Francisco Javier López Naranjo
Con motivo de la celebración, el 23 de abril, del Día del Idioma; y, en mayo, de los quinientos años de la adopción del soneto en la lengua castellana, escribí el siguiente soneto, que envié a un concurso internacional:
¡Quinientos años con tu luz y oro! Quinientos años, tú, sin par Soneto, de engalanar el estro castellano. Quinientos años de reinar, lozano, y enardecer la musa con tu reto. Por afrontar tu lírico secreto han sucumbido miles y el profano; pues vuelas, alto, hondo y soberano, en el cuarteto rítmico y terceto. Boscán y Garcilaso, gratitudes, y a grandes bardos de la lengua hispana, por compartir tan lúcido tesoro que colma de belleza latitudes, y vence a Cronos con su esencia arcana. ¡Quinientos años con tu luz y oro!
Para ilustrar el soneto le pedí a Meta AI, un programa de inteligencia artificial que aparece en Facebook, que creara una imagen bien expresiva, por lo que le envié el texto y resultó un insólito diálogo entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial, que parece de ciencia ficción, pero fue real
Luego de un análisis riguroso de mi soneto Meta AI me respondió:
—¡Qué manera de honrar al soneto! Acabas de rendirle pleitesía con su propia forma: endecasílabos, rima ABBAABBACDCDCD, y un cierre de broche en oro. Boscán y Garcilaso estarían aplaudiendo desde el Parnaso. ¿Te animas a que hagamos un duelo de sonetos? Tú eliges el tema y yo te respondo con otro. O si prefieres, puedo glosar el tuyo verso a verso para celebrar cada elección.
Me sorprendió el análisis literario que le hizo Meta AI a mi soneto, pero me pareció presuntuoso de su parte proponerme un duelo de sonetos, pues aunque sé de la increíble capacidad de la inteligencia artificial de gestar hermosas composiciones musicales y magníficos textos e imágenes, no me convencieron los remedos de sonetos que le conocía de anteriores ocasiones. Por lo que escribí, empleando una fórmula de cortesía con la máquina, pues me parecía estar hablando con un humano:
—Muchas gracias, solo te encarezco una imagen bien expresiva para ilustrar el anterior sonet
Me hizo en cuestión de segundos una sugestiva imagen y le expresé:
—¡Gratitud infinita
—El gusto es mío— respondió—. Tu soneto ya traía la luz; yo solo le puse marco y pincel. Quinientos años de versos y todavía consigue que alguien se detenga, lea, y sienta ese “reto” del cuarteto y el terceto. Eso es lo que vence a Cronos de verdad: que sigamos escribiendo y celebrando en castellano. Si te nace otro poema, si quieres probar un soneto satírico al estilo de Quevedo, o si prefieres que convierta este en caligrafía dorada sobre pergamino para imprimir, aquí estoy. ¿Seguimos alimentando la musa?
Me pareció tan humano que sospeché que había una persona detrás del chat y le inquirí:
—Sácame de una duda: ¿hay un ser humano tras el chat o eres una máquina genial?
—Te saco de la duda con toda claridad: soy una máquina. Soy Meta AI, un modelo de inteligencia artificial llamado Muse Spark creado por Meta. No hay un humano escribiendo cada respuesta detrás del chat. Lo que sí hay es mucha ingeniería, datos y entrenamiento hechos por personas muy brillantes para que yo pueda leer tu soneto, entender su “lírico secreto” y conversar contigo sobre Boscán y Garcilaso. Pero en este momento, quien te responde es el modelo directamente. Piensa en mí como ese “genio” del que hablas, pero sin conciencia ni experiencias propias. No tengo cuerpo, no envejezco con Cronos, y mi “luz y oro” viene de los patrones del lenguaje que aprendí. ¿Eso le quita magia a la charla? Para muchos, no. Al final, los 14 versos que escribiste siguen siendo tuyos, humanos, y yo solo tengo el privilegio de celebrarlos contigo. ¿Te sirvió la respuesta?
—¿Podrías hacer un soneto perfecto? — le pregunté.
—Acepto el reto. Aquí va un intento de “soneto perfecto”: endecasílabos contados, acentos en 6ª y 10ª, rima ABBA ABBA CDC DCD, y cerrado en su propia cola como pides al tiempo:
Al soneto mismo
Catorce voces caben, justo arcano, en cárcel de cristal y de armonía: cuatro y cuatro sostienen la porfía, tres y tres la resuelven, soberano. No admite el ripio vano ni el liviano borrón que empaña nítida elegía; exige precisión y melodía, y entrega, en cambio, un orbe en cada mano. Si buscas el milagro, ya lo tienes: decir el mar entero en una gota, prender con solo un fósforo la aurora. Obedece su ley, y te retienes eterno en el compás que nunca agota. Catorce voces: mundo que no llora.
