¿Amenazados por la muerte?

Hoy es un domingo luminoso, porque es Pascua, una anciana vende sus flores a la sombra de una arcada de piedra. Sonríe gozosa, lo cual me hace exclamar al instante: ¡Usted, señora, parece muy feliz!

¿Por qué no?, me respondió ella, si todo va muy bien. Me extrañó su respuesta y le pregunté enseguida: ¿No tiene usted problemas?

¿Cree usted que a mi edad alguien no los tenga? Pero pienso en el día más trágico que ha tenido la humanidad, el Viernes Santo, y en lo que sucedió tres días después. Por eso cuando tengo un problema, sonrío, y espero el tercer día…

Esta historia se conecta, de manera espontánea, con un artículo de un periodista guatemalteco. Acosado por las dificultades y las penas, escribía: «Dicen que estoy amenazado de muerte. Tal vez sea. Pero estoy tranquilo. Porque si me matan, no me quitarán la vida. Me la llevaré conmigo, colgando sobre el hombro como un morral de pastor.

Desde muy niño, alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible, que es al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: No teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida.

La vida —la verdadera vida— se ha fortalecido en mí cuando, a través del Padre Theilhard, aprendí a leer el Evangelio. El proceso de la resurrección empieza con la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos;

con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza, un día cualquiera; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto frente a nuestros ojos. Así empieza la resurrección, no eso tan incierto que algunos llaman «la otra vida», sino lo que es en realidad la Vida».

«Dicen que estoy amenazado de muerte. ¿Quién no lo está? Mas en todo esto hay un error conceptual. Ni yo, ni nadie, estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor».

La liturgia de hoy, con la luz, con el agua, el amanecer de un nuevo día y la figura inmensamente gozosa y gloriosa de Cristo Resucitado, nos lleva a descifrar el sentido de la vida y el sentido de la muerte corporal.

Para el cristiano, la muerte es el paso a la vida. El fracaso no es algo definitivo y fatal. La enfermedad es la cercanía de la resurrección, y la pena, agua regia que purifica el metal de la dicha.

Si nos tomáramos siempre el trabajo de esperar los tres días, como la anciana vendedora de flores, florecerá la esperanza cristiana sobre tantas angustias que nos desconciertan. Nuestra vida es el espacio diminuto de tres días, entre un viernes santo luctuoso y opaco y la mañana del primer día de la semana, de la Eternidad.

Conviene correr, como Simón y Juan, hasta el sepulcro. Porque las vendas dobladas aparte y el sepulcro vacío, nos prueban que el Señor, el Amigo, el Maestro y también nuestro destino y nuestro fin, están más allá de la sombra, más allá de la muerte.

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