La escuela enfrenta crecientes riesgos socioemocionales, violencia digital y falta de apoyo estatal, mientras urge una educación humanista que fortalezca la salud mental y la cultura de paz.
Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Las nuevas generaciones que hoy transitan por las aulas de nuestras instituciones educativas, son las más expuestas a factores estresores de enorme magnitud: múltiples violencias cotidianas, desintegración familiar, pobreza estructural, hiperestimulación digital, acoso en sus variadas formas, acceso a contenidos de extrema perturbación emocional, convivencia consuetudinaria con economías criminales y una normalización de una cultura de la muerte… Hoy todo ello forma parte del paisaje socio–cultural que divisamos desde una perspectiva pedagógica más contemplativa que transformadora, imbuida de una visión estoica que invita más a la postración que a la acción–reflexión.
Hoy asistimos a una violencia digital mediada por una inteligencia artificial que utiliza herramientas generadoras de imágenes y videos sintéticos y explícitos, (ex) puestos al alcance de niños y adolescentes que siguen sin comprender el impacto psico–social de la mas media. La violencia sexual digital, el ciberacoso, la extorsión digital, la exposición temprana a contenidos hipersexualizados y la producción de materiales manipulados, han traído efectos devastadores y han generado traumas inconmensurables que se escapan de las manos de los profesionales del comportamiento, los cuales confiesan su incapacidad para afrontar y trascender los retos que les impone estas nuevas realidades.
Agreguemos a todo lo anterior, las exigencias que recaen sobre la institución escolar expuesta ésta, a toda clase de imperativos: ser un espacio de instrucción y formación; un refugio de contención emocional; una red de detección temprana del riesgo; una gestora de soluciones sobrehumanas; un escenario para la resolución de conflictos y una cultura de paz. Todo lo anterior, sin una dotación de recursos polidimensionales; carente del potencial humano suficiente para el abordaje de tan exigentes competencias y sin el andamiaje institucional y misional suficiente que semejante empresa educativa requiere… He aquí algunas causas estructurales de esta problemática que aqueja a la escuela.
Las instituciones educativas, en gran parte de la geografía nacional, tienen que funcionar, inmersas en contextos violentos y de tensión permanente, los cuales han dejado una huella profunda en la arquitectura emocional de los agentes educativos: estudiantes, profesores, padres de familia y personal administrativo. Todos ellos viven con ansiedad severa, víctimas del fuego cruzado vestido de verde oliva y de las violencias estructurales que los agobian. La salud socioemocional y el derecho a aprender son inseparables, según la OMS, la Unesco y Unicef y las políticas públicas que tratan de agenciar esos derechos, brillan por su ausencia. La respuesta institucional, de igual forma, no aparece.
La intervención del Estado en materia de promoción y atención preventiva e integral, resulta ineficaz e insuficiente en términos de cobertura, calidad, especialización, territorialización y ejecución presupuestal. La detección masiva de problemáticas en materia de salud mental, sin una capacidad de respuesta institucional y especializada, generan daños adicionales: visibilización de la vulnerabilidad sin poder de contención y generación de expectativas en los agentes educativos que el propio sistema posteriormente traiciona con su inacción. El déficit de psico-orientadores, profesionales del comportamiento y trabajadores sociales en las instituciones educativas es evidente.
En los protocolos de atención en situaciones de crisis, la existencia de formatos institucionales contrasta con su ausencia y su capacidad operativa. No hay una ruta clara, verificable, respaldada por servicios reales. La brecha entre protocolo escrito y capacidad instalada real, define con precisión el deficiente estado de las políticas públicas en materia de salud socio–emocional. Las promesas incumplidas por el Estado tienen un alto costo que termina reflejado en deserción escolar, violencias reproducidas y vidas truncadas. Faltaría hablar del personal docente, también en riesgo emocional, carente de espacios y tiempos curriculares y que no ha sido capacitado en salud mental ni en neuro–pedagogía.
La puesta en marcha de una verdadera cultura de lo socio–emocional, más allá de ser una simple cátedra, demanda mucho más que una directriz nacional: necesita presencia institucional en los territorios, comprensión de las realidades locales y regionales y formación especializada. La salud socio–emocional precisa de escenarios institucionales adecuados, estrategias didácticas, pedagógicas pertinentes y proyectos efectivos que involucren a toda la comunidad educativa. El reto es asumir esta cátedra, no como una imposición normativa, sino como una oportunidad para desarrollar prácticas educativas que respondan al momento histórico, social, político y cultural que estamos viviendo.
