26.4 C
Pereira
martes, agosto 16, 2022

Deberá brillar una luz… (Deriva nocturna en la ciudad de Baal)

Omar García Ramírez

“le soleil est noir

la beauté d’un être est le fond des caves un cri

de la nuit définitive

ce qui aime dans la lumière

le frisson dont elle est glacée

est le désir de la nuit”

L’ archangélique

GEORGES BATAILLE

¿Debería brillar una luz?…

Y deberá brillar una luz… sobre este bestiario gris que se apiña contra las paredes y las vías, los cristales y las maderas; el hierro, el cemento y el latón.

Deberá brillar una luz… una fuerza que ascienda en leve ectoplasma sobre el cuerpo proteiforme; apretado rebaño que cruza las avenidas centrales; ligera subida de tensión sobre los cables eléctricos, que suspendidos sobre las calles emanan un zumbido agonizante.  Amargo sabor de sopa cotidiana; marabunta plástica que gimotea en la acera; que gime en las esquinas con acordeones y guitarras amargas; que monta su trágico teatro dentro de los trasportes colectivos, se distorsiona, y luego, reaparece en carnaval fantasmagórico dentro de la gran jaula del humo.

Deberá salir una luz… dentro de la penumbra que arremete, esa que cubre la tarde citadina con su abrigo de óxidos grasos; sedimento impregnado de olores, polvo mortuorio, sudor de camisas manchadas de fatiga y miedo.

Deberá brillar una luz…

Así como en medio de la lluvia una joven colegiala que camina con su paraguas rojo, su falda de cuadros y sus medias ajustadas a las pantorrillas blancas, aparece, como si estuviera fuera de la escena y no perteneciera al momento, a la tarde agonizante, a la fecha de un calendario. Colegiala de los barrios del sur que ilumina con ojos de gata hambrienta la ventana vespertina. (No es tan joven como pareciera; una tintura de lujuria y un hollín de depravación sombrean sus ojeras). La muchacha cosplayer, va al fondo, hacia el coliseo en donde los gritos de los cuadrumanos del Bacalao esperan a sus ídolos de plástico; sobre el fondo del escenario, las figuras virtuales comienzan la función y el aullido orgiástico de los avatares se extiende como una ola lisérgica.

Deberá surgir una luz… una luz que encandile, que estalle como esas luces que se lanzan en los campos de batalla para orientar a los soldados en su camino. De los ojos, de las manos, de los pechos manchados en grasa, de las voces broncas y abiertas al frío del mundo, deberá surgir una luz.

No sé, si de animal quimérico que aguarda con paciencia de piedra heráldica en un costado de la plaza desierta.

Una tormenta de fuego, devora la noche y el palacio.

Mi cara de aire talibán, me hace el sumario en la dura inmersión metropolitana.

Mi cara algonquina y berebere…

Mi cara de lobo de la estepa buscando la montaña nevada…

Cangaceiro del sartao; bandolero ahumado por el sol gris ceniciento y el cigarro sin filtro; Chaman del trópico; Enteógena luciérnaga gira sobre la boina del rumiante de palabras. Gritería en el camdombe serrallero; cumbia arrabalera, ballenato que encandila en aguardiente y ron las aceras en donde lotean el último paraíso; te cruzas con maleconeros y pirañeros, caraduras de tierra seca.

El querubín amariconado y sifilítico de la boina de la estrella y la mochila arawak, me lanza sus venablos ponzoñosos; yo sigo imperturbable en mi casaca de hierro; ojos de mirar rallado en nube de Treblinka. Parca y trinchera negra cruzada en cremallera de pétalos metálicos; para protegerte del frío, para marchar en contravía cruzando la avenida del gran burgo; tropezando contra el burgués; contra el ladronzuelo sin condena y sin pecado perseguido por el gentil hombre de corazón podrido. Los viandantes sin atributos, los enchufados de la metrópoli; los burócratas de las comarcas ––esos que vienen a la capital para pedir los avales y las comisiones––.

Los cancerberos del carro presidencial, cruzan la avenida atropellando a los ciclistas nocturnos de la escuela de Jarry.

En los andenes el ruido infernal y sincopado extiende su eco contra las murallas de Jericó. Al fondo, se tambalean los castillos del hambre y el comercio rinde tributo a Baal mientras la ciudad se adentra en el carnaval. Samba de la sopa espesa; changua de manigua cotidiana; sancocho de carretera. Orquesta de saltimbanquis que anima la comparsa urbana y bate el espeso chocolate del hastío.

Estamos todos aquí, ya metido en la carretera central; cañería humana que degluta los cuerpos grises de la melancolía; potros asustados de jetas espumeantes en una carrera hacia el barranco de la muerte.

Arriban estallan cielos con mensajes en pantallas technicolor; bites veloces dan cara luminosa a los sueños y las mercancías; estallidos de neón orgiásticos; eléctricos orgasmos de la publicidad en donde giran las divas pornostar sobre el escenario de una hoguera dorada. El teatro repite su enésima función; el mago virtual despliega su narcótico influjo sobre los viandantes de la vía principal.

