Cuando en la emergencia también hay patas, alas y bigotes

Jessica Paola Melo Parra

Mientras escribo estas líneas, duele saber que no hemos terminado de superar una tragedia para encontrarnos con otra, pero quizá la pregunta más difícil sea otra: ¿cuántos animales quedan por fuera de las cifras después de cada desastre? ¿Pudimos evitar algunas de estas tragedias? ¿Qué tan preparados estamos para proteger todas las formas de vida cuando ocurre una emergencia?

Colombia vive una tragedia tras otra, el pasado 10 de agosto, la tierra se sacudió y generó efectos en Chocó, Risaralda, Valle del Cauca y otras regiones del país, con ello, viviendas, escuelas y centros de salud, centros culturales resultaron afectados, también personas y animales damnificados, heridos y fallecidos, además de efectos emocionales que siguen golpeando a las comunidades. Aún no terminábamos de dimensionar esa tragedia cuando los incendios forestales volvieron a ocupar las noticias en diferentes departamentos, entre ellos Tolima, Cundinamarca, Valle del Cauca, Nariño y Huila lo que genera ecosistemas quemados, animales desplazados, heridos o muertos y a esto se suma el fenómeno de El Niño, que incrementa las condiciones de riesgo de incendios de cobertura vegetal.

A pesar de estas tragedias, también hemos experimentado la ternura, hemos sido testigos de la movilización de la generosidad, la empatía y la solidaridad de personas que acuden a mover escombros, rescatar animales, curar heridas, donar medicamentos y alimentos, sin esta solidaridad, muchas emergencias serían aún más graves. ¡Gracias infinitas a quienes, con cualquier gesto —un enlace, un abrazo, una donación, hogares de paso, rescates, o unas horas de trabajo— han servido con amor a los más afectados!

Todo esto nos recuerda que, en las emergencias, no solamente se ven afectados los seres humanos, también la naturaleza y los demás animales. Por eso, hablar de gestión del riesgo implica incluir a los demás integrantes de la Comunidad de la Tierra.

Así las cosas, es importante destacar que Colombia desde el 2024 cuenta con un Protocolo de Atención para los Animales en Situaciones de Emergencia, elaborado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, este documento contempla tres grupos. Este protocolo incluye a animales de compañía, animales explotados en la producción y animales silvestres, para ellos establece acciones que van desde el rescate y la clasificación o triage, hasta el traslado, la atención veterinaria, los refugios, el suministro de agua y alimento y el reencuentro con sus familias.

El protocolo responde al mandato de la Ley 2294 de 2023, que ordenó desarrollar estos mecanismos en el marco de la Ley 1523 de 2012, dentro del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, así mismo, la norma también ha avanzado, porque la Ley 2474 de 2025 reconoce e incluye a los animales dentro de la política de gestión del riesgo de desastres, como destinatarios de medidas de prevención y atención.

Ahora bien, tener una norma y un protocolo no significa que el trabajo esté terminado, el propio protocolo contempla la Evaluación de Daños y Análisis de Necesidades para Animales, EDAN-ASE, una herramienta destinada a conocer la extensión, gravedad y localización de las afectaciones sobre animales de compañía, animales usados en producción y animales silvestres, para facilitar la toma de decisiones durante la emergencia.

Aquí aparece nuestra responsabilidad como ciudadanos, no podemos impedir un terremoto, pero sí podemos prepararnos, podemos conocer las rutas de evacuación, incluir a los animales en los planes familiares de emergencia, tener transportadores o elementos de sujeción, agua, alimento y medicamentos necesarios, conservar fotografías y datos de identificación y acordar quién puede hacerse cargo de ellos si la persona responsable no está presente. Las instituciones gubernamentales tienen responsabilidades igualmente importantes, incorporar a los animales en los planes de gestión del riesgo, mantener censos en zonas de alto riesgo, capacitar equipos de rescate y personal veterinario, realizar simulacros, fortalecer la infraestructura y los equipos, establecer canales de comunicación y coordinarse con las comunidades.

Y entonces, en medio de los escombros, del humo o de las llamas, puede existir una pequeña vida esperando ser encontrada, un perro que busca a su familia, un ave que intenta volver a su nido, un animal silvestre que busca dónde refugiarse, quizá una comunidad verdaderamente preparada sea aquella que no pasa de largo frente a esa vida vulnerable, que se detiene, la rescata y la acompaña hasta que vuelva a sentirse segura, porque cuando cuidamos a quienes no pueden pedirnos ayuda con palabras, también estamos aprendiendo algo esencial: que proteger la vida no significa elegir a quién salvar, sino entender a cuidar mejor la vida que compartimos.

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