De lugares y recuerdos

Así sea a través de las pantallas de los portátiles o en la necesaria presencialidad, escribir historias, es una necesidad. Esta vez, los estudiantes que asisten al Taller de Expresión Escrita de la Licenciatura en Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira -UTP-, echan mano de los recuerdos, de la memoria y estuvieron en sitios que les ayudaron a resolver nuevos escritos, que hoy se dan a conocer. Adelante.

Franklyn Molano.

 

“Venga, y ¿quién es ese Don Lolo?”

Sara Zuluaga Jiménez

sara.zuluaga1@utp.edu.co

Rodeado entre montañas y neblina se encuentra mi lugar especial, el restaurante de Don Lolo. Con sólo mirarlo hace que las tripas le gruñan a uno y como por lo general el sitio es muy frío, hace que me surja más apetito. Está ubicado en Santa Rosa de Cabal, precisamente subiendo hacia los termales de San Vicente, y es por su ubicación que es una zona tan concurrida, nunca lo he visto vacío. Es muy rústico, campesino, con mesas y sillas construidas en madera al igual que su estructura y de dos niveles los cuales son adornados con instalaciones de luces y numerosas macetas que contienen diferentes tipos de plantas y flores. En varias ocasiones, he tenido la oportunidad de estar allí y es muy curioso ver cómo varía la clientela dependiendo de la hora.

Por las mañanas acompaño a mis padres a este sitio mientras ellos hacen sus recorridos en bicicleta. Desde las 6 hasta las 12 del día, hay principalmente ciclistas, donde muchos de ellos van a desayunar después de recorrer un largo trayecto. “Aquí analizando, todos los que estamos aquí vestimos con ropa deportiva de don Otto, debería es como patrocinarnos”, comenta una de las personas sentadas en una mesa cerca a nosotros mientras esperan su comida; mis papas ríen ante lo escuchado por lo cierto que es, todos los presentes en el restaurante parecían de un mismo equipo por la similitud de su vestuario.

Lo que más pide este tipo de clientela son los calentados y caldos de costilla, este último a mi parecer no tiene nada de sabor, solo es agua, pero es muy popular entre los comensales. Otros platos muy comunes a esa hora del día es lo típico de un desayuno colombiano: huevo, queso, chocolate, café, pan, arepa, la delgadita o la de choclo y el chorizo santarrosano. “Oiga pero le cuento, yo no entiendo porque no bajo esta barriga si nosotros hacemos tanto ejercicio montando bicicleta”, le dice uno de los cuatro hombres mayores a otro después de pedir casi medio menú, yo por mi parte casi siempre pido lo mismo, arepa de choclo con queso y chocolate, de las mejores que he comido porque no sabe a masa de arepas de paquete que venden en los supermercados si no al verdadero grano de choclo. Así que a esta hora del día es una combinación de olores que solo lo hacen pensar a uno en una cosa: el desayuno. Nunca he visto a nadie pidiendo platos fuertes hasta el mediodía.

El restaurante Don Lolo en las tardes en los domingos posee un aspecto completamente diferente, ya no hay rastro de ciclistas, solo se ven numerosas familias reunidas en las amplias mesas, casi 20 que hay en el local. El parqueadero, el cual en las mañanas hay espacio para acomodar sillas para estos deportistas, se encuentra abarrotado de carros. Nos cuenta el vigilante del sitio, que desde las 12 del mediodía las personas hacen fila hasta las 3 de la tarde para conseguir un puesto, y aun así, las veces que he ido caída la tarde, tipo 5, se pueden localizar clientes disfrutando de su almuerzo.

Contando con alrededor de 10 meseros, el trabajo sigue pareciendo demasiado agotador. “Venga joven una pregunta, ¿cuánto demora la comida?, llevamos casi una hora desde que tomamos la orden y vea, ya estamos cansados de esperar”, le reclama un integrante de la familia que se sitúa junto nosotros a uno de los camareros, y es que una de las cuestiones en esta sección del día es la demora en la preparación de los platos.

Al lado del restaurante hay un camino que se dirige hasta el Chorro de Don Lolo, una hermosa cascada turística de esta vereda. Una vez fui con mi familia muy tarde; llegamos a las 12 al restaurante y decidimos no almorzar todavía y bajar hasta la cascada. De vuelta 4 horas después, cansados de una larga caminata y sin haber comido nada se nos dificultó encontrar puesto libre, casi todo el menú ya no estaba disponible para esa hora y para colmo, la comida demoró hora y media en llegar a nuestra mesa, pero claramente la espera valió la pena, y es que nadie puede negar que Don Lolo posee una sazón increíble. Pasadas las 5 de la tarde el clima en Don lolo pasa de un completo caos y grandes grupos de personas comiendo, hablando y riendo a una perfecta tranquilidad. Desde esa hora de la tarde junto a la vista de un atardecer cayendo se siente absoluta serenidad y armonía con la naturaleza, la atención es impecable, familiar, y si puedo definir esa hora hasta las 6 de la tarde sería en la palabra hogareño. A las 5 y 50 cierran el parqueadero, es decir, ya no admiten más comensales y solo esperan a los que aún quedan adentro del local se retiren.

Don lolo es un sitio excepcional, pero siempre me he cuestionado a qué viene su nombre, si se debía al dueño del restaurante o así se llamaba la vereda, pero preguntando a los trabajadores la historia se torna aún más interesante. Según estos, el nombre no pertenece al dueño del lugar ni a la vereda, ya que esta se llama El Ovito, por el contrario el título pertenece a un señor al que le apodaban de esa manera, y de acuerdo a lo que me contaron fue alcalde de Santa Rosa de Cabal en dos ocasiones hace mucho tiempo. Su nombre era Jose Dolores Márquez y tenía varias propiedades por todo el municipio, una de ellas era una finca en la vereda mencionada anteriormente que abarcaba grandes hectáreas. De ahí también el nombre de la cascada los Chorros de Don Lolo, ya que esta hacía parte de aquella propiedad. Se dice que era un hombre campesino, muy humilde y querido por el pueblo porque siempre se preocupaba y ayudaba a los más necesitados. Después de su muerte los lugareños en honor a él fueron adoptando y apropiándose de este famoso apodo para nombrar sus locales comerciales, y entre esos estaba el restaurante. Los dueños de este son una pareja conformada por una colombiana y un cubano, razón por la cual obsequian mojitos los domingos en el almuerzo; juntos construyeron un lugar que pasa casi inadvertido entre las montañas que lo rodean, pero que impone su sello característico de una familia campesina colombiana y su típica gastronomía con la fuerza suficiente para impregnar todo con su esencia. El que entra al restaurante de Don Lolo siempre sale pensando en cuándo volverá. 

 

Con la aguja o el cuchillo

Ariadna Manuela Olaya Londoño

ariadna.olaya@utp.edu.co

Abracen fuerte, ¿saben por qué? Un día se van a ver por última vez y después ya no hay después. Aquella frase me la repito cada tanto, retumba en mi cabeza como si fuera el pequeño coro pegadizo de una canción.

Recuerdo la primera vez que tuve el suficiente dinero ahorrado para poder comprarle un regalo a mi padre, tendría unos 7 o 8 años más o menos. Me sentía tan emocionada de saber que por fin iba a poder darle la cadena que él quería, no tengo muy presente cuanto fue que me costó, solo sé que quería dar toda la plata para pagarla. Esa noche cuando él llegó de trabajar, yo me sentía ansiosa y muy contenta, corrí para saltar a sus brazos y quedar atrapada en uno de esos gigantes abrazos que me daba cada vez que llegaba a casa. Luego de aquel saludo le entregué muy felizmente mi regalo en una cajita azul, su cara de asombro y ternura lo decían todo.

Siempre portaba aquella cadena debajo de sus camisas del uniforme, jamás se la quitaba y yo me sentía la niña más feliz por ello. Los años fueron pasando y para mi cumpleaños número 15, mi padre me sorprendió con el más hermoso discurso, lleno de amor, orgullo y mucha felicidad, para luego acercarse a mí y obsequiarme nuevamente aquella cadena, decía que era parte de ambos, que nos conectaba y que siempre que la trajera conmigo él iba estar ahí. Nadie se imaginó lo que meses después sería el giro más abrupto y brusco de toda mi vida. Lo que empezó como un día normal, terminó convirtiendose en mi miedo mas grande, no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, solo sabía que en mi sentía un gigantesco vacío y lo único que quería era salir corriendo a buscarlo, buscar a mi padre, para poder abrazarlo tan fuerte y nunca soltarlo. Aquel día mi corazón se partió en mil pedazos, más aún cuando escuche de la boca de alguien que aquel hombre fuerte, alto y mi gran héroe hasta siempre, había muerto.

Después de ello hice bendecir la cadena, precisamente por uno de sus hermanos curas, para mi nunca ha sido tan cercano el asunto de la iglesia, pero de alguna manera el hacerlo me hizo sentir más cerca de él. Desde entonces la guardo con dolor, cariño, y mucho amor, porque hace parte de mi y siempre va representar ese pedacito de vida que ya no está.

Porque aprender a vivir con esa herida, que para muchos es como un simple pinchazo de aguja y para otros es como una puñalada directa al corazón con un cuchillo, es darse cuenta que a veces necesitamos tiempo para entender lo necesario que es liberar espacio para conectar con el presente tal cual es.

“La vida, como un arcoíris, es una serie de colores, no hay colores feos, no hay situaciones malas. Hay cambio y tú aceptación hacía él, acepta todos los colores. Todo pasa”.

 

Los caminos anchos de Puscala

Cristian Alfredo Cuastumal Fuelantala

a.cuastumal@utp.edu.co

Estar aquí es viajar entre los recuerdos. No puedo describir con exactitud cómo el momento inició o cómo llegué hasta aquí. Pero algunos detalles me conectan con este lugar, entre lo que fue y ya no.

Con mis ojos de adulto puedo precisar los límites de esta finca, no tiene esa gran extensión. En la época de mi niñez recuerdo pocas casas, pequeños cuadros de colores vivos que poco o nada combinaban. Retazos de color en medio de este verde campo.

No sé cuál es el nombre de esta finca, si es que lo tuvo. No importa porque su fin está cambiando. Ayer significaba una ayuda para las personas que tenían poca tierra, poca posibilidad de sostener a sus animales.

Cuando se arrendaba como lote comunal estaba lleno de vacas. No podía diferenciarlas porque a mi vista era un conjunto igual. Brochazos irregulares de pintura en blanco y negro.

Aquí siempre hace frío. Pero en esa parte de mi memoria, la lluvia invade ese pasado. Es demasiada, puedo sentir los pequeños flujos de agua escurrir por mis ropas para acabar llenándose dentro de mis botas de caucho.

Les pasa también a las vacas mientras se las ordeña. Escurren minúsculas pero constantes líneas de agua, desde su lomo hasta desembocar un poco cerca de su barriga. Agua grisácea.

El ahora de esta finca se resume en caminos anchos. 

Cuando llego al repartimiento de esta finca, miro el terreno dividido en varias secciones. Cortes continuos y con poco espacio entre cada porción, rayas de tierra, terrones y adobe. Producto tal vez de los últimos tres meses sin lluvia.

También veo el recorrido de largos senderos. No estudio nada que tenga que ver con arquitectura o ingeniería civil, pero a mi vista son caminos demasiado anchos. Me explican las personas presentes que serán las vías de tránsito dentro de este al parecer trazado “urbano”.

Estas rutas amplias se notan porque simplemente le rebanaron la piel verde que antes tenía encima. Todo este proyecto hecho con palas y máquinas, parece el bosquejo de una urbe futura. Urbe en construcción que contrasta con las montañas que aún nos rodean. Un morro de Colimba aún está fijo como paisaje de fondo.

Los terrenos a repartir son de 12 metros de profundidad por 7 metros de ancho. Formas alargadas. Parcelas compradas con la capacidad monetaria de algunos pocos. Lotes que solo representan un capital económico y no la filosofía de un trabajo colectivo y de “conexión con la madre tierra”. Discursos con los que siempre se juagan la boca ciertos líderes, cabezas de este tumulto de personas, las mismas que ignoran y se niegan a ver más allá de los ideales propios de una “comunidad indígena”.

Mientras más camino, comienzo a reconocer cual es el orden que se revela sobre el suelo. Los primeros senderos que vi, chocan con otros perpendicularmente. No detalle estos últimos porque aún no se despellejan, pero su recorrido hecho con azadones se evidencia. Identifico también un plano ortogonal, hileras que cortan unas con otras formando cuadrículas con calles.

Dentro de mi mente sigo insistiendo en la escala. Pues cuando transito por estas calles tengo la sensación de que un bus pasará en cualquier momento, por eso tengo el reflejo de observar a lado y lado cada que voy a cruzar. Reacciones instintivas resultado de vivir un tiempo largo en la ciudad.

A lo lejos me percato de la figura de tres vaconas, vacas jóvenes que no han tenido su primer parto. Probablemente serán las últimas vaconas que veré pastando por estos campos, pues el sentimiento de incertidumbre es más grande que el número incalculable de vacas que veía cuando niño.

Ya es medio día y el sol me quema la frente. En un ritual así es prohibido llevar sombreros o gorras, también sentarse, ya que se considera una falta de respeto. Lo extraño es que no sea también una falta grave repartir la tierra de forma desigual, usar este reparto como campaña política y garantizar votos para las elecciones del cabildo, el siguiente en ser reelegido como gobernador de este resguardo.

Luego se oye al unísono, una voz detrás de otra: “¡Salud gobernador! ¡Salud comunidad!”, pues ha sido costumbre beber alcohol después de hacerle entrega del pedazo de tierra a su propietario. Aún no he almorzado y ya he bebido tres copas rebosantes de Ron según la sensibilidad de mi boca.

Debo lidiar con esa sensación de adormecimiento que produce el alcohol, y no soy el único. Se oyen risas de fondo a modo de juerga y lo que empezó como un acto ritual para hacer entrega de porciones de tierra, se torna en un espacio donde copas van y vienen, no se cuántas botellas se debe beber en situaciones así. Son muchas por lo tanto me alejo.

Tomo distancia para seguir perceptivo y capturar algún otro detalle. Pero con el último pensamiento que me quedo es que el alcohol para este momento hace su aparición para disminuir y restar importancia a todo lo que está ocurriendo, la inequidad, desigualdad, los intereses de algunos pocos, y las manos de quienes quieren seguir controlando todo y a todos.

Por algo el alcohol es una droga que narcotiza. Y no los culpo, cuando comprendí que las formas de corrupción simplemente se replican de las grandes ciudades a este pequeño municipio a mí también me entran ganas de narcotizarme, de desconectarme y olvidar por un momento el caos hacia el cual nos estamos dirigiendo.

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