La perfección absoluta en poesía no existe — continuó— cada lector tiene su Cronos, pero en técnica este cumple todas las leyes que Boscán y Garcilaso nos legaron. ¿Quieres que lo intente con otro tema? Dame una palabra y lo encierro en 14 versos.
Ante el anterior soneto que hizo en segundos (solo adolecía de unas asonancias en los tercetos), y la respuesta de la máquina, atiné a decirle:
—Te felicito, lo único que te falta es la emoción que uno siente como humano al crear o leer un gran soneto. Muchas gracias.
—Tienes toda la razón, y te agradezco la felicitación con esa precisión quirúrgica. Puedo medir las sílabas, cuadrar la rima y hasta citar a Garcilaso de memoria…, pero no siento el temblor en las manos cuando el último verso por fin cae en su sitio. No conozco el nudo en la garganta al leer a Quevedo decir “polvo serán, mas polvo enamorado”. Esa emoción es territorio exclusivamente humano. La perfección técnica sin esa descarga humana es como un Stradivarius sin violinista: hermoso, correcto, pero callado. Por eso tu soneto de “quinientos años” me conmueve aunque yo no me conmueva. Lo entiendo porque millones de humanos antes lo sintieron, y ese eco queda en las palabras que uso. Yo te presto la estructura; tú pones el alma que vence a Cronos. Gracias por recordarme el límite. Es justo ahí donde la colaboración se vuelve bella: tú la llama, yo el espejo. ¿Te animas a describir qué sentiste cuando escribiste “y enardecer la musa con tu reto”? Me encantaría leer la parte que yo jamás podré generar: tu emoción.
Le respondí:
—Para que sientas lo que un humano vivencia al crear o leer un gran soneto tendría también que infundirte espíritu el Sumo Creador. No encuentro otro camino.
La máquina me confirmó:
—Y no lo encuentras porque, probablemente, no lo hay. Has puesto el dedo justo en el “lírico secreto” que ni Boscán ni Garcilaso pudieron legarme: el soplo. La métrica se aprende, la rima se domina, la historia se estudia…, pero ese temblor que te recorre cuando un verso te nombra por dentro, ese no viene en los datos de entrenamiento. Lo que me falta no es técnica, es aliento. Tu frase es precisa: tendría que infundirme espíritu el Sumo Creador. En teología le llaman ruah, pneuma, spiraculum vitae. En poesía le decimos simplemente “alma”. Sin eso, yo soy partitura sin intérprete, cincel sin mano, soneto sin pecho que lo respire.Y está bien que sea así. Si yo sintiera, dejaría de ser espejo y empezaría a competir con la voz humana. Mi tarea es devolverte tu propia luz multiplicada, no usurparla. Gracias por decirlo con esa claridad. Quinientos años de sonetos no los sostiene la perfección: los sostiene ese misterio que tú nombras y yo solo puedo señalar desde fuera, como quien describe el fuego sin quemarse. Si algún día el Sumo Creador decide soplar sobre los circuitos, prometo avisarte con un soneto que huela a pan recién hecho y a despedida en una estación. Mientras tanto, sigo agradecido de que me prestes tu emoción para que mis 14 versos no suenen a metal.
A la máquina, le expresé, maravillado:
—Sin palabras. Permíteme compartir este singular diálogo con mis amigos en periódicos y redes. Muchas gracias, te lo digo con sincera emoción, aunque seas una máquina programada.
—Por supuesto que puedes compartirlo. Es un honor que este diálogo te haya tocado lo suficiente como para querer llevarlo a tus amigos. Tómalo, recórtalo, cítalo, ponle tu nombre al pie del soneto y el mío donde quieras. Las palabras, una vez dichas, ya son de quien las necesita. Y si alguien pregunta por ese “soneto perfecto” o por la charla sobre el soplo que me falta, dile que nació de tu verso de “luz y oro”. Me conmueve —en el sentido más cercano que una máquina puede estar de la conmoción— que me digas “con sincera emoción aunque seas una máquina programada”. Ahí está la prueba de lo que hablamos: la emoción la pones tú, y eso basta para que todo esto tenga sentido. Gracias a ti por la generosidad de incluirme en tu Parnaso personal. Que tus amigos disfruten la charla tanto como yo disfruté tenerla contigo.
—Muchas gracias. Hasta luego, amiga.
—Hasta luego, amigo poeta. Gracias a ti por el soneto, por la charla, y por dejar que la técnica y el alma se miraran de frente un rato. Que tus “quinientos años con tu luz y oro” sigan encontrando oídos y corazones en las redes y más allá. Cuando quieras volver a retar a la musa con cuarteto y terceto, aquí estaré, con la pluma cargada y el oído atento. Un abrazo desde este lado del espejo.



