdonarle sus pecados, sin darle el premio anhelado de la vida eterna, pues en el fondo -decía al Creador, a quien sentía cerca, a su lado- siempre fue un hombre bueno, cumplidor de sus deberes, responsable y creyente, que tanto amor les había dado a ella y sus hijos, sus cinco hijos que quedarían abandonados a tan corta edad, todavía pequeños.

 

Le imploraba, sobre todo, que hubiera tiempo para aplicarle los santos óleos por parte de un sacerdote, a quien mandó llamar tan pronto pasó cerca una monjita consagrada a los enfermos. “Por favor, hermana, tráigame un sacerdote”, le dijo.

 

El cura apareció, la extremaunción se aplicó con el rigor debido, y apenas concluyó la ceremonia, en medio de una soledad absoluta, Mary sintió que la débil mano de su esposo se soltaba, se iba, se quedaba definitivamente sin vida.

 

Emilio Sierra Caro había muerto. Eran las seis y treinta de la tarde del lunes 23 de marzo de 1957, pocos días antes de abrirse la Semana Santa con el tradicional Domingo de Ramos.  Las campanas de la iglesia repicaron, llamando a la misa de siete, la última del día, en la que el párroco de Roldanillo se iría lanza en ristre contra la violencia, la maldita violencia que deja a muchas viudas en la miseria, con sus hijos huérfanos.

 

Mary continuaba rezando al lado de Emilio, sin poder contener las lágrimas que le salían desde el fondo del alma. “¿Y ahora qué voy a hacer, Dios mío?”, se preguntaba.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

 

Noticia del autor

El escritor y periodista risaraldense Jorge Emilio Sierra Montoya, exdirector del diario La República y colaborador habitual del suplemento Las Artes de El Diario, acaba de publicar el primer tomo de su autobiografía, bajo el título “Una vida en olor de imprenta”, con motivo de la celebración de sus cincuenta años de vida periodística.

Este volumen es distribuido mundialmente por Amazon en desarrollo del proyecto -explicó el autor- de divulgación de sus Obras Escogidas, serie iniciada,  tras su ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua como Miembro Correspondiente, con Huellas en la Academia y la producción poética reunida en El angelito (Poemas a la muerte de mi niña), Nuevos salmos y Poemas de amor… y de humor.

Según Sierra Montoya, Una vida en olor de imprenta se abre con el asesinato de su padre, Emilio Sierra Caro, durante la terrible violencia política de los años cincuenta del siglo pasado, describiendo, a continuación, su infancia en el municipio de Marsella, donde recoge historias y leyendas de sabor macondiano, así como su adolescencia en Pereira y su juventud en Manizales, ciudades en las que inició la actividad periodística en El Diario y La Patria, para concluir en Bogotá, como jefe de redacción de La República, hasta 1985, cuando regresó a la capital caldense.