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miércoles, abril 24, 2024

“Arrejuntarse”

Padre Pacho

Dentro de las jergas del habla hispana encontramos esta expresión “arrejuntarse” que habla de la unión o convivencia de una pareja sin formalidades legales. También se dice de las personas que viven juntas y mantienen relaciones sexuales, como si de un matrimonio se tratara; dos personas que no están casadas entre sí.

Muchos hoy sostienen que no encuentran razones válidas y suficientes para casarse, o contraer matrimonio, si el hecho de vivir juntos ya les permite contraer unos deberes y unos derechos. ¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal? Con este criterio ¿qué objeto tiene ir a una iglesia o a una notaría para unir las vidas civil o sacramentalmente?

Formar una pareja de hecho y casarse no son la misma cosa. Esto es algo que todo el mundo comprende, pero hasta dónde llegan las diferencias es lo que no resulta tan fácil de apreciar. Hay quien entiende que formar una pareja de hecho ha de ser una situación exenta de obligaciones pues, para obligaciones ya existe el matrimonio, mientras que otros consideran que los convivientes debieran equipararse en derechos a los cónyuges porque lo que importa es la relación y no las formalidades.

Existen muchísimas diferencias entre ser esposo o esposa y ser un amigo o un compañero sentimental; es diferente un compromiso legal a una asociación voluntaria; entre ser socialmente comprometido y vivir simplemente junto al otro. Muchos afirman “lo importante es quererse” y esto es válido, pero el amor conyugal necesita una protección que lleve a una donación mutua y exclusiva y esto solo se logra al casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante; pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

Cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a defender las posiciones alcanzadas, porque mi relación se torna insegura, porque puede romperse en cualquier momento, porque no tengo certeza que el otro va a esforzarse seriamente en quererme, en acopiarse a mis alegrías y en tratar de superar los roces y los conflictos que el trato cotidiano suele ofrecer. La simple convivencia crea un clima psíquico que hace peligrar el objetivo fundamental del matrimonio: aumentar, intensificar y mejorar el amor y, con él, la felicidad.

Cuando se da el compromiso la relación con el otro cambia radicalmente, porque empiezas a ver al otro con una luz diferente, más seria. La palabra afecta radicalmente nuestro entorno, no es lo mismo decir que vivo con mi novio, que decir que esta persona es mi esposo. No hay un momento más significativo para una persona que el día de su matrimonio porque quienes nos acompañan son las personas más valiosas de nuestra vida. La familiaridad por afinidad solamente viene a ser real cuando existe un compromiso, de otra manera no habrá un reconocimiento, aunque algunas leyes protejan algunos derechos de quienes comparten vida conyugal. Con todo esto una pareja de hecho y una casada nunca podrán ser iguales ya que el porvenir del amor reside en la verdad y en la seriedad del lenguaje, dándose el uno al otro a través del compromiso.

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