Cátedra de educación socio–emocional. acercamientos praxiológicos (i)

GONZALO HUGO VALLEJO ARCILA

 

Los gurúes del comportamiento afirman que los grandes disturbios socio–emocionales y psico–afectivos que hoy día padecemos, han desencadenado las tres epidemias del siglo XXI: la soledad, la depresión y el suicidio. Nuestra cultura de masas, sonidos e imágenes, proscribió el silencio meditabundo y regenerador y, a su vez, convirtió al ser citadino en un nuevo especimen bacteriano que, desde su ruidosa simplicidad y estulticia, aplaude falsos protagonismos, extravagantes fatuidades, egocentrismos y afán de competitividad. El hecho de no soñar con un mundo mejor, ha convertido nuestra vida en un desierto que se ensancha cada vez por el rigor abrasivo generado por el consumismo y la infoxicación,

Se vuelve imperioso hablar de la urgencia de entronizar una visión pedagógica de la socio–emocionalidad y de la Ecología Emocional, término que tomó forma y vida en 2003 cuando fue acuñado por los psicólogos españoles Jaume Soler y M. Mercé Conangla, en una obra cuyo subtítulo lo dice todo: “El arte de transformar positivamente las emociones”. Apoyados en el axioma del humanista alemán Erich Fromm (toda energía que no se dirige a transformar, se orienta a destruir), entendemos el significado, valor e importancia de dicha disciplina. Hablamos de ese arte de administrar, de manera sostenible, nuestro mundo interior de forma tal que nuestra energía socio–afectiva fluya e interactúe.

Ella contribuye, a su vez, a nuestro crecimiento bio–psico–social; sirve para enriquecernos mental y espiritualmente; aumenta la calidad de nuestro mundo intrapersonal y nuestras relaciones interpersonales y mejora nuestro “entorno contextual”, todo un mundo complejo y por naturaleza conflictivo en el que nos ha tocado vivir. Este nuevo paradigma ofrece un planteamiento crítico, creativo y revolucionario en materia de educación socio–emocional, al mismo tiempo que amplía su espectro antropológico, ético y pedagógico a la dimensión socio–ambiental. Al tomar conciencia sobre nosotros mismos, comenzamos a ejercitar nuestras competencias socio–emocionales  en estrecha relación con nuestra inteligencia.

Presos de nuestro consumismo material, simbólico y emocional, vivimos preocupados por cosas que son baladíes e irrelevantes. De esta manera, eludimos el hecho de inquietarnos realmente por cosas que sí lo son. Creemos que la preocupación es una opción a escoger olvidando que ella forma parte de nuestra historia personal. Nos negamos a aceptar que la preocupación no es una opción, es una responsabilidad. Produce hondo y tonto alivio saber que no estamos solos en este mundo y que hay millones de seres que también nos acompañan con sentidas preocupaciones. Presos en un afán escrupuloso, vivimos excesivamente agobiados por lo que otros piensan, dicen o sienten sobre nosotros.

Hace 30 años, la Unesco adoptó la declaración internacional de Sevilla (1986). Allí se rechazó como no científica, aquella teoría que sostiene que las personas están biológica y/o genéticamente programadas para la violencia o la guerra. Esta organización mundial reconocía que la educación juega un papel importante y decisivo en la construcción de una cultura de paz, la cual contribuye, desde el conocimiento, la conducta y la socio–emocionalidad, al desarrollo de habilidades y destrezas para la interiorización, apropiación y afianzamiento de prácticas con–vivenciales, interactivas y consuetudinarias. El mundo biopsicosocial se viabiliza y dinamiza así, en el ámbito pluridimensional de lo actitudinal.

La educación intercultural y, en definitiva, la formación para una cultura de paz, son desafíos que la escuela no puede obviar si quiere encontrar alternativas, positivas y constructivas a las problemáticas socioculturales del siglo XXI.  Los asuntos a atender en la década 2020–2030, tendrán que ver con el apogeo de las redes cognitivas, las políticas de ciencia y tecnología, el desarrollo de una pedagogía de la empatía y la socio–emocionalidad. Unido todo ello, a múltiples formas de ver la realidad desde una perspectiva crítica, creativa y propositiva las cuales serán la clave para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos del mundo… No solo se hablará de redes y equipos digitales.

La nueva agenda educativa debe hacer énfasis en preparar a los agentes educativos con el fin de que su universo académico, cognitivo y (con) vivencial no se convierta en un simple recetario de fórmulas apodícticas, lejos del mundo ancho y ajeno, alterativo y contingente de las experiencias de aprendizaje. Debe ser un tándem eto–pedagógico lleno de magia perceptiva y racio–emocionalidad que los convertirá en defensores de la vida, escultores del carácter y en solícitos discípulos que contribuyan de manera interactiva y dialógica a auscultar en su sabiduría experencial y, desde ella, transformar la realidad y lograr uno de los fines primordiales de la educación: la formación de ciudad y ciudadanía.

Necesitamos faros y brújulas culturales que nos orienten en el reconocimiento y la aceptación de nuestros miedos, nos reinscriban psíquicamente en el mundo de lo afectivo y lo racio–emocional, nos formen a través de una pedagogía del liderazgo para que comandemos el bergantín de nuestra vida social que echa agua por todos sus costados. Una propuesta pedagógica sobre socio–emocionalidad requiere de una ecología humana de la acción fundamentada en el riesgo y el azar que metodologice la imprevisión, estrategice lo inesperado y prefiera, en su aparente absurdidad, la incomodidad de una incertidumbre al confort de una certeza que acepta la aventura riesgosa como coequipera.

Una propuesta pedagógica que no le teme al vértigo racioemocional que produce esa propensión exploratoria por lo incierto. “Aceptamos la confusión, el miedo y los altibajos emocionales porque ese es el precio que estamos dispuestos a pagar por una vida creativa, fluida, perpleja y excitante”, afirmaba el psicólogo estadounidense Carl Rogers. Nuestra vida, indefinida e irresoluta, requiere pues, de un “conocer” que no tema navegar por océanos turbulentos llenos de incertidumbres y desoiga esos cautivantes cantos de sirena que intentan hacer naufragar nuestra frágil barcaza cargada de sueños en los afilados arrecifes que se esconden detrás de espumosas y fantasmagóricas certezas.

En momentos de zozobra e incertidumbre, la cultura debe estar cuidando nuestra salud racio–emocional y nuestro bienestar bio–psico–social, alimentando nuestra estima y recreando nuestros imaginarios. En tiempos críticos, debe ser la cancerbera de nuestras historias personales y colectivas y ser esa paciente costurera que teje y remienda el ajironado traje social, alimentando y reinventando signos y sentidos, tramas y urdimbres, trayectos y destinos. Los neo–paradigmas sobre eco–pedagogía y socio–emocionalidad tienen relevancia y significado al asumir los desafíos que conlleva implementar un proyecto “glocal y alterativo” sobre la protección de nuestro mundo natural y sociocultural.

“Imagino un futuro en el que la educación incluirá como rutina el inculcar aptitudes esencialmente humanas como la conciencia de la propia persona, el autodominio, la auto–regulación y la empatía al igual que el arte de escuchar, resolver conflictos y cooperar”, lo afirmaba de manera muy entusiasta, hace tres décadas, el psicólogo estadounidense Daniel Goleman, uno de los pioneros de “La inteligencia emocional”.

Supervisor de educación

Abril 18 de 2026.

gonzalohvallejo@gmail.com

 

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