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martes, agosto 9, 2022

Apía o las formas del viento

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Gustavo Colorado Grisales *

A mediados de los años noventa del siglo anterior, un profesor de estas tierras llamado Francisco Alzate, conocido por sus contertulios como Pacho, así a secas, y que más tarde sería alcalde del municipio, puso en marcha un programa de bachillerato rural alimentado con un sueño: desarrollar en los muchachos destrezas que les permitieran seguir conectados al campo de sus mayores. La idea era mitigar en lo posible el éxodo de las nuevas generaciones hacia otros lugares del país o del mundo.

Eran los días de la emigración hacia España, la nueva tierra de promisión alentada con el dinamismo del sector turístico y de la construcción en ese país. Durante diez años esos andariegos enviaron remesas a manos llenas, que permitieron pagar las deudas de los  padres y animar  sectores de la economía local como el comercio, los restaurantes y los sitios nocturnos.

Pero un día la economía española reventó como una pompa de jabón. Muchos de esos andariegos volvieron a casa y trataron de hacerse a un lugar  en las viejas fincas, la mayoría de ellas en decadencia.

Entonces descubrieron que en la prisa por la partida habían cortado sus propias raíces.

Fue así como aprendieron el sentido de aquellos versos del  juglar argentino Facundo Cabral: “No soy de aquí/ ni soy de allá”.

Esos andariegos eran los nietos y bisnietos de los colonos antioqueños que llegaron bordeando la cordillera y se asentaron sobre una ladera azotada por los vientos, en la que plantaron en principio maíz, yuca, y fríjoles, la base de una dieta que complementaban con las gallinas y los cerdos criados en el corral.

Cuentan los cronistas que José María Marín y María Encarnación Marín pisaron tierras de los indios apías en 1883.  Luego llegarían Julián  Ortiz y su esposa Juliana Aguirre. A ellos se sumaron Saturnino Marín, José María Ledesma,  Carmelo Marín, Rafael Álvarez y Urbano Osorio.

Así que los hombres y mujeres que un día alzaron vuelo y se radicaron en Pereira, Manizales, Cali, Medellín y Bogotá  para partir más tarde hacia lugares tan remotos como Nueva York, Madrid, Londres, Roma o Tokio ya llevaban en las venas el germen de la errancia.

El culo inquieto tan caro a las

historias de fundaciones y

colonización

Las noticias sobre  la buena fortuna de los primeros  colonos no tardaron en atraer racimos de familias que se desgranaron desde pueblos de Antioquia como Fredonia, Venecia, Salgar, Jardín, Andes y Jericó. Eran ramificaciones de los clanes que se desplegaron hasta los límites con el Chocó y fundaron poblaciones como Mistrató, adentrándose hacia Puerto de Oro en busca de las  minas  que en los relatos de los  narradores orales aparecían  y se desvanecían entre la historia y la leyenda.

Para regar las tierras los primeros fundadores contaban con las aguas de los ríos  Apía, San Rafael y Guarne, alimentados por  quebradas y riachuelos que bajaban desde las montañas  facilitando la multiplicación de animales para la caza  que llegaban a abrevar en ellos. La Mecenia, La bruja, La María y La soledad destacaban por lo sugestivo de sus nombres.

Para ayudarse a sobrevivir los colonos se acompañaban de escopetas y perros de caza que serían la pesadilla de los ambientalistas modernos. Guaguas, cusumbos,  dantas, armadillos y pájaros de gran tamaño sucumbían a su paso.

Lo que por esos días era un coto de caza con licencia para disparar, constituye hoy un complejo ecológico protegido como patrimonio, integrado entre otros por los parques Tatamá, Agualinda y La María. De ese circuito visitado cada vez más por los turistas forman parte la Granja Vinícola San Isidro, las minas de magnesio San  Antonio, las cascadas de La Popa, la Laguna de Morro Azul y el Valle del río Mapa.

Entre maestros, curas y músicos

“Mi  mamá  Rosenda nos contaba que la lectura de poesía  era parte obligada  de las clases en el Colegio de la Sagrada Familia en Apía”, dice   Aura Rosa, una octogenaria oriunda de Anserma, Caldas, cuya madre fue enviada a  en su juventud  a cursar estudios en  ese internado que para la segunda década del siglo XX era  uno de los de mayor prestigio en la región.

Fundado el 27 de agosto de 1913, el colegio se fortaleció  por los días en que los liberales libraban batallas  jurídicas por acabar con el control del clero sobre la educación.

Pensionada como profesora de primaria, Aura Rosa recita de memoria  versos enteros de Amado Nervo, de José Santos Chocano, de Rubén Darío y de Gabriela Mistral. Entre los colombianos, le encantan esos versos de Eduardo  Carranza que dicen así: “Todo está bien/ bajo el azul del cielo/ salvo mi corazón /todo está  bien”. Sentada en el viejo patio de una casa en el barrio Providencia de Pereira hilvana, una a una, las cuentas de un bien conservado rosario de recuerdos heredados de su  madre.