Se busca asumir un compromiso histórico y social con la ciudad–región– nación con una propuesta asuntiva de ética personal y pública, cultura ciudadana, crecimiento personal y organizacional, condensada en un acervo documental didáctico–pedagógico y vivencial, con el cual los agentes educativos coadyuvan en la reconstrucción del tejido racio–emocional y relacional de sus comunidades locales. El desaprendizaje que conlleva una resignificación, apoyado en el pensamiento crítico, lateral y alternativo, se convierte en una estrategia pedagógica que permite examinar a través de las fisuras axiológicas que deja el “stablishment”, nuestras formas habituales de ser, pensar, sentir y actuar…
“Desandar” el camino escolar que siempre se ha transitado; ejercitar una vigilante sospecha sobre todo aquello que usualmente hemos considerado lógico, coherente y verdadero; trastocar y romper el prejuicioso velo de horizontes de sentido difusos y significaciones prejuiciosas, estrechas y enajenantes; decodificar y poner en marcha nuevas experiencias interactivas y racio–emocionales; reconocer, aceptar y valorar el mundo de la otredad; contextualizar situaciones, percepciones, actitudes y vivencias… Todo ello nos permitirá comprender y transformar las gravosas e injustas realidades socioculturales y cotidiano-negativas que vivimos y padecemos.
Los maestros deben convertirse en consumados estudiosos del sinuoso trasegar del pensamiento filosófico y ético; orgullosos de su vocación pedagógica; compañeros de viaje que comparten con sus pupilos percepciones y vivencias cotidianas y esa indeclinable convicción que los lleva a reafirmarse en una nueva cultura de paz que conjurará los embates violentos de la injusticia social y la inequidad, debe ser también acompañada por una nueva cultura de la seguridad socio–emocional, donde se consagre el derecho al amor, a ser, sentir y soñar; el derecho a disentir, a llorar y a ser delicados; el derecho a ser diferentes y a disfrutar de ello; el derecho a ser felices en este mundo…
Contrario a esa tendencia de darle siempre mayor relevancia a los actos y a los hechos fácticos, muchos creemos en el poder psico–mágico de las palabras, no solo como vehículos de comunicación, sino como dispositivos axiológicos y racio–emocionales. Es a través de las palabras que viajan la innovación y la creatividad en una itinerante y profusa labor de búsqueda y encuentro con el mundo de los seres y las cosas. Es así como muchos, desde la diferencia, dejan de ser extraños y de vivir distantes y se hacen íntimos desde la vivencia, el sentimiento y la emoción.
Las palabras delinean los sinuosos caminos que demarcan la geografía del ser y el estar. Una experiencia de acción, vivencialidad y reflexión asuntiva, colectiva y compartida en que debe convertirse una cátedra de educación socio– emocional, debe propugnar siempre por sanar. Esto no es un asunto trivial: es una respuesta activa y efectiva a una época que exige individuos sensiblemente inteligentes, capaces de desenvolverse en el enjambre tecnológico de los medios de información y comunicación de los cuales somos sus hijos putativos. Apostaremos por una forma humanística y resignificadora de ver el mundo de lo glocal y darle sentido desde la pérspectiva de la racio–ecomocionaidad.
¡Ha llegado la hora de comprometernos!
No se trata de una aceptación postrante y obediente o de un rechazo intransigente, sino de una necesaria reflexión crítica, creativa y propositiva. En Colombia suele legislarse primero e improvisar luego en una incoherente implementación. Esta propuesta asuntiva, colectiva y participativa de implementar una cátedra sobre educación socio–emocional, exige un análisis más profundo y de carácter holístico, porque implica transformar los viejos paradigmas de la cultura escolar, incorporar nuevas pedagogías y didácticas de la acción y la comunicación y preparar a los docentes y todos los agentes educativos para que asuman roles que, hasta ahora, no han sido parte esencial de su formación integral.
Las palabras definen ámbitos, forjan perfiles, delinean contornos, adensan y definen un gesto amoroso o un rictus de odio…


