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sábado, octubre 1, 2022

Apreciación sobre Iliada y Odisea

A pesar del tiempo y de las banalidades humanas, aún pervive como una obra a la cual debemos regresar para entender el paso

Juan Sebastián Sánchez

Durante años la Ilíada estuvo cerca de mí: tertulias, conversaciones, talleres de escritura y en el colegio los profesores hablaban con un sospechoso entusiasmo sobre el libro adjudicado a Homero, que según parece fue un poeta ciego. Leí Ilíada cuando cursaba el bachillerato, recuerdo que era una edición económica y resumida. Debo confesar con vergüenza que en esa lectura primeriza no logré percibir la grandeza del mundo y de los personajes homéricos. Ilíada y Odisea son la piedra angular de la mitología griega, y, por antonomasia de la literatura a posteriori en occidente. (Sin demeritar la vasta literatura del pueblo vernáculo antes del arribo de Colón) Basta preguntarse ¿qué sería de Shakespeare sin la influencia de los clásicos griegos? ¿Quizás habría un gran vacío en la literatura universal sin los libros de Homero? Bajo estas preguntas podemos medir la encomiable influencia que tiene Ilíada y Odisea a través del tiempo, de los ismos, del ego de los escritores y del olvido injusto que sufren algunas obras.
Atravesamos una coyuntura mundial que invita a la reflexión, a la pausa y a la lentitud, a la renuncia del ruido y de la constante aceleración del consumismo voraz. En esta época de encierro, incertidumbre y especulación la lectura se convierte en un acto en el cual podemos refugiarnos y sentirnos a salvo del estruendoso mercado persa que oferta la sociedad contemporánea.
Releí Ilíada y la impresión fue distinta comparada con la primera lectura realizada años atrás. Lo anterior es un lugar común porque la relectura casi siempre es redescubrir un libro distinto. Continuando con la idea de la relectura de Ilíada pude entender la psiquis humana y divina de los personajes homéricos: el deseo, el hambre, el egoísmo del héroe, la importancia de la guerra en la edad arcaica, los dioses, los titanes, los hombres y semidioses. Digo sin exagerar que podemos ver a un Aquiles en una calle de Paris; cargando en su interior la muerte de su mejor amigo o de su amor, o una Penélope que espera en cualquier lugar de Colombia noticias de su marido, quizás asesinado por el estado o por grupos al margen de la ley. Una obra se convierte en clásico cuando, a pesar de los grandes cambios de la humanidad, su contenido sigue vigente; su voz no envejece.
Es curioso un personaje como Tersites, a quien Homero lo describe como: jorobado, cojo y sin gracia. Quizá este nombre pase inadvertido, pero tiene un peso enorme dentro de la historia homérica. Cuando el pueblo aqueo aplaudía el afán de guerra de Agamenón, aparece a la luz Tersites que recrimina con ahínco la actitud bélica hasta sugerir al pueblo argivo no invadir Troya y regresar a las naves y partir cada legión hacia su patria. Recordemos que para los griegos quienes iban a la guerra eran personas con prestigio económico y social, ya que si salían vencedores podían hacerse a los botines de guerra del pueblo sometido. La riqueza de los pueblos era producto de las guerras. ¿Qué buscaba decir o expresar Homero con el personaje de Tersites?
Para los griegos de la antigüedad la guerra representaba aparte de tierras, mujeres y riquezas, un camino hacia la gloria. El hombre logra la inmortalidad a través del acto heroico. Es un camino designado para hombres con grandeza de espíritu. Ahora bien, lo curioso de Tersites es que su discurso y morfología grotesca y patética representa el paradigma del antihéroe homérico en un tiempo de batallas. ¿Tersites representa en su personaje la pluralidad minimizada y ridiculizada de una época? Por lo menos en Ilíada no se cuenta de forma explícita que algún pueblo considere la retirada como una opción lo cual demuestra la importancia de la guerra como elemento político y social que determina el curso de un pueblo y su historia.
Otro aspecto importante del poema épico de Homero es la relación que tienen los dioses olímpicos con los mortales. A diferencia del Dios judeo – cristiano que preserva entre sus fieles un aurea inmaculada, lejana. Los dioses homéricos se relacionan con los mortales dejando entrever entre ellos un lado humano y divino: guerras, celos, copulación con mortales y otros dioses y traiciones son algunos de los comportamientos que tienen los inmortales del Olimpo. Recuerdo un fragmento de un poema de Jorge Luis Borges que dice: ¿qué dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueños y agonías? Y lo traigo a la memoria porque en la trama homérica para conocer el comportamiento de los mortales es imprescindible develar el comportamiento de los dioses, ya que, en síntesis; mortales e inmortales son dos espejos uno del otro.
Recordemos que Homero “humaniza” o “animaliza” a los dioses quizás para dar una sensación de cercanía y otredad, para acercarnos a algo que desconocemos. Es importante para el pueblo griego antiguo tener un rostro y un cuerpo de los dioses a los cuales veneran; por ello las representaciones de los dioses son avatares humanos o de animales.
Zeus (dios mayor) permite la existencia de otros dioses y cada uno tiene un poder autónomo y le es dado discutir y disputar contra Zeus el designio de los hombres. Es decir; en los dioses homéricos no existe autoridad divina la cual no pueda ser cuestionada por dioses o mortales.
Ilíada es una narrativa en la cual confluyen todas las situaciones por las cuales un ser en forma individual o en sociedad puede atravesar: amor y decepción, triunfo y fracaso, heroísmo y anti – heroísmo. Leer la obra homérica es penetrar, al igual que lo hace Fedor Dostoyesvky, en los comportamientos primarios del ser humano. Por esta razón Ilíada a pesar del tiempo y de las banalidades humanas, aún pervive como una obra a la cual debemos de regresar para entender el paso de la humanidad en la historia y en nosotros.

de la humanidad en la historia y en nosotros.

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