De un salón de clases a una guerra: así enfrentó George W. Bush el 11-S

George W. Bush llevaba menos de ocho meses como presidente de Estados Unidos cuando los atentados del 11 de septiembre transformaron su mandato. Su reacción inicial, sus discursos y la posterior “guerra contra el terrorismo” definieron no solo su gobierno, sino buena parte de la política mundial de las décadas siguientes.

La mañana del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush no estaba en la Casa Blanca ni en una sala militar.

Estaba sentado frente a un grupo de niños de segundo grado en la escuela primaria Emma E. Booker, en Sarasota, Florida. Había viajado hasta allí para hablar de educación y promover uno de los proyectos centrales de su naciente administración.

Entonces ocurrió algo que quedó congelado para siempre en las imágenes de aquel día.

A las 9:05 de la mañana, su jefe de gabinete, Andrew Card, se acercó, inclinó su cabeza hacia el presidente y le susurró al oído: “Un segundo avión golpeó la segunda torre. Estados Unidos está bajo ataque”.

Bush permaneció sentado.

La Comisión del 11-S determinó posteriormente que el mandatario continuó en el salón entre cinco y siete minutos. El propio Bush explicó que intentó mantener la calma frente a los niños y a las cámaras mientras trataba de entender la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Aquellos minutos serían posteriormente objeto de críticas, aunque el Servicio Secreto señaló que en ese momento no consideraba imprescindible sacarlo corriendo del lugar.

Hasta minutos antes, incluso el propio presidente había pensado que el primer impacto contra el World Trade Center podía tratarse de un accidente aéreo.

El segundo avión cambió todo.

“Estados Unidos está bajo ataque”

Bush salió finalmente del salón y fue llevado a una habitación privada de la escuela. Allí observó las imágenes por televisión y comenzó a comunicarse con el vicepresidente Dick Cheney, la asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice, el director del FBI Robert Mueller y las autoridades de Nueva York.

A las 9:30 habló por primera vez ante las cámaras.

La información todavía era confusa. Había aviones secuestrados, las torres ardían y nadie podía garantizar que los ataques hubieran terminado.

El presidente dejó Florida a bordo del Air Force One. Por razones de seguridad no regresó inmediatamente a Washington: pasó primero por la base aérea de Barksdale, en Luisiana, y posteriormente por Offutt, Nebraska, donde participó en reuniones y recibió información de inteligencia. Desde el avión mantuvo contacto con Cheney, Rice, mandos militares y dirigentes de Nueva York.

Los registros oficiales de aquella jornada muestran incluso que a las 10:25 a. m. Bush autorizó el uso de la fuerza ante la posibilidad de que más aeronaves secuestradas representaran una amenaza.

Pero el mandatario insistió en regresar a Washington.

Esa noche entró al Despacho Oval y se dirigió a una nación aterrorizada.

Bush habló de padres, madres, trabajadores y vecinos cuyas vidas habían terminado repentinamente. También trazó desde aquella primera noche una línea que definiría su respuesta: Estados Unidos no distinguiría únicamente entre los responsables materiales de los atentados y quienes les brindaran refugio.

Comenzaba a tomar forma la llamada “guerra contra el terrorismo”.

El momento que convirtió a Bush en símbolo de la reacción

Tres días después, el 14 de septiembre, Bush llegó a las ruinas del World Trade Center.

Todavía había humo. Rescatistas continuaban buscando sobrevivientes y restos humanos entre toneladas de escombros.

Subido sobre una montaña de ruinas y abrazado a un bombero, tomó un megáfono para dirigirse a los trabajadores.

Alguien gritó desde el grupo que no podía escucharlo.

Bush respondió:

“Yo puedo oírlos. El resto del mundo los oye”.

Y advirtió que quienes habían derribado los edificios pronto escucharían a Estados Unidos.

La escena se convirtió en una de las imágenes políticas más recordadas de su presidencia.

En pocos días, un mandatario cuya aprobación rondaba el 51 % antes de los atentados alcanzó el 90 %, el nivel más alto registrado por Gallup para un presidente estadounidense en una de sus mediciones.

Durante aquellas primeras semanas Bush logró algo fundamental para un país conmocionado: transmitir la sensación de que el Gobierno había recuperado el control y que existiría una respuesta.

Pero esa respuesta tendría consecuencias durante décadas.

