A la mesa con Sofía, Mentiras al plato


Sofía Gaviria

Columnista

Vivimos en un mundo rodeado de mentiras y medias verdades.  Esa invasión de falsedades ha conquistado su lugar en las cocinas y en las mesas. Encendemos la televisión y recibimos el bombardeo de las pautas comerciales que nos incitan a comprar toda suerte de comestibles que, no solo no deberían hacer parte de la dieta humana, sino que, además, son promovidos por sus fabricantes como alimentos saludables. Los comerciales dirigidos a los consumidores menores de edad, son algunos de los más mentirosos. Supuestos jugos de fruta cuyo ingrediente principal, después del agua, es el azúcar. Los llamados cereales, compuestos también, principalmente de azúcar. Y no hablemos de los productos derivados de la leche, también adicionados con cantidades de azúcar que garantiza que los pequeños consumidores adquieran en poco tiempo la adicción más peligrosa a la que estamos expuestos todos: la adicción al dulce.

Yo también hago parte del grupo de personas que valora su tiempo en la cocina.  Con frecuencia echo mano de tomates enlatados (tengo una particular predilección por los que vienen de Italia) y de otros elementos provenientes de grandes productores industriales.  En mi nevera siempre hay al menos un frasco de aceitunas y más frecuentemente, varias clases de ellas. La leche de coco con la que preparo algunas salsas, viene en lata, porque rara vez tengo el tiempo de abrir un coco, retirarle la carne y eliminarle los residuos de cáscara para luego cortarlo en trocitos, licuarlo con agua y exprimir. La pasta que comemos en casa casi siempre viene en una caja, aunque a veces hagamos una versión fresca con harina de trigo y huevos. Pero trato de que lo que me meto a la boca sea comida de verdad, lo menos procesada posible. Siempre tengo presente las palabras del escritor Michael Pollan, autor de El dilema del omnívoro:  “Aliméntese de comida. No demasiada.  Principalmente derivada de las plantas.”

Con todo y que trato de evitar comer cosas con ingredientes que no conozco, a veces se me cuela algo inesperado. Recientemente tuve una experiencia que me dejó francamente defraudada. Compré un frasco de aceitunas rellenas de pimentón. Se trataba de un producto español, importado por un supermercado muy reconocido que se especializa en tener una amplia gama de importados.  El empaque ostentaba la marca propia del almacén, cosa que hasta entonces me había resultado garantía de calidad. Cuando probé una aceituna, me di con que el relleno tenía una textura desconocida. Tomé una segunda aceituna en la mano y extraje la sustancia anaranjada.  Sobre el mesón de la cocina rebotó un óvalo compacto y gelatinoso que examiné cuidadosamente.  Con el extraño objeto en mano, decidí estudiar la lista de ingredientes y descubrí que aparte de aceitunas, agua, sal, pimentón, alginato de sodio y ácido láctico, había algo llamado goma guar. Aclarado el misterio.  El pimentón del relleno era un aglomerado de goma guar y jugo de pimentón.  No comprendo porqué a alguien se le ocurrió que había que mejorar los pimentones naturales.