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lunes, marzo 27, 2023

Augurios de eternidad

Y ese hombre está muerto y no lo sabe./Quiere robar nubes, estrellas, cometas de oro, /comprar lo más difícil: el cielo. /Y ese hombre está muerto. (Rafael Alberti)

 

Virgilio González

Sumó una tercera cerveza y volvió a mirar hacia la plaza central.  Había llegado al lugar una hora antes como un hombre desapercibido, silbando una melodía inédita. Desde la barra observó a la muchacha que, sentada en la banca, parecía distorsionar el aire a su alrededor como un espejismo, mientras escribía algo sobre sus rodillas. A intervalos, ella miraba al cielo de abril con un lápiz en cruz sobre sus labios, como si alguna musa celeste le estuviese puliendo un sentimiento.

 

 

 

La imagen empezó a obsesionarlo, y por más que trataba de distraerse con su entorno de cantos de derrota y mujeres en oferta, regresaba a la extraña de la chaqueta magenta y los bluyines desollados. Tuvo la sensación de que mientras escribía, ella lo miraba furtivamente. El camarero, un hombre flaco, de piel árida y barba dispersa, observó por un instante a la muchacha del parque y luego volteó a mirarlo con una sonrisa de complicidad.

Veo que no deja usted de mirar a la hembra de la banca, amigo.

¿La conoce? – preguntó el hombre con curiosidad.

No, no; ni me interesa. No me atrae una mujer que escriba.

Ya le entiendo.

Ella estuvo aquí hasta hace un rato, le aclaró.

El hombre pagó la cuenta y salió a la calle. Antes de alejarse, volvió a oír la voz del camarero al otro lado del mostrador:

Si busca una mujer, aquí le tengo para escoger; usted dirá…

Sin reparar en el proxeneta de ocasión, puso rumbo al parque. Tres cervezas en el estómago tienen la magia de envalentonar a tipos como él, usualmente retraídos. En ese pueblo de montaña, paso de mochileros y desarraigados, no supo elegir otra cosa que ese observatorio de arrabal. Antes de llegar, le sorprendió ver que la muchacha ya no estaba; en su lugar, había dejado una libreta abandonada. Las páginas, agitadas por la ventisca que por esa época convive con el sol residual, pasaban velozmente, como si un fantasma urgido las estuviese leyendo.

Miró varias veces a su alrededor para tratar de localizar a la extraña con el recuerdo de su indumentaria; la buscó entre el abigarrado flujo de turistas que merodeaban el parque, sin resultado. Como último recurso le preguntó por ella a un viejo campesino que permanecía sentado en la banca de enfrente. El anciano lo miró con un gesto bondadoso mientras colocaba una mano en cuenco detrás de la oreja.

Así es, mi don; hace un lindo día. ¡Es el día del cometa!  – le respondió –  forzando el aliento.

Entonces el hombre se sentó, cerró la libreta y esperó el posible retorno de su dueña. Media hora después la curiosidad lo venció y decidió hojear sus páginas. Sobre ellas, leyó una partitura en clave de sol, encabezada por un curioso título: “Andantino para silbo”. Figuras blancas y negras, escritas a mano alzada, escalaban los renglones alegremente y proponían una melodía de fácil interpretación. Cada grupo de tres pentagramas tenía sobrepuesto el nombre de una calle del pueblo. 

 

 

 

 

 

El hombre intuyó un acertijo al asociar tres palabras claves: El tiempo de la pieza, los nombres de las calles y ese instrumento intangible que siempre lleva entre labios, con su boca por caja de resonancia. Intrigado, tomó la libreta entre sus manos y caminó hacia “La Calle Real”, la vía principal del pueblo. Apenas pasó la primera esquina, empezó a silbar la melodía a paso suave; cortando la marea de gente que iba y venía caóticamente. No le era fácil sobreponer su silbo al barullo de voces que liberaban su euforia de fin de semana y atentaban contra su compás de 4/4. Pero supo que iba bien: justo terminó la primera cuadra cuando la partitura ordenaba doblar por “La Calle de los artesanos”

Siguió en línea recta, sin parar; aprovechó los silencios para asegurar sus pasos y mirar la gente que curioseaba la riqueza artesanal del pueblo. Cada nueva calle repetía la melodía anterior a órdenes de un ritornelo. Se preguntaba sobre el significado de su recorrido; qué buscaba con él la extraña de la banca. Sus pasos siguieron juiciosos el tiempo; caminó por “la Calle de los orfebres”, que exhibía filigranas indígenas en oro y plata; dobló la esquina norte y lo envolvió la atmósfera nativa de “La Calle del café”.

La guía de ruta lo encaminó finalmente por “La Calle de los perros”. La primera visión justificó su nombre: sobre las aceras dormían su haraganería canes de todos los pelambres. Algunos tirados en mitad de la vía daban a entender que por allí apenas si transitaba el viento. Se despertaban a su paso alertados por el silbido y fueron sumándosele como un cortejo de bienvenida. Casas de bahareque y tejas de barro lucían sus puertas y ventanas cerradas; sus tapias, inclinadas por los años, parecían reverenciarlo. Después de un silencio de redonda, el silbo terminó en un eufórico crescendo, justo al frente de una casa de esquina cuyo tamaño resaltaba sobre las demás. Se quedó parado al final de la calle. Solo se oía un silencio tenso mientras miraba en derredor. Sobre su cabeza, un cardumen de cometas advenedizas fecundaba el cielo como espermatozoides de papelillo, mientras, a sus espaldas, moría un sol granate.

De improviso, una voz firme proveniente del balcón de la casa le hizo bajar la cabeza. Un individuo bajito, de tez aindiada y ruana oscura le agitaba los brazos con premura:

Haga el favor de subir – le indicó – el patrón necesita hablar con usted. 