De la búsqueda de responsables a la guerra

Estados Unidos identificó a Al Qaeda, liderada por Osama bin Laden, como responsable de los atentados.

El 18 de septiembre, apenas una semana después de los ataques, Bush firmó la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar, aprobada por el Congreso. Esa norma facultó al presidente para emplear las Fuerzas Armadas contra quienes hubieran planeado, autorizado, cometido o ayudado a ejecutar los ataques.

El régimen talibán de Afganistán protegía entonces a Bin Laden y a miembros de Al Qaeda.

El 7 de octubre de 2001, menos de un mes después del 11-S, Bush anunció que fuerzas estadounidenses y británicas habían comenzado ataques contra campos de entrenamiento de Al Qaeda e instalaciones militares de los talibanes en Afganistán.

Comenzaba una guerra que terminaría prolongándose durante casi veinte años.

La respuesta al 11-S ya no era solamente una operación para detener a los responsables. Estados Unidos modificaba su estrategia de seguridad, su política exterior y su manera de enfrentar el terrorismo.

Más seguridad, pero también menos privacidad

La transformación ocurrió también dentro de Estados Unidos.

El 26 de octubre de 2001 Bush firmó la USA PATRIOT Act, una legislación que amplió las herramientas de las autoridades para investigar terrorismo, facilitar el intercambio de inteligencia, rastrear comunicaciones y perseguir financieramente a organizaciones sospechosas.

Para la administración Bush, aquellas facultades eran indispensables para impedir otro atentado.

Para organizaciones defensoras de derechos civiles, en cambio, algunas disposiciones ampliaron demasiado el poder de vigilancia del Estado y generaron riesgos para la privacidad y las libertades individuales. La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, ACLU, fue una de las organizaciones que planteó esas preocupaciones desde el momento de la aprobación de la ley.

Ese debate permanece como parte del legado del 11 de septiembre: hasta dónde puede llegar un Estado para proteger a sus ciudadanos sin sacrificar las libertades que pretende defender.

Una pregunta inevitable: ¿pudo evitarse?

Con el paso de los años también surgieron interrogantes sobre lo ocurrido antes de los ataques.

La Comisión del 11-S reveló que durante la primavera y el verano de 2001 los servicios de inteligencia estadounidenses habían recibido numerosas advertencias sobre Al Qaeda.

El 6 de agosto de ese año, poco más de un mes antes del atentado, Bush recibió un informe presidencial titulado “Bin Laden determinado a atacar en Estados Unidos”.

Sin embargo, no existía información concreta que estableciera el día, el lugar o el método del ataque. La Comisión concluyó posteriormente que existieron fallas más amplias dentro del aparato estatal: las diferentes agencias no compartieron adecuadamente información y la amenaza no logró movilizar de manera efectiva a las instituciones dentro del territorio estadounidense.

Por eso, 25 años después, la evaluación de la actuación de Bush no puede reducirse a decir que fue simplemente buena o mala.

Su manejo inmediato de la crisis produjo una extraordinaria unidad nacional y su presencia entre los escombros de Nueva York se convirtió en símbolo de liderazgo para millones de estadounidenses. Pero las decisiones tomadas después —las guerras, la expansión de los poderes de vigilancia y la doctrina antiterrorista— abrieron discusiones políticas, jurídicas y humanitarias que sobrevivieron ampliamente a su presidencia.

El presidente que cambió con el 11-S

George W. Bush llegó a la Casa Blanca en enero de 2001 hablando principalmente de impuestos, educación y política interna.

Ocho meses después se convirtió en un presidente de guerra.

El 11 de septiembre cambió a Estados Unidos, pero también cambió para siempre su presidencia.

Aquella mañana comenzó sentado frente a unos niños que aprendían a leer.

Terminó esa noche en el Despacho Oval, frente a una cámara, intentando explicarle a millones de personas cómo respondería la nación más poderosa del mundo después de descubrir que también podía ser vulnerable.

Veinticinco años después, algunas imágenes permanecen intactas: el hombre inmóvil mientras le susurran al oído que su país está siendo atacado; el presidente hablando desde la Casa Blanca esa misma noche; y, tres días después, Bush con un megáfono entre bomberos y montañas de escombros.

Entre esas tres escenas transcurrieron apenas unas horas.

Pero entre ellas también comenzó una nueva etapa de la historia mundial.

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