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lunes, mayo 27, 2024

Don Fabio Giraldo, adiós a un poeta

Incluida en en mi libro «Historias y Leyendas de Pueblo» que presenté en Marsella. Cabe anotar que dicho escrito nació tras visitarlo en su lecho de enfermo, en su casa a media cuadra de la Plaza de Bolívar, donde vivía con su querida esposa, doña Mery López, y donde pocos días después falleció en medio del dolor y el respeto de su amado municipio.

Jorge Emilio Sierra Montoya

Su padre, Antonio Giraldo, llegó a Marsella (entonces llamado Segovia) de Antioquia, hacia los comienzos del siglo pasado, cuando monseñor Jesús María Estrada, proveniente de Pácora, se puso al frente de la parroquia en este municipio, recién fundado todavía, casi medio siglo antes..

Fue comerciante, como buen paisa. Y tuvo su almacén, según era costumbre por aquel entonces, en el primer piso de su casa -“En los bajos”, decían-, a escasos metros de la Plaza de Bolívar, donde se abre la concurrida Calle Real, a lo largo de la cual se extendía su actividad comercial, igual que hoy.

Allí, en esa casa, pasaron su infancia todos ellos, los hijos de don Antonio y doña Camila Vélez: Ernesto, el mayor, de cuya brillante carrera intelectual dejó constancia en las páginas del diario La Patria de Manizales; Carlos, El padre Giraldo, educado en Holanda, orador sagrado como ninguno y profesor de latín y griego en el Seminario de Manizales; Camilo, sacerdote igualmente, y él, Fabio, quien terminó dictando clases de literatura en el Instituto Estrada -¡sin haber concluido el bachillerato!- y vendiendo zapatos en su negocio, a la manera de su padre, en un local contiguo al que éste poseía.

Los versos del comerciante

Fabio, pues, se volvió comerciante, aunque a simple vista parecía que no lo fuera, tanto por su estampa distinguida como por su notoria timidez, su espíritu reservado y hasta sus palabras entrecortadas, algo ininteligibles, cuando osaba abrir la boca para atender a sus clientes, quienes siempre le llamaban “Don Fabio”, con el respeto debido.

Pocos sabían, sin embargo, que detrás del mostrador, detrás incluso de una persona tan respetable y tímida, se escondía un auténtico poeta que sólo empezó a escribir versos a los 75 años de edad, cuando en las tardes, ya jubilado, volvía cansado al hogar para sentarse en una silla del corredor de atrás, frente al jardín, donde las rosas rojas eran sus flores favoritas.

Escribía sonetos, bellos sonetos, en cabal cumplimiento del mayor reto que se impuso en la vida, una larga vida próxima a dar el salto a la eternidad que sueñan los cristianos fervientes como él.

Letras en la sangre

Desde muy joven, desde su temprana adolescencia, la literatura española lo sedujo. Por eso algún día, siendo profesor en el Instituto, estaba leyendo El romancero español en la casa paterna cuando su madre, doña Camila, soltó un inesperado comentario, tan pronto le vio el libro que tenía en sus manos.

“Ese es un libro de romances”, anotó con certeza, recitando a continuación uno de ellos, ante la mirada sorprendida de su hijo.

Fue así como supo de dónde habían sacado los Giraldo Vélez su profunda sensibilidad y amor a las cosas del espíritu, cuando no la extraordinaria inteligencia que para algunos de sus paisanos bordeaba la genialidad o la locura.

Claro que su padre, don Antonio Giraldo, también influyó, pues a Fabito, aún adolescente, le tocaba leerle, en voz alta, los editoriales de La Patria que los jefes conservadores del pueblo, como mi abuelo Felipe Montoya, devoraban cada día para alimentar un sectarismo cercano a la devoción o la idolatría.

A lo mejor por eso, recién cumplidos los 18 años, formó con sus mejores amigos un grupo intelectual: “La Generación del 30”, a la que pertenecieron Fabio Vásquez Botero, digno representante de la Escuela Grecocaldense en sus escritos periodísticos y en sus conmovedores discursos que hicieron historia en todo el país; Carlos Arturo Gil, célebre abogado con el paso del tiempo, y Camilo Restrepo, quien luego fue gobernador de Caldas, entre otros que apenas recordaba por sus apellidos: Bedoya, Vargas…, unos y otros formados con los libros que monseñor les prestaba en la casa cural, de donde la enorme biblioteca fue desapareciendo como por arte de magia, como si fuera obra de los espíritus.

