Antonio Gallego Uribe: el fotógrafo social

“¡Qué va!, ¡qué va!… yo soy más colombiano que ustedes…
¡Yo soy pereirano!”

Jorge en la obra: El zar, el gran capo

El escritor de Mocatán, o Belén de Umbría, Antonio Gallego Uribe, en pleno siglo XXI sigue siendo hermético para la bibliografía literaria del departamento y los bancos biográficos investigativos. Un hermetismo, un déficit, o mejor, una deuda que tiene que ver con la escasa información de su vida, su fin trágico anunciado a página entera en El Diario, y una única obra inconclusa titulada El zar, el gran capo (1995), editada por tres amigos íntimos y publicada por la editorial Papiro, presidida por el Fondo Mixto para la Cultura y las Artes de Risaralda.

Una invisibilidad, entre otras cosas, que tiene que ver con la falta de recepción de la obra en los medios y el desgajamiento de la misma en las dinámicas educativas, tal como diría Rigoberto Gil en Territorios (2010), aunque más que eso, todo versa sobre  «el misterio que encierra el mundo de los intelectuales»  porque Antonio Gallego Uribe, al igual que las leyendas literarias, tuvo una idea de novela, elaboró un inicio, un nudo, y el desenlace quizá lo constituyó su monumental suicidio en 1990 cuando lo encontraron colgando de un pequeño árbol en el sector de Las Vegas, en Dosquebradas.

Pero no perdamos el norte con este respetable suicidio, porque en realidad veintitrés puntos suspensivos en la última hoja de El zar el gran capo, atestiguan que la muerte del autor se llevó una historia sólida (quizá no original), que puede considerarse una fiel radiografía narrativa del boom del narcotráfico en Colombia, la podredumbre social de la ciudad, y el crimen organizado como carrera de éxito. Una temática dominante que solo un par de escritores alcanzaron a trabajar en Risaralda en obras como Cocaína Colombia (1998) de Jhon Alexander Trujillo; Del café a la coca (1996) de Carlos Alberto Trujillo; y Apocalipsis de la profecía (1999) escrita por Germán Antonio Rengifo. Intentos de novela, o narconovela que pasaron desapercibidas en su momento y que constituyeron testimonios o aproximaciones al fenómeno emergente del imperio de las drogas. Ese negocio blanco que tanto daño hizo al país, contaminando la política, la sociedad y las artes.

 

 

 

 

 

En esta línea es que El zar, el gran capo, se presenta como un libro de 178 páginas, fielmente editado y con una foto de portada bellamente sugestiva titulada «el caminante y su sombra» del fotógrafo y amigo del autor, Fernando Henao Díez. Una obra que bien pudo tener el doble de hojas, y que deja al lector con una sensación contrariada, ya que la historia de Jorge, un pereirano que sale de su casa buscando el éxito en el mundo del hampa, termina exactamente cuando la empresa criminal está dando sus frutos al lado de capos renombrados como Carlos Lehder, el señor Tikani, y todo el gremio involucrado en el complejo «Tranquilandia» y el cartel del norte de Colombia. Una narrativa limpia, lineal, sin artilugios literarios, por fuera una novela, por dentro una crónica, y que a decir de Hugo López Martínez es una autobiografía, lo cual genera duda, pues no se trata de una historia de éxito empresarial a lo Griselda Blanco o Pablo Escobar, sino que involucra el tema del sicariato, drogas al mayor y al detal, traiciones sangrientas, en fin, un realismo sucio demasiado crudo para una personalidad tan culta como lo fue Antonio Gallego Uribe.