“Mi mamá llegó a Apía en 1920 a estudiar como interna en el colegio de La Sagrada  Familia, una construcción que a pesar de  estar clasificada como patrimonio arquitectónico y cultural hoy amenaza ruina. De allí salió para casarse con mi papá Alejandrino, que bajaba cada quince días a rondarla cuando las dejaban salir en sus tardes libres a dar vueltas en el parque. Era tan terco mi viejo, que de esa unión nacimos diecisiete hijos, todos bendecidos por la iglesia, eso sí.

“Cuando, ya mayores, nos reuníamos en la casa  paterna  en navidad o el Día de la Madre o del Padre alrededor de una olla enorme de sancocho, mamá Rosenda siempre evocaba los tiempos de Apía como los más felices de su vida. Y siempre volvía al claustro de la Sagrada Familia. Decía que, aparte de la orientación religiosa, allí le habían inculcado el respeto por la cultura, por la música, por la poesía. En esos tiempos  era obligatoria  la lectura de poesía en las clases. Tal vez por eso esas personas redactaban las cartas que enviaban a sus casas con un estilo que todavía hoy produce admiración, sobre todo  con los horrores de ortografía que uno ve en el correo electrónico”.

Pero no solo era el colegio. En 1952, en plena violencia liberal conservadora, llegó a Apía una organización que muy punto se convirtió en un alivio para sus habitantes en medio de las tribulaciones que vivían. Para esa época funcionaba en Apía una institución de formación musical  cuyo prestigio tuvo alcance nacional. 

Se trataba del  Orfeón Antioqueño, dirigido por el maestro José María Bravo Márquez. Fue así como el maestro Rubo, el más destacado músico de la localidad, tomó la iniciativa de conformar una agrupación coral, siguiendo las pautas dejadas por   Bravo Márquez. En 1953  el maestro Rubo fue llamado   a conformar y dirigir la primera banda municipal. Con el tiempo, el pueblo alcanzó tal prestigio  en el campo musical que hasta allí llegaban personas provenientes de ciudades como Ibagué, para la época ya bautizada y conocida como la Ciudad Musical de Colombia.

De esa dimensión  era la estela dejada por el Orfeón Antioqueño.

Como contracara de ese dinamismo creador, la iglesia católica hacía sentir  su poder desde los púlpitos, tal como aconteció en todo el territorio nacional. Doña  Rosenda les contaba a sus hijos cómo  los sacerdotes lanzaban sus dardos  contra esos guerreros liberales seguidores de Rafael Uribe  Uribe, que subían por las montañas y se refugiaban en el vecindario, seguros de que así se pondrían a salvo de las venganzas heredadas en viejas guerras.

Qué venían a sembrar el pecado y la duda entre los habitantes, decía doña Rosenda que clamaban los curas.

En 2018 La casa de la cultura de Apía es un hervidero de niños, jóvenes y personas mayores que van y vienen en medio de sonidos de clarinetes, tambores, flautas y guitarras. Unos humedecen el pincel y se lanzan a recrear las montañas que, allá al fondo, parecen flotar en medio de la neblina. Otros amasan el barro y le sacan de las entrañas la silueta  de una ninfa o de la mismísima Patasola, una de las leyendas recurrentes en la zona. En sectores como  Rioarriba todavía se escuchan relatos de hombres y mujeres aterrorizados por su repentina  aparición en medio del bosque.

Dos de los responsables de toda esa vitalidad artística y cultural son los hermanos  Carlos  Fernando y Francisco Javier  López Naranjo. Músico el primero y poeta el segundo, sus vidas se entrelazan con la historia cultural de Apía en el último medio siglo.

Las formas del viento

Cuenta la leyenda -no confirmada, como toda leyenda  que se respete- que Eric Burdon, Grace Slick y Arturo Astudillo -este último en representación del rock vernáculo-, estuvieron de visita en Apía en un agosto venturoso de  1967. Dice esa misma leyenda que los tres músicos treparon por una carretera destapada en una noche  sin luna. Agazapados y protegidos por la oscuridad se despacharon con los acordes de sus guitarras eléctricas y con el susurro de la voz cadenciosa de la Slick, que a esa hora se confundía con las ventiscas heladas que bajaban de las montañas.

Dicen, porque siempre hay alguien que dice y otro alguien que lo confirma o lo desmiente, que los músicos llegaron camuflados  en una maleta llena de discos de acetato en 33 revoluciones por minuto. Viajaron en la caja de carga de un destartalado bus de Flota Occidental que hacía su recorrido desde Pereira por una carretera polvorienta. 

Desde ese día los oídos de los parroquianos tuvieron que adaptarse a otros sonidos, acostumbrados como estaban a  los cantos del Ave María  en las madrugadas y a los lamentos de El caballero Gaucho en la alta noche, presidiendo con su voz  aguardientosa  las veladas donde los meros machos del pueblo  dirimían a machetazo limpio viejos pleitos de cama.

