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miércoles, abril 17, 2024

Ay, Hamlet

Vuelvo a las clases de Lida que era rubia teñida, lo que la acercaba a las mujeres
que aparecían en las páginas de la revista Sueca, nuestro principal medio de
educación sexual para esa época sin internet.

Gustavo Colorado Grisales
Hace más de medio siglo la rubia Lida, mi profesora de inglés en el bachillerato,
nos repetía una y otra vez que si no entendíamos a la perfección el sentido del
verbo ser o estar, jamás aprenderíamos a cabalidad el idioma. Acto seguido
escribía en el tablero con viejas tizas de cal las dos palabras que nos abrirían de
par en par las puertas del reino.
Pero era inútil: enloquecidos por la testosterona, sus imberbes estudiantes sólo
teníamos atención para el contoneo de sus caderas mientras escribía con letras
mayúsculas: TO BE, TO BE, TO BE…
De modo que me perdí la primera oportunidad de meterme como quien dice en el
terreno de la que después se convertiría en una de mis obsesiones: el lenguaje
como dimensión del ser, como aquello que nos permite ex-presarnos, salir del
ensimismamiento del cascarón y entrar por fin en diálogo con el mundo.
Sospecho que, en últimas, Lida tampoco entendía el porqué, pero repetía lo leído
en el manual escolar con una insistencia que la volvía convincente.  De modo que,
cuando a la vuelta de unos años me encontré de frente en una sala de teatro con
el príncipe Hamlet en persona, empecé a sospechar no sólo que algo olía mal en
Dinamarca, sino que un asunto todavía más complejo se cocinaba tras
bambalinas.  Por lo visto, esas dos palabras en apariencia tan simples se
guardaban su as bajo la manga.

El misterio
El misterio apenas empezaba. Un día aprendí que el castellano es el único idioma
conocido en el que se emplean dos palabras para marcar una diferencia clave
entre ser y estar.  Me demoré otro tanto para entender que eso supone una

sutileza filosófica de proporciones mayúsculas. ¿Por qué una lengua específica
experimentó esa necesidad y las otras no?

La mayoría de los idiomas parecen haber encontrado las síntesis, el punto de
convergencia en el que las nociones de espacio- tiempo se cruzan, se coagulan y
se hacen una. Estar en el espacio equivale a ser y devenir implica estar en algún
lado. Así, para Hamlet, el problema no consiste en estar o no estar. Eso es algo
que se da por hecho. El problema para él es de otra índole y por eso interpela a su
propia legión de sombras, de recuerdos, de fantasmas, o como ustedes prefieran
llamarlos.
Para quienes intentamos expresarnos en castellano la encrucijada se multiplica
como en un juego de espejos enfrentados: ¿es posible ser sin estar o, estando,
podemos no ser?  Un intento de respuesta a la pregunta convoca a la historia, a la
ciencia, a la filología, a la filosofía y a todos los campos del saber, en tanto ese
espejo presenta grietas y por lo tanto distorsiona la información: los cuerpos y las
ideas reflejados nunca son confiables del todo.
Vuelvo a las clases de Lida que, para acabar de completar, era rubia teñida, lo que
la acercaba a las mujeres que aparecían en las páginas a color de la
revista Sueca, nuestro principal medio de educación sexual para esa época sin
internet.
Siempre sin salirse de la cartilla, nuestra profesora explicaba que sin el To be
sería inútil   todo intento de aproximación al to live , al to play, y enseguida
enhebraba una lista infinita: to Kiss, to work, to drink, to run, to dance, to eat , to
fly, to walk. Un día cruzamos el umbral del decoro y añadimos a hurtadillas el to
fuck, que nos acarreó la   expulsión de clases durante una semana.

Imposible vivir
Procacidades aparte, lo que el manual pretendía explicarnos era diáfano en su
funcionalidad: sin el ser es imposible vivir, es decir, estar. Más elemental todavía:
sin jugador no hay juego. Una obviedad, dirán ustedes. Pero llegar hasta allí les ha
costado a los filósofos – y por lo tanto a la humanidad-  siglos y más siglos de un
recorrido que no acabará nunca, porque en la naturaleza del misterio estará
siempre el remitir a otros misterios. Si su claridad, precisión y concisión hoy nos
resultan obvios es porque no hemos tenido que hacer el esfuerzo de alcanzarlas.
Por lo demás, lo mismo sucede con todas las proezas del pensamiento y de la
ciencia. Cuando en condición de consumidores procedemos a un uso rutinario y a

menudo desganado de alguno de los muchos avances tecnológicos puestos en
nuestras manos, hacemos tabla rasa de todos los esfuerzos que supuso ponerlos
a nuestra disposición.

En el principio era el Verbo, reza la primera frase del libro del Génesis, el texto
fundacional en la tradición judeo- cristiana. El Verbo, la potencia, el principio vital
del lenguaje que nos lanza hacia el mundo y nos permite pasar del yo al nosotros,
del aislamiento a la comunión. Con seguridad, Lida tampoco era consciente de la
poderosa conexión entre esa frase y su tozudo empeño en que hiciéramos nuestra
la esencia del To be. ¡Ay Lida! ¡Ay Hamlet!

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