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domingo, febrero 5, 2023

Almanaque de deseos 2023

Observaremos con la llegada de los nuevos tiempos, cada día que nace, se asoma y nos observa desde el alcor, como un gran acontecimiento, quizás el mejor regalo que nos ha hecho el dios de la vida y el amor.

 

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Al evaluar las experiencias vividas a lo largo de este tiempo, concluimos que la llegada a esta parte del sendero no hubiera sido gratificante si no hubiésemos atravesado por rutas y ensenadas sinuosas y abruptas. Al abandonar el confortable malecón, levar anclas y optar por el riesgo que trae consigo la aventura de navegar por el océano del vivir, nos reconocimos en nuestras contingencias y vicisitudes como condición necesaria para nuestro crecimiento bio–psico–social. Cortejamos la duda, la angustia y la incertidumbre y aceptamos la oscuridad como ese alto costo que hay que pagar para acceder al reino resplandeciente de la sabiduría experencial.

Nos armamos de tenacidad y resiliencia frente a la adversidad y el conflicto irresoluto y asumimos las consecuencias que trae el constante vivir y sufrir. Hay algo que ha quedado claro: entendimos que quien no es capaz de moverse no tiene ni siquiera el derecho de esperar a que lo empujen. Al final de este tramo sacamos algunas conclusiones cargadas de estoica sencillez. Nos hemos dado cuenta de que, al igual que un copo de nieve, el tiempo se deshace mientras decidimos impotentes qué hacer con él; percibimos que éste no se marcha, sino que se queda y que, en ese interregno vital, somos nosotros los que nos vamos;

Percibimos que la oportunidad es como un ladrón que se marcha de puntillas con todo lo que se ha robado; que el carácter es el resultado obtenido después del tercer y cuarto intentos; que el éxito nos dará la confianza suficiente para poner en práctica aquellas cosas que el fracaso y la frustración nos han enseñado. En los nuevos tiempos haremos votos fervientes porque logremos hacer realidad nuestras aspiraciones más elevadas, moderemos nuestras expectativas y satisfagamos nuestras necesidades más sentidas. Por este tiempo nos acostumbraremos a la compañía de esos incómodos huéspedes que son nuestros yoes perdidos.

 

 

 

 

Supimos que no fuimos tan idóneos cuando ganamos ni tan ineptos cuando perdemos. La experiencia servirá de faro y luz para remontarnos hacia el cielo y de paracaídas para los descensos súbitos. Como reza el proverbio escocés, no permitiremos que nuestros pies vayan por delante de nuestros zapatos. Nuestra sabiduría consistirá en prever las consecuencias de nuestros actos. Con los irlandeses rogaremos porque el camino hacia el infierno se llene de hierba por falta de uso; porque lleguemos al cielo media hora antes de que el diablo sepa que hemos muerto; porque se nos permita morir en el lecho a los 95 años a manos de un cónyuge celoso.

Evocamos la sabia y milenaria oración por la vida y la gracia con la cual los egipcios recibían exultantes el nuevo año que coincidía con la época de las cosechas: “Que la ceguera y la impotencia se aparten de nosotros; que conozcamos la dicha de servirle a los nuestros y que lo que plantamos con fe y empeño produzca fruto y bienestar; que la paz gobierne el mundo y la prosperidad reine en nuestra nación”. En la tarde del festival de “Samhain” (año nuevo celta), los druidas, sabios maestros de un pueblo que habitó 2000 años atrás las tierras de Irlanda brindaban por la salud de los detractores de nuestros enemigos…  Entonces diremos con ellos “¡Slainte!”.

El endocrinólogo hindú Deepak Chopra, difusor en Occidente de la filosofía Ayurveda afirma que, al final de cada año, nos pasamos la vida esforzándonos por vivir en un estado de promesas y autoaceptación: “Durante años se multiplican los interrogantes y arrojamos a las cavernas secretas y a las bodegas oscuras de nuestra psique una gran cantidad de dudas, vergüenzas, culpabilidades y temores. Sin embargo, esos sentimientos permanecen vivos, por hondo que los enterremos”. Los conflictos interiores que no logramos entender ni reconciliar nos conducen a esa instancia claro-oscura que los psicólogos junguianos han llamado el “yo-sombra”.

Ana María Cano Posada, hizo célebre en los años noventa un “Almanaque lleno de deseos”, una lista incompleta de anhelos que arriesgan con volver colectivo lo que es personal e intransferible. “Muchos días de sol que le sienten bien al ánimo. Sabores, olores e impresiones, diversos, sorprendentes e inolvidables. Fortaleza en el compromiso personal y colectivo de no dejar pasar las cosas como si uno no estuviera presente. Dosis requeridas de sonrisas y de abrazos estrechos. Paisajes, personas y acontecimientos que le den sentido a este sentimiento de hacer parte de esta ciudad–región y de este país. Capacidad para desechar lo innecesario…

Vigor en movimientos, pensamientos y afectos. Un poco más de infancia, más juego y menos severidad. Escuchar y aprender sin perder toda ocasión para hacerlo. Mantener consciente el camino de antes de uno y el que sigue, para no dejar obrar al capricho o a la insensatez. Dosis de verde, azul, amarillo, blanco y rojo para sintonizar la emoción de estar vivos. Arte suficiente para estremecerse con la nobleza y la ternura de los niños y los viejos. Suficiente rebaja en palabras necias. Ante reclamos vanos, oídos sordos como para hacer mejor este aquí y este ahora…Un año entero, todo en blanco, para escribirlo con la mejor letra posible”.

En los nuevos tiempos intentaremos conocer la naturaleza de nuestros imaginarios y cómo éstos forman parte de ese impulso recóndito que nos mueve hacia el cambio y nos permite comprender, crear y crecer. Seremos escultores y modelos, autores y actores, protagonistas de nuestra propia historia. Podremos decidir entre ser héroes o mártires, cómplices o villanos; forjar un programa de vida o editar con nuestras extrañas actuaciones una tragedia existencial. Disfrutaremos de esa regocijante sensación de vernos día a día creciendo interiormente, solazándonos en ese proceso permanente y vital de enseñanza y autoaprendizaje.

Este es nuestro almanaque de deseos que se entreabre ante nuestros ojos y nos impele a comprometernos con el mundo y la vida, pero sobre todo, con nosotros mismos en ese intento por erradicar esa amnesia espiritual y esa estulta frivolidad que nos embrutece y en el paroxismo de las horas, nos lleva a languidecer. Veremos el pasado presentificado y el presente futurizado, condensados en un ahora, el único momentum creciente que no tiene fin. Observaremos con la llegada de los nuevos tiempos, cada día que nace, se asoma y nos observa desde el alcor, como un gran acontecimiento, quizás el mejor regalo que nos ha hecho el dios de la vida y el amor.

gonzalohugova@hotmail.com

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