Entonces ingresó a la casa y recorrió un largo zaguán hasta enfrentarse con una fuente de piedra que escupía agua clara sobre el patio central. Muebles tapizados en cuero se repartían sobre un corredor perimetral de paredes encaladas. Finalmente, subió por una escalera de madera hasta el segundo nivel. Dio unos pasos y se encontró frente al hombre del balcón, quien lo condujo a una alcoba amplia y húmeda. Allí, bañado por la luz de una ventana, vio un hombre viejo con expresión agonizante, postrado sobre una suntuosa cama de bronce. El hombre del balcón le dijo: “con permiso me retiro; lo dejo con el patrón”.

Intrigado, el visitante se orilló a la cama del moribundo. Se miraron mutuamente como lo que eran: dos extraños.

¿Dónde la escuchó? – balbució el viejo, sin preámbulos.

¿A qué se refiere? 

La melodía, digo. ¿No es usted quien venía silbándola?

En breves minutos, el visitante le describió a la mujer sentada en la plaza central, su encuentro fallido con ella y el hallazgo de una libreta que aleteaba sobre la banca como un pájaro de papel a punto de alzar vuelo. El viejo fijó su mirada en su cielo ondulado y blanco, prestó tristeza a su rostro y suspiró:

Es ella; ¡debe ser ella¡

Esta es la libreta – respondió el hombre – tal vez le ayude a reafirmar su sospecha.

El viejo la agarró con sus manos indómitas, repasó las notas viajeras y saltó a la última página, como si buscase un dato vital. Una corta elegía le enturbió la mirada:

Soy un canto de viento y distancia,

hoy que tu oráculo rasgará este cielo;

un mensajero anónimo te lleva este adiós

para tu muerte de polvo y hielo.

El viejo cerró la libreta y se la devolvió al desconocido.

Regrese por la misma ruta hasta el lugar donde la encontró – le ordenó – ella lo estará esperando. Vaya silbando la melodía pero en sentido inverso, partiendo de la coda.

Pero… ¿por qué no vino ella? – alcanzó a preguntarle el visitante, antes de que una mano en su codo lo invitara a retirarse.

Por favor, venga conmigo – le dijo en voz baja el individuo de la ruana.

El hombre se retiró sumiso, bajaron juntos las escaleras, y, antes de salir de nuevo a la calle, le preguntó intrigado al de la ruana si sabía qué diablos significaba lo que estaba viviendo, cuál era la relación entre la muchacha del parque y el moribundo.

“Ella no es más que el instrumento del augurio”, le respondió escuetamente el hombre de la ruana. “Usted también lo es”, complementó. Él solo la tuvo consigo, dijo, hasta los siete años, cuando solía pasear con ella por estas calles al ritmo de esa melodía que usted trajo en sus labios. Le dijo que solo quería saber de su vida instantes antes de morir; irse con la certeza de que ella estaba bien. La vida de su patrón, añadió, marcó el tiempo entre dos visitas celestes; contó que el hombre nació en una noche de mayo tachonada de escarcha al finalizar la primera década del siglo pasado y que un alumbramiento fatal le negó a su madre. Entonces, tras su muerte, interpretó como un destino irremediable que su primera vida terminaría también en una próxima visita del cometa. El cálculo infalible del astrónomo le pronóstico que 76 años serían su última edad.

Pero… ¿y qué de la muchacha? – insistió el portador del mensaje.

Solo cumpla, mi señor, la orden póstuma del patrón.

Empujado por la intriga, el hombre regresó al punto de partida, por la misma ruta que le marcó la partitura; se fue leyendo a contraluz el reverso de los pentagramas para silbarlos en contravía. Así, el alegre andantino de ida sonaba ahora como una marcha fúnebre, en una procesión con un solo doliente. Las calles estaban vacías; solo se oía uno que otro ladrido de algún perro vagabundo. Toda la gente parecía haberse concentrado en el corazón del pueblo; el parque estaba oculto bajo una romería que miraba expectante al firmamento. Daba la impresión de que la Tierra se hubiera detenido hasta nueva orden en ese catorce de abril. Como pudo, el hombre llegó hasta la banca de marras, silbó la última nota y se quedó allí parado, vigilante. Lo sacudió segundos después un estallido de gritos y vivas; la multitud alzaba sus brazos y agitaba pequeñas cometas de papel.

Al instante, sintió que una mano pequeña y cálida se entrelazaba con la suya, justo cuando una estela de hielo sucio rayaba el cielo nocturno. A su lado, una cazadora magenta retaba la monotonía del entorno. La cercanía le trajo el aliento fresco de la muchacha; volteó a mirarla y, más allá de su sonrisa tentadora y su rostro de mujer, le conmovió su marcado parecido con el moribundo. En sus ojos claros y sus pómulos altos parecía reencarnarse el hombre de la cama de bronce.

Cuando la multitud se dispersó, ella lo condujo como un niño dócil a un lugar desconocido. Él preguntó por el destino. Ella, con un calculado tono de provocación, le dio una corta respuesta después de un largo trecho de silencio:

Debo asegurar su continuidad; hoy es un buen día para concebir.  A mitad de camino, vieron venir de frente al viejo campesino del parque, dando golpecitos al asfalto con su bastón. Antes de cruzarse con ellos, el anciano reconoció al hombre que horas antes leía la libreta en la banca vecina. Se quitó el sombrero a modo de reverencia, los miró maliciosamente y exclamó:

Ya le decía mi don; este iba a ser un bonito día.

Y continuó su rumbo sin premuras, con su pasito oscilante, mientras tarareaba como una vieja canción el “Andantino para silbo”.

(Dibujos de Germán Ossa)

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