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Pereira
martes, septiembre 27, 2022

Con motivo de la celebración del mes del educador y de la madre:

Lo más hermoso

(De mi libro “De regreso a Ítaca”, 2014)

Quiso el Eterno Padre, con su amor,

dotar el frío cosmos de belleza;

y, entonces, creó la luz, que en su terneza

da vida con su fuego y su color.

Miró el Eterno Padre, con dolor,

que el hombre estaba solo en su tristeza;

y le dio la mujer que, en su lindeza,

perfuma y embelesa, cual la flor.

Pero faltaba aún lo más hermoso,

para así culminar la Creación.

Y, entonces, el Eterno y Sabio Padre

quiso ofrendar su propio corazón

en un ser, el más noble y primoroso,

el mismo amor de Dios, y fuiste ¡Madre!

Oración de un educador

(De mi libro “Navegante de crepúsculos”, 1995)

Oh, Sumo Pedagogo Jesucristo,

tú que eres un auténtico Maestro,

y enseñaste el camino a la belleza,

la verdad y el amor con tus preceptos.

Tú que eres el buen pastor y amigo,

el pan de vida, el mártir más excelso,

escucha la plegaria de este hermano,

mal llamado por los hombres un “Maestro”.

Concédeme, Rabí, primero amar;

para, así, merecer el magisterio.

Que vea en los alumnos mis ovejas,

y busque a las perdidas con gran celo.

Si el lobo del error me las acecha

que lo ahuyente con métodos correctos.

Te suplico, Señor, no ser dogmático.

¡Ayúdame a alumbrarles sus senderos!

Que así como enseñaste a ver la luz

por medio de tu crístico evangelio;

y diste real prueba de tu amor

sanando a los inválidos y ciegos,

también ayude a caminar y a ver.

Que sea de mis alumnos compañero.

Si quiero hacerlos nobles, sabios y útiles

que les dé testimonio con mi ejemplo.

Oh, Sumo Pedagogo Jesucristo,

que no sea un docente fariseo,

como el que habla de amor y democracia,

siendo un profanador de los derechos.

Que cual Rabindranath Tagore o Sócrates,

Gabriela Mistral, sea fiel, honesto.

Y, como tú, aun llegue al sacrificio.

¡Enséñame a enseñar, Santo Maestro!

Títere parlante

Cuando un papel ficticio represento

como “maestro” en aulas escolares,

y hablo a mis alumnos del amor

aunque en mis actos muestre iniquidades;

cuando quiero cambiar a los demás

sin primero a mí mismo transformarme,

me cuestiono sintiéndome un hipócrita:

“¿Será que soy un títere parlante?”.

Cuando veo a discípulos paupérrimos,

desnutridos, enfermos y con hambre,

a niños que no están en las escuelas

porque a diario mendigan en las calles;

cuando enseño justicia y democracia

y les violo derechos, libertades,

me siento un demagogo y reflexiono:

“¿Será que soy un títere parlante?”.

Cuando soy memorístico y mecánico,

atiborrando cajas cerebrales;

o imponiendo, dogmático, conceptos,

cual si fueran las últimas verdades,

y no enseño a aprender, a investigar,

despertar la verdad que en todos yace,

me siento no un maestro y me reclamo:

“¿Será que soy un títere parlante?”.

Cuando el salón no es aula sino jaula,

y son los niños las cautivas aves,

temerosas, frustradas, silenciosas,

sin trinos, alegrías, libertades;

cuando por mi iracundia e ineptitud

las enseñanzas entran con la sangre,

sintiéndome verdugo o carcelero,

me acuso: “¿Seré un títere parlante?”.

Cuando por ser paternalista o blando,

inútiles los vuelvo e irresponsables,

y por mi flojedad o negligencia

crecer los dejo cual torcidos árboles;

cuando no sé al amor y la justicia

equilibrarlos en correctas partes,

me siento un mal maestro y me reprocho:

“¿Será que soy un títere parlante?”.

Cuando siento que actúo como máquina

de un sistema social de falsedades,

y que con mis programas solo logro

fabricar más robots, no hombres pensantes,

de nuevo me cuestiono con tristeza:

“¿Será que soy un títere parlante?”.

Y clamo: “Amor, que rompa las cadenas.

¡Libéralos y ayuda a libertarme!”.

Imagen: “Esclavitud”, Manuel Castelin

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