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viernes, agosto 19, 2022

“Amo, luego existo”

Francisco Javier López Naranjo, Apía.

Ante la avalancha de información en la Internet y los medios de comunicación masiva, y de posverdades e ismos, que nos muestran una visión sesgada de la realidad, es necesario plantear cuál sería la actitud más sensata para no ser alienados o manipulados. Y en este sentido me aventuro en los terrenos movedizos de un escepticismo moderado, sin ínfulas de crear una nueva escuela filosófica. Evito ser dogmático.

El diccionario de la RAE define al escepticismo como: «Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo. Doctrina que consiste en afirmar que la verdad no existe; o que, si existe, el ser humano es incapaz de conocerla». Más o menos, lo que afirmaba el sofista Gorgias. Otro ejemplo de escepticismo extremo fue el del obispo Berkeley, quien en su idealismo filosófico negó la existencia de la materia. Se dice que su amigo Samuel Jhonson, para refutarlo, pateó una roca, anécdota que fue plasmada en una célebre escultura de bronce. Recuerdo que en mi irreverente adolescencia caí en tal grado de escepticismo, rayando en la locura, que llegué a dudar hasta de mi propia existencia. En mi temprana búsqueda de la verdad pretendí ir más allá del solipsismo, sistema filosófico en el que solo se acepta como real la propia existencia. Y en una discusión con un culto sacerdote de mi pueblo me atreví a decirle: —Padre, ¿verdad que no existo? A lo que el sagaz sacerdote respondió: —Entonces, ¡váyase que no estoy hablando con nadie! Solo años después encontré la respuesta adecuada a la réplica del sacerdote: —Eso, que usted dice, padre, tampoco existe.

Descartes, como era racionalista, concluyó que de lo único que no podía dudar era de su propio pensamiento: «Pienso, luego existo», y con esta premisa construyó el edificio de su filosofía. Albert Camus, como era existencialista ateo, se basó en su postulado: «Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito; y necesito, al menos, creer en mi protesta». Y, así, cada cual, se fundamenta en su subjetividad para abrirse paso entre las sombras. En el caso mío, siento en lo más profundo de mi esencia un fuego arrollador que me impulsa a vivenciar la realidad del amor fraterno, del que hablaron Platón, Buda, Jesucristo, y que plasmaron en obras sublimes grandes artistas. Amor que implica respeto a las diferencias. De lo único que no puedo dudar es de ese llamado. «Amo, luego existo», como dice el poeta venezolano Igor Barreto. Si el universo es un absurdo, siento que el amor es la única fuerza que puede neutralizarlo y darle sentido a la existencia, la solución real a los problemas del mundo. ¿Será posible experimentar en los detalles de la vida cotidiana ese amor del que tanto se ha hablado en la historia de la humanidad? ¿Que no sea solo una bonita palabra, para ocultar nuestra hipocresía, sino una realidad viviente en nuestra conciencia y actuante en la sociedad? Para mí este es el principal reto, el problema fundamental de mi filosofía. Respecto a la actitud para no ser engañados, me parece, ahora en mi edad adulta, luego de haber transitado por el existencialismo, el marxismo, el esoterismo y otros ismos, que lo más prudente es un escepticismo moderado en el que su fundamento sea el amor fraterno, y en el que nuestras verdades sean lo que comprobemos por nosotros mismos, sin cerrarnos a la posibilidad de estar equivocados. Estoy plenamente de acuerdo con el Buda Gautama cuando enseña: «cree únicamente en lo que tú mismo hayas experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen del discernimiento y a la voz de la conciencia». Lo que escape a nuestro campo de experimentación, incluyendo lo que afirman las autoridades o expertos en una materia, sería considerado una posibilidad, o hipótesis de trabajo, si se quiere. Por ejemplo: hay personas que niegan el holocausto nazi y otros genocidios. Es muy posible que fueron una cruda realidad; pero lo fundamental aquí sería descubrir qué actitudes en nosotros y en los demás pueden llevarnos a dichas barbaries para evitarlas: los dogmatismos, los fanatismos, los fundamentalismos, el orgullo, la ambición, el egoísmo…

Hay quienes afirman, todavía, que la tierra es plana o que el hombre nunca pisó la luna. ¿No es mejor, que afirmarlo o negarlo, ser conscientes de qué cuidados debemos tener en nuestra casa planetaria con todas sus criaturas, nuestros hermanos, para que sea un edén y no un infierno? ¿Tener los pies aquí en la tierra?

Algunos niegan, aún, que el hombre desciende del mono, contradiciendo a la comunidad científica. No veo cómo comprobar personalmente dicha teoría, pero me parece más práctico demostrar en hechos que somos en realidad Homo sapiens, seres amorosos y racionales. Y ni qué decir de la teoría de la relatividad —es  fácil verificar la de la gravitación, basta que una manzana nos caiga en la cabeza—, lo que sí podríamos considerar es la relatividad de nuestras verdades y las de los demás.

Continuamos enemistándonos y hasta matándonos en discusiones estériles sobre si Dios existe o no, o cuál es la mejor religión o filosofía, o si ninguna religión es verdadera. ¿No es más realista despertar la fuerza del amor fraterno, esencia de la religión y del humanismo?

Pero ¿el amor existe?… Solo sé que en nuestro interior hay una fuerza que nos impulsa a sentir simpatía hacia los demás, compasión por sus sufrimientos, a ayudarlos sin esperar nada a cambio. Podrían objetarme que esa energía es algo biológico, hormonal, una estrategia de supervivencia de la especie, un egoísmo disfrazado. ¡Lo que sea! Lo importante es activarla en nosotros mismos. Quizás, como decía Krishnamurti, quien también practicaba cierto escepticismo en la búsqueda de la verdad, si estamos observando muy atentamente en forma constante y objetiva nuestros movimientos, instintos, reacciones sicológicas, pensamientos, sin justificarlos ni condenarlos, sin buscar nada, existe la posibilidad que, en el silencio de la mente, eso que es el amor, la verdad, la belleza, haga presencia. 

Por ahora, solo sé que cada vez que siento, en lo más recóndito de mi ser ese llamado al amor, pienso, más allá de toda duda: «Amo, luego existo».

Al rojo vivo

Arda mi corazón al rojo vivo,

como fragua o crisol que funda escoria;

y, en la fusión, que sienta arder la gloria

de un amor inefable y redivivo.

Arda como un volcán potente, activo,

que con su savia ígnea y amatoria

obtenga contra el ego la victoria

de un amor infinito y compasivo.

Arda mi corazón, en su epopeya,

como una bomba atómica de amor,

un núcleo apasionado de una estrella,

o un ¡big bang! muy fogoso y creador.

Serás, al rojo, mi ignición más bella:

¡un corazón fraterno en pleno ardor!

Imagen: “Amor cósmico”, maestro Manuel Castelin

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