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martes, abril 23, 2024

Condenado a muerte (ficción)

Javier Amaya 


El 23 de abril del año del Señor de Un Mil Quinientos Cincuenta y Uno, un lunes para
ser exactos, unos marinos trajeron al desembarcadero de Cartagena con especial
cuidado, un personaje con mala salud que llegaba en la nave Santa Clara desde el
Darién, buscando cupo en el próximo barco con destino a España acompañado de una
pequeña comitiva.
Pronto se supo que el ilustre viajero ya setentón, había sido un famoso conquistador en
las guerras del Perú contra Atahualpa y su imperio, fundador de varias ciudades de
renombre y un proveedor de oro y riquezas que bañaron a las católicas majestades por
décadas, despachadas por él.
Prueba de su poderío remanente, fue su considerable menaje empacado en pieles,
mantas, corteza vegetal y hasta barriles donde transportaba desde quesos, pescado,
higos hasta carne de membrillo, aparte de escudillas de oro, plumajes y piedras
preciosas.
El visitante tuvo un recorrido difícil desde Panamá, por un dolor punzante como
estocada repentina al lado del corazón sintiendo que era su hora llegada. Se sintió
morir, pero todavía consciente dictó órdenes a su capitán Andigno para dejarlas por
escrito y que se cumplieran al pie de la letra una vez llegados a puerto. Para colmos,
una tormenta durante la travesía parecía quererse tragar a la embarcación
amenazando con llevarlos al fondo del mar.

Viaje sin fin
Tuvo horas sin fin durante el viaje, para acordarse de que su mala fortuna había
iniciado en 1546 cuando tuvo que castigar a Robledo que lo retó entrando a sus
territorios, comportándose como un ladrón y retando sus repetidas advertencias. El,
que había tenido trato y negocios con Jiménez y Federmán, con los hermanos Pizarro y
con Almagro, y muchos otros castellanos, que había recorrido desde Nicaragua hasta
Cuzco, siendo invitado en más de una ocasión a repudiar la realeza de España y
probando su lealtad no lo hizo.

Por la muerte a garrote de Robledo, había tenido que encarar un juicio de residencia,
con una defensa pobre y todos sus malquerientes haciendo coro y terminando con una
condena a muerte.
Alguien le sugirió que se fuera a los territorios portugueses en Brasil para librarse de la
sentencia y se molestó. – No señor, en las batallas más temibles nunca corrí. Dormía
con la espada desenvainada, pero nunca evité el combate. El emperador Carlos V
debe recordar mi nombre y si no le gana la ingratitud me dará el indulto. Me hice viejo
cubriéndolo de gloria y oro a él y su familia, pagando el quinto de ley mientras yo me
jugaba la vida contra los naturales, la selva y las alimañas. Caso de no ser perdonado,
me verán caminar al cadalso con la frente en alto.
-Pareciera que la Divina Providencia me quisiera recoger, antes que el verdugo trunque
mi vida, cumpliendo la sentencia de mis enemigos y salvándome de la humillación del
perdedor.

Cambios en su salud
El 24 de abril la pasó dormido mientras se quejaba, apenas probó bocado y no hubo
cambios en su salud. El día 25 el enfermo se dio cuenta de no sentir su lado izquierdo
del cuerpo y de experimentar la sensación de que se iba y le ordenó a su capitán
Andigno ir a buscar sin demora a uno de los escribanos reales de Cartagena de Indias
para legalizar su testamento.
Al llegar el capitán en un coche al patio del escribano, su saludo fue:
– El gobernador se nos muere. No tenemos mucho tiempo y quiere testamentar.
– No sabía que Don Pedro se quejara de enfermedad, dijo el escribano con
expresión de sorpresa.
Andigno aclaró: – No es Don Pedro de Heredia. Es el Adelantado, Capitán General y
Gobernador de por vida de Popayán por su sacrificio y merced real.
– ¿Cuál es su nombre de pila?
– Sebastián Moyano y Cabrera.
El escribano no pareció reconocer el nombre y pidió más información.
– ¿Natural de dónde?
– De Belalcázar, Andalucía contestó el militar. Mi señor lleva tiempo reconocido
como Sebastián de Belalcázar.
El día 28 terminaron el testamento, donde quedó estipulado el valor de sus bienes de
viaje y nadie preguntó por sus valiosas tierras, muebles y encomiendas que tenía en
Popayán, que seguro se repartiría su numerosa prole. Pero en cambio se fijó en detalle
el costo de misas, rosarios, novenarios y demás rezos para tratar de salvar el alma de

Belalcázar. El escribano le pidió que firmara el escrito y llevado de la mano
desvanecida, trató de hacer una cruz, porque era analfabeto y no sabía firmar.
Luego de recibir los óleos y ser escuchado en confesión por un fraile franciscano que
apenas entendió a un angustiado enfermo que murmuraba, el conquistador expiró el
lunes 30 de abril cumpliendo así su condena a muerte, librándose del horror de encarar
al verdugo.
*www.javier-amaya.us

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