Cuenta la misma  leyenda que el destinatario de ese alijo de música fue un casi niño llamado  Carlos  Fernando López Naranjo,  vástago -así les decían: vástagos- de una familia de músicos y trovadores que plantó en Apía las semillas de una suerte de sueño sicodélico que hoy se llama Corporación Cultural Rock al Viento y cada año convoca a músicos  y melómanos de lugares  distantes dentro y fuera del país.

Quedan avisados: en Apía las leyendas no se relacionan solo con los antiguos  cuentos de La Patasola, La Llorona  o  El Mohán.

Cuando arrecian los vientos en este pueblo los personajes de las leyendas van por las calles tocando la batería, la flauta traversa, el bajo y la guitarra eléctrica.

Cuando hierve la sangre

Por supuesto, no siempre las cosas  han  tenido un tono alegre aquí.  Igual que en los restantes municipios de Risaralda, las violencias han dejado su rastro de sangre en este territorio. Aquí llegaron viejos combatientes de la  Guerra de los Mil días, habituados al lenguaje de la pólvora y el machete.  Tres décadas más tarde, los caciques liberales y conservadores agitaron sus trapos azules y rojos, sembrando la discordia entre hombres que hasta ese momento habían sido compadres.

De venganza en venganza, los apianos  vivieron su propia experiencia del dolor.  Uno de esos hijos, del que nadie se acuerda, un descendiente de caucanos de apellido  Robles, escapó por un pelo de  ser decapitado en  una incursión de chusmeros. Fue tanto el susto  por el ataque y tanta la emoción de sentirse vivo, que no paró de correr con su hijo entre los brazos hasta que llegó a Buenaventura, donde se enroló en un buque de la Flota Mercante Gran Colombiana que partía hacia las antípodas. En las Filipinas, un país donde hablan español porque hasta allí llegaron las avanzadas  de ese imperio durante sus tiempos de gloria, le pagó a un traficante de pasaportes para que le consiguiera documentos de esa nacionalidad. Desde ese día el hombre y su hijo fueron filipinos. 

“Aquí descansan  Los Robles”, dicen que se leía en la tumba de un pequeño cementerio en una provincia filipina llamada Batuangas. La historia la contó Francisco Rico, un marinero oriundo de   Fredonia que le dio varias veces la vuelta al mundo y se topó con ese escueto epitafio que le confirmó de golpe el carácter  errante de sus compatriotas.

El problema  es  que cada vez que Rico lo contaba, el señor Robles escapaba con su hijo, en iguales circunstancias, de los municipios  de  Belén de Umbría, Apía  o Santuario. 

Al menos eso aseguraban sus detractores. Efectos de tanto Whisky, añadían.

En cualquier caso, los años pasaron y, en lugar de  menguar, el horror encarnó en otros rostros y nombres. En los ochenta llegaron los muertos del narcotráfico, de la guerrilla y de los paramilitares. Las montañas que conducen hacia el Chocó constituían un buen escondrijo y los caminos volvieron a llenarse de pavores.

Las antiguas historias que hablaban de exterminios   entre familias cobraron nuevas formas en esos días aciagos.

Fue entonces cuando el éxodo  tomó nuevos rumbos. Otros hijos de Apía, en  cualquier caso más reales que Los Robles, fueron a parar a barriadas de Madrid, Valencia, Barcelona y Las Baleares. La relación entre Colombia y España experimentó un nuevo reflujo de la marea.

Fue  por esos días cuando el profesor Pacho Alzate empezó a hablar de su bachillerato rural.

“A ver si nuestros hijos encuentran un buen motivo para quedarse en casa”, repetía ante una multitud de oídos sordos.

Un café muy amargo

Sentado frente a un trago doble de aguardiente, don Gildardo  medita en su suerte. Bisnieto, nieto e hijo de caficultores,  intenta sacar adelante una finca de  veinte cuadras de tierra en la ruta que conduce hacia Viterbo y Belén de Umbría.  Con Libia, su mujer, engendró  siete hijos. Cuatro de ellos viven en el exterior y los tres restantes se afincaron en  Cali y Bogotá.

“Todos se fueron en los tiempos en que Pacho Alzate luchaba con su cuento del bachillerato rural, dizque  para que los muchachos no se fueran  de  aquí. Por lo menos a los míos  les entró por un oído y les salió por el otro.  Aunque siempre trataron de sacarnos de la finca, mi mujer y yo nos resistimos: lo  nuestro es la tierra y nada tenemos que  hacer en la ciudad. Aquí por lo menos uno suelta la semilla y a la vuelta de unos meses le está dando la comida. En las ciudades a uno le toca pagar una fortuna por un pedazo de yuca ¿No ve?”

 Son las tres de la tarde. El viento pega fuerte y hace volar los sombreros de los parroquianos que cruzan la plaza como quien atraviesa un navío de proa a popa.

Mientras los ve pasar, don Gildardo apura otro trago de aguardiente mientras acosa a sus compañeros de tertulia, a ver quién  puede explicarle qué es  eso del Paisaje Cultural Cafetero.

“Por si las moscas”, dice. Y se va en busca del jeep Willys que  lo conducirá de regreso a su  parcela.

* miblog-acido

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