Héctor Tabares Vásquez
Columnista
El de los colombianos, pero muy especialmente de los moradores en este paraje del país, de generosidad tal, que estimula el arribo de numerosos habitantes provenientes de distintas regiones, no solo en calidad de turistas, deseosos de conocer las excelencias nuestras, sino de aquellos necesitados de un sistema de vida digno; de aventureros, y al punto, gran cantidad de seres apremiados en infinidad de órdenes, individuos golpeados en las variadas partes de su humanidad y espíritu, lisiados, embriagados y narcotizados, todos a una buscando un pedazo de pan para sobrevivir. Y de verdad en el medio local, existe la tendencia marcada hacia la caridad, el amor al prójimo y practicar benévola y eficientemente, la fe cristiana, en el sentido bíblico de dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

 

No de manera diversa se explica la proliferación de menesterosos de múltiples raigambres, muchos de ellos exhibiendo trágicamente sus miserias, quizás urgidos de limosna, vencidos, desahuciados, estigmatizados por una sociedad y rechazados en un Estado incapaz e imposibilitado de recogerlos y ponerlos a buen recaudo en el lugar adecuado. La razón de abordar un tema de esta naturaleza, de tratar de asirlo con pinzas, de un modo lo suficientemente prudente, en aras de no herir susceptibilidades y atropellar derechos elementales, radica en la deformación y alteración sufridas en su esencia.

 

Hemos llegado al momento de encontrar fácilmente el perfeccionamiento de una real profesión y oficio en cuyo evento basta ocultar la cara de vergüenza presuntamente poseída en algún tiempo, en el propósito de salir en la consecución del rebusque. Asiento lógico de la labor, son sitios de privilegio, después de las vías cruciales, las iglesias y los semáforos. Allí descansan cuantiosos indigentes, unos posando de artistas callejeros, otros de vendedores de azucares procesados, cual más experimentado en la argucia de demostrarle a la clientela habilidades innatas o adquiridas, en la inmensa mayoría gente joven intentando juntar algo en la difícil y agresiva resolución de un problema. La inquietud pasa en pensar si no es un acierto olvidarnos de esa magnanimidad en la entrega de unos denarios a la masa informe, encarrilando esos fondos y reunidos, puedan ir directamente a otras manos, ajenas a las del sabido linaje enfermizo, de sujetos aprovechados del tierno corazón de la concurrencia, escogiendo como forma de negociar, la mendicidad.

 

Hacer caso omiso de la supuesta o verídica premura, empero optando en provocar la reacción eficaz y evidente de dotar a las ciudades de los organismos especializados y encaminados a tener ahí a quienes en efecto les es imprescindible atención médica, ayuda, orientación. En otra dimensión, destinar los potenciables ingresos propiciados, a crear centros de instrucción, a organizar una comunidad singular donde sea posible y viable el desarrollo pleno de la personalidad, mediante fuentes de empleo, medios idóneos en la obtención de un despertar diferente. No hay mejor procedimiento en el cometido de describir el grado de evolución y la identidad cultural propia, distante de la mostrada en las principales arterias de la villa.

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