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sábado, noviembre 26, 2022

¿Como nos trata Dios?

Cuentan que San Pedro y Dimas, el buen ladrón, ambos murieron crucificados y los dos fueron al cielo y los dos vivían en la misma calle, situación que molestaba mucho a San Pedro. Un día que Dios pasaba por allí, San Pedro se atrevió a increpar a Dios. “Sabes que Dimas y yo vivimos en la misma calle, en casas parecidas, y tienes que saber que yo dejé todo para seguirte: barca, redes, esposa e hijos y morí crucificado en Roma.

Este Dimas no fue cristiano ni diez minutos. No entiendo por qué lo tratas como a mí”, le espetó San Pedro.
Dios le contestó: “Pedro, olvídame. Tu barca se caía a pedazos, tus redes estaban llenas de agujeros, tu mujer era un fastidio y la querías muy lejos, tus hijos eran unos rebeldes que te molestaban… No me cuentes esas historias, “yo más santo y cumplidor que…” porque te conozco muy bien.

Sí, Pedro, el de la primera hora, y Dimas, el de la última hora, sin merecerlo, ambos recibieron la misma paga, el don de la salvación. Seguro que Dimas lo ha entendido, ¿lo habrá entendido también San Pedro y tantos San Pedros que hay en la vida cristiana?

El evangelio es siempre sorprendente. Las historias que cuenta Jesús son fantásticas, no se parecen en nada a los folios que sacan los predicadores para comentarlas y, muchas veces, ni las entienden ni les interesa entenderlas. A mí también me pasa lo mismo, aunque me sacuden gozosamente.

Jesús no habla del relativismo moral ni del incienso ni de cómo celebrar el culto ni de tantas otras cosas propias de gente ociosa. Jesús habla de Dios desde la vida cotidiana, de su amor a su viña, su Reino, donde pueden trabajar todos, donde todos reciben el mismo salario, los Pedros y los Dimas, la vida eterna. Dios no me debe nada, yo le debo todo a Dios. Dios no es justo, es desmesuradamente generoso. Dios es mi única garantía, mi gratis total.

En las conversaciones humanas un tema recurrente es el de los sueldos de miseria de muchos y el de los sueldos millonarios de unos pocos. Nadie está contento y hace méritos para cobrar más y vivir siempre indignado.

Jesús que critica la meritocracia de todos los tiempos, predica la generosidad de Dios y de cómo deberían ser nuestras relaciones con Dios y con los hombres. Las parábolas de Jesús, leídas con criterios humanos, nos cabrean por lo raquítico de nuestros criterios. Sus parábolas son siempre modelo de contrastes.

Las prostitutas os precederán en el Reino versus el cumplimiento religioso y escrupuloso de los fariseos. El buen samaritano es elogiado por Jesús versus el sacerdote y el levita que se contentan con la pureza legal. El hijo pródigo, sin méritos en su haber, es acogido y celebrado versus su hermano mayor que ha acumulado méritos sin cuento en el cumplimiento del deber y se siente discriminado y peor pagado. Los últimos trabajadores en la viña del Señor saben que no se han ganado el sueldo, que son agraciados por la generosidad de su empleador versus los primeros trabajadores que han hecho muchos méritos, que han trabajado duro, que se sienten tratados injustamente; estos critican al empleador y a sus compañeros y maldicen el contrato firmado. Los de última hora son tratados como de la familia, los primeros como meros trabajadores.

Nosotros, los cristianos desde la cuna, bautizados de niños, llevamos encima todos los sellos, el de la primera comunión, el de la confirmación, el del matrimonio por la Iglesia, el de la misa dominical…nosotros, trabajadores de la primera hora, sin envidias, nos tenemos que alegrar de que Dios siga llamando trabajadores a su viña hasta el final del día y nos alegramos de que Dios los trate con el mismo amor que a nosotros.
¿Somos mejores? ¿Hemos cumplido con fidelidad el contrato con Dios de ser trabajadores inútiles y fieles?

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