Como sea, El zar, el gran capo, no es producto de una continuidad estética, o no se incrusta en una vanguardia temática, sino que responde a las enigmáticas preguntas existenciales y subjetivas que se hace acuciantemente el autor en toda la obra: ¿A quién le importo? ¿A quién le importa los muertos en Colombia?¡No hay derecho! ¿Qué hacer con la vida en una Pereira comercial, antiestética, que no es escenario para un escritor o un artista?  «Siempre en Pereira sin plata» y otras frases más que dilucidan el estado psico-artístico del belumbrense. De ahí entonces que Antonio Gallego Uribe mire el mundo como una forma de salvación y al huir de sus propias preguntas se convierta en un paseante: se le ve en la plaza, en la taberna, en el lupanar, en los pueblos, y más allá, en Cartagena, Manizales, Armenia, y un poco más lejos en Argentina, adonde viaja a estudiar de primera mano cine y fotografía para realizar la película que soñó y que su eminente suicidio interrumpió.  Sobre esto, y al final del libro, como un epitafio se lee la frase: «Antonio muere dejando la historia en este punto. Y nosotros, sus amigos, hemos realizado su deseo de publicarla. Nancy, Amparo y Fernando.»

Bello testamento que atestigua que toda la narración de El zar el gran capo, está compuesto en imágenes y guiones lúcidos; elementos que constituyeron el estímulo para que  el director de cine colombiano Lisandro Duque Naranjo, quisiera llevar a la pantalla grande la historia de Jorge el pereirano, ese mismo pereirano que textualmente «excitado armó su propia película en la que se veía como héroe y gran aventurero» y que, al repasar su vida, encuentra motivos suficientes para decidir ser el «Gran Capo» del Eje Cafetero.
Tramas como estas son las que revelan la afición extrema de Antonio Gallego Uribe por el séptimo arte, el cual consumía en producciones mexicanas y argentinas, estudiaba en congresos y festivales, criticaba en revistas locales y nacionales, y que lo llevó a viajar al cono sur a especializarse en la imagen, el movimiento, la fotografía, las luces y las sombras. Instantáneas en blanco y negro que prefirió desde su obturador y que captaban el silencio individual, la marginación urbana, la historia, el campesino rural, el indígena foráneo, y que según el crítico de cine Germán A. Ossa, obedecían a la pasión desbordada que este tenía por el encuadre, la perspectiva, la composición perfecta.

Perfeccionismo con el que deseaba atrapar la realidad, no para cambiarla sino para atestiguar el abandono, la violencia, la inversión de los valores en la sociedad colombiana de los años 70 y 80. Un tema recurrente en su discurso personal, y en su obra narrativa y fotográfica, que constituyó en sí, sin mucha resonancia, una crítica contra el sistema imperante del momento. Elementos claves que lo sumirían luego en una depresión profunda, que al final, desencadenarían el drama, ya que no compaginaba con la injusticia social, y lo aterraba la desigualdad y la falta de oportunidades para el provinciano.

 

 

 

 

 

 

Por eso es incomprensible la crítica literaria, o mejor, el juicio de valor que el investigador César Valencia Solanilla, hace sobre el autor: «este trágico hecho (la muerte del Antonio Gallego Uribe) podría ser la explicación para que en una obra como esta… aparezcan notables limitantes en la escritura literaria y una forma un tanto esquemática y maniquea de tratar las oposiciones.» No es esto una valoración justa, y más cuando se define livianamente el libro en términos como «obra chabacana», «obra con limitantes escriturales», «invasión de oralidad», «narración sin mediación sintáctica» y otros conceptos desconectados y sin tino, impropios de una crítica y un crítico literario acertado. Definiciones, por demás, subjetivas, escuetas y frías de un académico sobre un autor que ignoró al fotógrafo y amante del cine detrás del escritor, y que no pudo ver (en el afán de hacer un diccionario finisecular) al reaccionario sin partido, al patriota sin país, al adolescente universal, y despiadado lector, que no reflexionaba, sino que era la reflexión, y que no criticaba, sino que él mismo era la crítica, tal como lo concibe el poeta y también amigo José Carlos Vinasco Gamboa.

En fin.
Pereira, sin duda, fue el pretexto de Antonio Gallego Uribe para las creaciones artísticas, las tertulias entre amigos, el sueño fecundo de ser director de cine, y el escenario de su propia muerte, y que igual a Jorge el protagonista de su novela, caminó por la vida buscando del éxito literario y el reconocimiento de su polifacética obra, ese mismo éxito y reconocimiento que se le niega a todo escritor o artista en Risaralda, y que solo el fallecimiento recompone en una fría estatua, renombra una escuela o termina abandonado en una estéril y empolvada antología literaria.

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