El maestro escultor bogotano se consagró al arte desde 1989, su vida a la disciplina del volumen y la investigación de las formas de la naturaleza. Su exposición ‘No estamos solos’ se quedará por dos meses en Hacienda Castilla.
Formado en el rigor de los talleres de grandes maestros como Emiro Garzón y tras beber de la influencia de figuras como Enrique Grau, Bulla defiende hoy la esencia de la manualidad frente al avance de la tecnología digital. Sus obras habitan castillos en Portugal y museos internacionales, pero con tradición familiar este artista lidera un taller donde el bronce, a menudo reciclado de vainillas de la Fuerza Pública, se convierte en obras monumentales que reclaman un retorno a los orígenes de la plástica.
Guardián del oficio
Maestro Raúl, su historia en el arte comenzó desde el primer momento en que ese niño de 14 años pisó un taller, ¿cómo fue ese primer encuentro con la escultura? “Era un pelado desocupado y no había mucha oportunidad de trabajo, pero mi madre conocía a un escultor famoso de esa época, me llevó a trabajar allí y comencé a ver cosas muy chéveres, los materiales eran nuevos para mí, pero despertaban un sentir de poder lograr algo así. Ese maestro era Emiro Garzón, con él aprendí mucho en mis inicios, me llevó a enfocarme en este camino y de ahí para acá nunca más conseguí otro trabajo que no tuviera que ver con el arte”.
Usted menciona que su taller en Bogotá es casi familiar y que han trabajado para nombres inmensos de la plástica colombiana. “Sí, somos tres hermanos trabajando solos desde el año 2005, porque antes siempre fuimos empleados. Hemos conocido a bastantes artistas, muchos ya han fallecido, les aprendimos porque dejaron mucha escuela, estaban el maestro Villegas, Alicia Tafur, entre otros y alcanzamos a trabajar con Enrique Grau, que es inmenso. La escuela se aprende de la experiencia, sobre todo en esta disciplina del arte”.
La nobleza del bronce
Sus esculturas, especialmente los caballos y las figuras humanas, tienen una mística especial, ¿por qué prefiere el bronce y de dónde proviene su materia prima? “El bronce es más noble, aunque también he mezclado hierro y bronce en algunas obras. Nosotros trabajamos con la Policía y el Ejército, todas las vainillas (de munición) nosotros las reutilizamos y las mezclamos con otros materiales para tener un buen resultado al final, es un proceso de constancia, disciplina y de autocriticarse mucho. Un caballo de unos 80 centímetros, por ejemplo, puede tardar en promedio entre tres y cuatro meses en su proceso completo desde el diseño”.
Entre las obras que trajo a Pereira, destaca un ajedrez con una temática social muy fuerte. “Ese ajedrez tiene varias temáticas: los ricos y los pobres, los orígenes y la civilización, las clases sociales. Tiene mucho contenido y es una pieza hermosa que ha gustado mucho al público, su valor está alrededor de los $70 millones. Es una obra que requiere mucho trabajo”.
La resistencia
Hoy la tecnología 3D permite reproducir imágenes con una perfección matemática. ¿Se apoya usted en estas herramientas para crear? “Tengo contacto con el 3D, pero no lo utilizo porque a mí me gusta la manualidad. En Portugal, donde estuve en una residencia artística, no les gustan las obras que se hacen en computador; prefieren la mano alzada, el dibujo y la escultura como tal. Pienso que con la tecnología se ha perdido la esencia, hay algunos artistas que dicen que hay que volver a los orígenes”.
¿No le ve ninguna utilidad a estas nuevas tecnologías en su taller? “Lo único que no critico es apoyarse en la tecnología para escalar una obra que yo ya hice de ceros, escanearla y llevarla a un tamaño grande, pero la creación debe tener esas claves de la anatomía que uno va descubriendo con el tiempo. Tomé un curso de cuatro años que fue la clave para desdoblar todas las cosas y sacar de verdad algo chévere”.
«Se ha perdido la esencia, hay que volver a los orígenes».