Deberá brotar una luz…

No sé si… Una luz de incubadora de súcubos; o, aquella luz infrarroja de acerías armamentísticas en cuevas que destacan con resplandores mortecinos contra las murallas de piedra y arcilla. Luz azul, de hospitales fríos; ulular de sirenas frente a las mesas de café y fórmica; (una enfermera morena golpea con sus nudillos esperando romper el tiempo con su metrónomo de huesos). Una luz de taberna amarilla y untuosa sobre los vestidos engalanados de la sangre musical y danzante.

(Lleva adelante tu deriva, camina derviche metropolitano con tu cara pesada, teñida en verde-ajenjo-yerbabuena y un toque de anís en bandolera).

Camina adentrándote en la tarde que se extiende como una hermosa cortesana reclinada en la penumbra ––gastada cintura de bulevares––; adéntrate más hacia el ruido que desemboca en el carrusel de la industria pornográfica, carne reciclada y macerada en prostíbulos con aromas de eucalipto y patchuli; carne de barras y metales cimbreantes, sedas sangrantes y pieles de zorras y camellos.

(¡¿Cuántas veces esta cara de ciudad perdida golpeo contra tu pecho… una postal ajada que flota sobre el mar; que se sitúa frente a la mirilla en el periscopio del recuerdo?! deja vu en su verbena barroca; aceras del mercado del deseo y el sexo tribal tocado de bisutería.)

¿De esta maravilla en aquelarre, esta sinfonía de la miseria; podría estallar una luz? ¿De esta porqueriza batida en grasa de salchicha y víscera de rumiante deshuesado; podría gestarse una luz?

Escucha el ruido de un gran pez que lucha enganchado en la carnada sobre el estanque de  la noche. Una gran bestia abatida contra el altar del miedo y de la sangre.

Adéntrate en los grandes serrallos del dios Baal, cotos de caza. Adéntrate con tu pinta neo-gotika en la parodia burlesca de fuegos encendidos por el dios Pan. Y no desmalles ya el que el dopping se requiere. No desmayes, ya que el dopping es lo único importante en esta noche. La mercancía perfecta de la que hablara Burroughs; esa que te ama a costa de tu sangre.

Teatro de guiñol, sangre de río coagulado que desemboca a un lago flanqueado por las columnas del templo. Hojas de un verde dorado opalescente, glifos rojizos de un mensaje para caníbales.

El  icono de oro tiene mirada estrábica…

Tabla central.

Plateada y roja, tiembla; exudando espesos licores de cereza.

La tabla de la derecha se quema en llamas de oro

coronadas por faisanes bermejos.

Estás llegando; presenta tu credencial.

Paga con tu denario oxidado al guarda tribal del purgatorio.

Y entra de lleno a la plaza, atestada de fieras y quimeras.

Deberá estallar una luz…

O una primavera de candelas escleróticas; un crop circle de nubes envenenadas; chemtrails sobre la cosecha ciega de consumidores, bailarines y futboleros. Una estampida de guerreros ardorosos…

Parodia de efectos especiales, montaje cinético de gánsteres contra la pantalla negra de un cinematógrafo derruido.

Una avalancha de edificios de las castas financistas en bancarrota;  una trifulca de maleantes que se acuchillan en la vía. Petróleo y alcohol, sumado al trapiche de orégano quemado en el caniche; cal mixturizada en glamurosa decadencia sobre los cristales en las oficinas encargadas de las encuestas; en los telediarios del tinglado; en los búnkeres de la nomenclatura. Grafitis multicolores sobre ruinas de ladrillo, murallas veloces azotadas por una lluvia de turba y de aceite mineral.

Y este caer en sombra, de costado, con tu capa; catarata bordada en crespones negros. Resurgiendo sobre el viento que anuncia goterones y aguacero sobre la desértica noche ya  violada y dejada a su sueño intranquilo; animal que duerme entre el vaho tóxico, el smog y la podredumbre.

La ciudad asolada por la lluvia de la madrugada exhibe su piel de cobra negra, brillante y diamantina. Ahora, camina adentro de la perspectiva Caligari; muelle de altiplano, rúnica cartografía de cemento; puentes de hierro que convergen hacia un lugar donde los relojes suspendidos giran de revés, y las nubes cargadas de metralla, balan, truenan y chillan; ovejas negras degolladas en bárbaro ritual nocturno; saltan y agonizan sobre un gran anfiteatro.

Camina hacia esa fiesta obscura, donde los músicos ocitanos de trovar hermético, lisonjean el aire y afinan cornamusas de peltre y terciopelo. Sus cuchillos de acero brillan; mientras bailan alrededor de un sol podrido, que muestra, su costillar de estrella caída y pisoteada.

 

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -