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Pereira
domingo, mayo 19, 2024

Leonard entre norte y sur

transformador del oficio culinario.

Guillermo Gamba

Su pensamiento vaga las calles de Pereira en antiguas noches con música y Olmedo en el Rincón Clásico. Leonardo, maratonista y ganador tras Barreneche, también ciclista competente de barriada y montaña con su amigo Rubén Darío Gómez. Él era subteniente y tropero de combate en el Batallón  San Mateo, bravero en monte y trocha ante bandidos. Le sosegaba Patricia su monita, sola en las noches tras su ventana en su calle El Páramo, tonadas y bambucos sonaban durante la cita, la música del local vecino alentaba su traga de ojos mutua. Intensas sus miradas, caricias en las manos y la abuela matrona vigilante.

Soñaron futuros juntos y la abuela intuyó  tragedias de guerra; le inventó a la amada un vuelo de escape a Argentina. Un uruguayo del Deportivo Pereira, que buscaba destino al norte y entrenaba con Leonardo en el batallón, lo notó aplanchado y le habló del sueño americano. Jairo su hermano, mecánico aeronauta, facilitó su viaje al militar: vete y cambia, deja tus fusiles y sinrazones de guerra, existen ambientes de fortuna en lugares que te esperan, no ese asco alimenticio y esa roña de monte. Saborea la cocina universal de algún sitio accesible a Brooklyn o hacia el vecindario arbolado de Brooklyn Heights donde residía Normar Mailer.

Sólo y migrante se diluía y reconocía entre latinos de Italia y Francia, y los cubanos y refugiados con los mil caminos. Peregrinó por Beekman Street, cerca de lo que solía ser el mercado de pescado de Fulton. Por allí andaba Leland Bobbe, quien retrababa a las mujeres de aquellos días. Cuando Leonardo lavó platos, aprendía de un chef lector de oleadas culturales, transformador del oficio culinario. Él hombre engrandecía su calle con su gastronomía tradicional francesa y mediterránea, sabores suyos dieron marca a un  rincón cocinero de clase mundial. Entre aquellas paredes de los años treinta, Leonardo hizo su lugar de siempre, sólo y dedicado a la cocina, iba a otros ambientes como invitado a conciertos clásicos, el rock y la salsa más pretendidas, grandes espectáculos, museos y ambientes culturales.

Del Pereira

Noches con la soledad y rumores de cuarenta años en ese cuarto, allí acogió a un amigo del futbolista del Pereira, él también había envolatado su ruta cuando perdió de vista a la que siempre quiso fuera su mujer con familia, él la había buscado entre un tejido urbano de ciudad y colonias. Solo por ahí encontró la música en el cuarto de Leonardo con sus buenas pistas del mundo que recorren los libros, afectuoso e invitaciones para reconocerse juntos en el medio arrastre que atraía imágenes seductoras y emotivas con la belleza y la complejidad de la experiencia humana, íntimas y personales,  los momentos crudos y desprevenidos de la vida de las personas drag Queens y travesti. No como aquellas que entre su pobreza las borraba  una mano negra en Pereira.

Con los años y tras los  días de la pandemia, el encierro acribillaba a Leonardo como los abaleos del tiempo en el batallón San Mateo. Jubilado y disminuida la energía que atraía a sus contactos más vitales, regresó al origen con su amigo. Desubicado en las calles de su niñez, buscó la ventana de la enamorada ausente que se perdió en la ruta hacia el polo más opuesto al suyo. Halló su casa en la partiida de sus rutas, semejante y transmutada en un bazar, la recordó en una vieja fotografía y lo conmovió algo igual, era una bicicleta amarrada con la cadena de sus tiempos a un poste justo al frente de la misma ventana de Patricia, la montó una jovencita tan linda como ella y partió con traje escolar a su destino.

En su vía larga de antaño sentía el viento del nevado y un smog perturbador. Sólo entre el ayer, al instante perdió de vista la bicicleta de aquella señorita enamorada, no estaba en su puerta de madera y en silencio la perseguía en el andar a través de sí mismo. En su soledad había huido de Pereira hacia la algarabía de otra ciudad, aunque jamás la  olvidó entre sus afanes y el trabajo. Recordaba aquella sonrisa coqueta en la ventana.

A su país

Leonardo conmocionado, había regresado a su país, tan suyo, tan distinto y tan igual, lo gobierna un presidente complicado, dicen en noticieros que entretiene a sus electores y a la oposición lanzando globos, publica mensajes en la red y sostiene medias-verdades incoherentes, emite cortinas de humo para quemar dos años que le faltan, que confunde la agenda nacional  entre la incertidumbre inducida, e impulsa una campaña para marear los caminos del poder. Un gran gurú burundá anhelante de perpetuidad, que sostiene y titiretea entre sus hilos un poder con utopía conflicto.  Leonardo ajeno a polarizaciones pefirió un medio más tranquilo.

Mareado y confuso en esa incertidumbre que diluye sueños y enreda caminos prácticos, Leonardo había pensado recrearse e invertir en negocios de turismo, la vida cultural y como promotor de viajes. Decidió regresarse a la cocina americana, recrearse entre sueños de gourmet y deleitarse con sabores y amistades de la vida cultural más suya. Un baile al ritmo de la actuación del líder y animador Dandy Wellington con su banda de jazz de siete integrantes, con el dúo musical Miss Maybell y Charlie Judkins y la corista tragasables Gin Minsky.

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