Viajes literarios

Primero fueron las novelas de aventuras, como las de Salgari y Julio Verne; después, los clásicos españoles, desde Cervantes hasta Azorín -“Mi gran maestro”, confesaba-, pasando por la literatura francesa, hasta llegar a Dostoievski, Thomas Mann y Kafka, sin olvidar lo nuestro, lo autóctono, de Carrasquilla a García Márquez, a quien obviamente leyó en sus años postreros.

Pero siempre, del primero al último día de su prolongada vida intelectual, la poesía: Lope de Vega, Góngora, Darío, Neruda…, a quienes consideraba insuperables en la medida en que este género literario -sostenía- se quedó rezagado frente a los extraordinarios avances contemporáneos de la prosa, sea en el cuento o la novela.

Los versos, entonces, fueron el plato fuerte de su gusto por las letras. A ellos les debía -sentenciaba- ser mucho más humano; “son como un navío -decía, con voz débil- hacia la paz interior que todos necesitamos”, y por el culto que les rendía, por ser el supremo valor en su existencia -“Nunca me ha importado la plata”, comentaba, en actitud sacrílega para los paisas-, decidió seguir el sabio consejo de Juan Lozano y Lozano, el perfecto sonetista de La Catedral de Colonia: “Para darle armonía al lenguaje, hay que leer los sonetos clásicos del Siglo de Oro español”.

Don Fabio, por su parte, quiso ir más lejos todavía: no sólo leerlos sino también escribirlos, para lo cual tuvo que cruzar la barrera de los setenta años, estando cerca de ser octogenario, no sin antes ser profesor de literatura durante un prolongado cuarto de siglo y fungir como propietario de un almacén de calzado en la Calle Real, de donde salía poco antes de las seis de la tarde para escribir sonetos al mejor estilo de los clásicos españoles.

Así cumplía el mayor reto de su vida, superior incluso a la crianza de sus tres hijos y la perpetua fidelidad a su esposa, Mery López, parienta cercana de Leonidas López, el poeta romántico que se ahogó en el Cauca, cegado por el amor.

Llamado de la muerte

En días pasados, doña Mery presintió la tragedia, la dolorosa tragedia de la muerte de su esposo, en una fría mañana de invierno, cuando Fabio, cuando era hora de levantarse para ir al trabajo, le preguntó si le había tocado el hombro para despertarlo.

“Es Diana que le está llamando”, pensó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas al sentir de nuevo la terrible ausencia de su hija muerta tres años antes, víctima de un cáncer como el que acababan de encontrarle a este poeta clandestino que conservaba sus escritos guardados en un viejo escaparate, siendo desconocidos aún por sus seres más queridos, como ella.

Fue ahí, en su lecho de enfermo, donde le encontré. No podía siquiera ponerse de pie; la última vez que lo hizo fue en presencia de mi hermano Rubén Darío, para mostrarle los versos celosamente escondidos hasta entonces, y en su rostro, donde los huesos empezaban a brotar entre la piel ajada y amarilla, se insinuaba la sombra de la muerte, esa muerte “irremediable” que advirtió en algún poema.

Nunca antes, en muchos años de constantes visitas, le había visto así, ni mucho menos fuera de su negocio, del que salíamos a tomar tinto, en una cafetería cercana, para hablar de literatura, de su maestro Azorín, del Siglo de Oro español, de su vasto conocimiento del Quijote (que le mereció, en el Instituto, moción de aplauso durante la visita de un supervisor) y de la decadencia en los tiempos que corren, donde los valores supremos -según decía en sus editoriales del periódico Marsella al día– se perdieron por rendirle culto al dinero fácil, sin importar que fuera ilícito, sucio.

Soneto final

En sus ojos, no obstante, brillaba la esperanza, lejos de pensar que este encuentro fuera el último, ni que la despedida fuera definitiva. No. Como buen cristiano, custodiado por un crucifijo que colgaba en la cabecera de su cama, se disponía confiado a dar el salto hacia la vida eterna, mientras oía la lectura de uno de sus sonetos, con la mirada débil, perdida en el más allá, lista a apagarse:

Perdóname, Señor, si en mi locura / ingrato me olvidé de tu clemencia / y ciego fui a la luz de tu presencia / en esta noche mía, triste, oscura.

Si propicio no fue mi cruel empeño / en dar mi voluntad a ti rendida; / si no confié en tu amor, canto de vida; / si no hice de tu cruz, sagrado leño.

Perdóname, Señor, si indiferente / a tu porfía de llamarme hermano / viví alejado de tu fuego ardiente.

Dame, Señor, tu corazón de abrigo. / Así tendré de tu divina mano / la visión celestial de estar contigo.

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