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Pereira
miércoles, junio 29, 2022

Carne para caníbales: Una mirada al Hard-boiled

Es tendencia

El eje roto del alma

Todas las lágrimas

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Hernán Mallama Roux

Hace unos días el escritor pereirano, Wilmar Ospina Mondragón, presentó su primera novela en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO-2019).

Con un título sugestivo, Carne para caníbales no solo es un relato que llama la atención del lector, sino una obra tan inquietante y tan bien trabajada desde el uso del lenguaje que, aquellos que la tienen en sus manos, la leen de un tirón. En el fondo, es una novela con un discurrir lingüístico preciso, metafórico e, incluso, con un modelamiento irónico, mordaz, cáustico. Y en esa ironía de la palabra uno no descubre una náusea por la vida, una angustia existencial que todo lo corroe; al contrario, cada párrafo, cada página y cada capítulo envuelven al lector en un existencialismo vital del que subyace la reflexión por la vida misma, por la muerte, por la Historia, por la ciudad. Es así como Wilmar Ospina Mondragón, de manera excepcional, nos entrega una narrativa diferente, actual; visceral, si se quiere. Es una obra enmarcada en un lenguaje callejero, pero sin una tendencia hacia la ordinariez. En la novela escrita por Ospina Mondragón encuentro un trabajo cuidadoso con la palabra, un slang que supera lo vulgar y, aun así, no olvida que obras como esta se producen bajo una estética de lo grotesco, de lo crudo: sin censura. En definitiva, se trata de un all in, como lo reseñó, hace unos días, Miguelángel Cardona Hernández en el suplemento literario La cola de rata. 

Por otro lado, es importante decir que la novela pertenece al género negro, en especial al famoso Hard-boiled. Y es aquí, en este punto coyuntural, en el que quiero ahondar un poco más. Cuando se habla de novela negra indiscutiblemente tenemos la referencia de Raymond Chandler, y su texto de relatos (y un ensayo sobre el género) titulado El simple arte de matar. En este libro, Chandler sugiere que, a diferencia de la novela negra, el Hard-boiled se define porque las acciones son más rápidas, más urgentes, y traen consigo un carácter mórbido, delincuencial, callejero. Y, en ese mismo sentido, este autor da en el clavo al proponer que las obras fundamentadas en el Hard-boiled tienen una obligación moral: endurecer la carne, acerar los sentimientos y evitar esa rara manía de la humanidad llamada lástima, pesar. Por tanto, todo lo que sucede en Carne para caníbales demuestra que los móviles psico-morales de los personajes no son producto del azar, o de la invención del autor (un tal Seres Latea), sino que, devienen de esa debilidad humana que caracteriza a los individuos de nuestros días, de esa debilidad que los lleva al placer de convivir en escenarios asfixiantes, a deambular por ambientes oscuros, plagados de violencia, de miedo, degradados en sí mismos. De hecho, Volpi, en Una novela criminal, propone que en los umbrales del siglo XXI el realismo trágico como movimiento literario da cuenta, de manera fehaciente, sobre el discurrir de una sociedad moderna en la que el asesinato ya no hace parte de lo extraordinario; este suceso (el asesinato), censurable por supuesto, es cada vez más común, más cotidiano, más propio de la especie dominante. De acuerdo con lo expuesto por el escritor mexicano, Carne para caníbales retrata al ser humano de nuestro tiempo y evidencia una realidad social tal como es: con todo su devenir grotesco, con una crudeza que no nos deja fríos por lo que sucede, sino que, en cambio, nos pone contra las cuerdas y nos invita a pensar, de nuevo, en los comportamientos humanos, en cómo la piel se recrudece, pero, poco a poco, se hace impenetrable como una muralla, como una roca, como un edificio abandonado. Wilmar Ospina Mondragón lo escribe, en Carne para caníbales, así: “Aquella noche, Karina Lagos se esfumó por el lodazal de la ciudad. Esa urbe cruda y enigmática que, entre sus pliegues, deja ver el moho que corrompe el comportamiento humano, porque todo sujeto es vísceras y piel, muro y calle, cloaca y mar”. A propósito de la ciudad, para Chandler, para Highsmith, para Kerr,  para Mendoza, para Martínez, para Padura, y en este caso para Ospina Mondragón (algunos escritores del género), la metrópoli es más que una mole de concreto: es un personaje que moviliza el crimen, un alter ego que señala, asimismo, el núcleo nervioso del cual se compone el ser humano. Un núcleo nervioso en el que lo trágico no es un evento anormal, sino algo cotidianamente humano; incluso, humanamente citadino. En Ciudad gótica, esperpéntica y mediática, Argüello argumenta que la urbe es como una madre enferma y obsesiva que a veces da, pero que, en otros momentos, reprime, acorrala, quita. 

En relación con Carne para caníbales hay mucho que decir; sin embargo, en estas líneas está lo esencial, el sustrato de una novela que teje su narrativa alrededor de la ciudad, de sus personajes y de unos hechos que, ante la mirada atenta de un lector objetivo, no son ajenos a nuestra realidad, a nuestra cotidianidad. En 5 capítulos, Wilmar Ospina Mondragón (o el tal Seres Latea), construye un mundo que, al parecer, está distante del devenir propio de los seres humanos; no obstante, en la novela nada es ficticio porque, desde lo más profundo de esos mismos hombres, subyace un realismo trágico que, más allá de ser una teoría literaria vigente, es, en realidad, un espejo en el que se refleja, o tal vez se revela, que el decaimiento de la condición psico-moral de cualquier individuo no es un acto extraordinario (extraño), sino algo que hoy hace parte de nuestra cotidianidad, de nuestro diario vivir. En la era de la posverdad, Carne para caníbales es una obra afín con lo real, con lo sensato, con la verdad; en sí, con lo que sucede en la ciudad, porque la novela negra, y en especial el Hard-boiled, no se escribe para los muertos, sino para todos aquellos que, aún en vida, esperan que esa misma vida los sorprenda con una cabriola inesperada, con un acto que, aunque sea cruel, es inherente a la existencia, propio de ese proceso de vida y muerte que determina a cada ser sobre la tierra. Eso es carne para caníbales: el retrato de un crimen. Sin embargo, hay algo más que un asesinato en la novela. En la obra se desvela la naturaleza atormentada, compleja y cínica de sus personajes, la connotación histórica de una región, ciertas pinceladas góticas y laberínticas (borgianas) que se sobreponen a lo policiaco y ese slang citadino que deslumbra en el relato. En síntesis, Carne para caníbales es una novela de vida, de muerte, de intriga, de historia; un texto en el que lo grotesco y lo mórbido tienen su fundamento en el realismo trágico y en el desarrollo estético de una obra bien lograda. Finalmente, dejaré que la contraportada del libro hable por sí sola, literalmente dice: “Por muchas razones esta es la novela de Pereira. Una novela cincelada. Modelada con ironía, reflexión, con Historia de fondo. Un golpe al hígado como la ingesta de una botella de aguardiente bebida de un solo empujón. Esta novela no es querendona, puede ser trasnochadora, no es morena, es novela negra. Es una verdadera novela de ciudad”.

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