La retroexcavadora rasga y araña con su brazo largo cada columna, cada
muro, cada techo, cada ventanal, hasta dejarlos en pedazos en el suelo.
Luego ingresa una volqueta que se lleva cada uno de esos escombros.
Franklyn Molano Gaona
Los sonidos de la ciudad, después del terremoto del pasado lunes 10 de agosto,
son otros. Ahora, la retroexcavadora rasga y araña con su brazo largo cada
columna, cada muro, cada techo, cada ventanal, hasta dejarlos en pedazos en el
suelo. Luego ingresa una volqueta que se lleva cada uno de esos escombros
mientras el polvo cubre esquinas y parte de la cuadra. Entonces hay ruidos que
son como fuertes golpes que reciben las calles, va uno tras otro y no paran.
La golpiza sobre las edificaciones y el pavimento empieza a las 9:00 a. m. y se
prolonga hasta las 8:00 p. m..
Oigo cómo totean los vidrios y cómo chocan los escombros contra la calle. Esos
truenos continuos son los que la gente recibe. Los peatones, varios de ellos, se
quedan estáticos viendo cómo esas máquinas amarillas derrumban y acaban con
esquinas completas, espacios donde antes quedaban negocios, locales,
restaurantes o almacenes de venta de ropa. «Tanta gente que se quedó sin
trabajo, ¡Dios mío!», escucho.
Las personas que miran, muchas de ellas, fueron empleados, otros dueños de
esos sitios, que observan en silencio cómo lo que construyeron durante años se
desmorona de un solo zarpazo. Ahora el terremoto no solo se ve, sino que
empieza a sentirse en cada uno de ellos. El dolor de la pérdida. La sensación de
tener que salir corriendo del lugar sin poder sacar nada. Es perder todo en
segundos. Ahora el sacudón está en el corazón. Ahora no se sabe a dónde ir.
Otras personas solo miran hacia lo alto, miran unos cuantos segundos, se
acomodan el tapabocas y siguen su camino tristes, sin tanta esperanza. «Ver esto
es muy duro», rumora uno. El taladreo constante se siente. Va desde la planta de
los pies hasta la cabeza. Ese traqueteo de la máquina no para.
Al otro lado de la calle, una señora uniformada de amarillo y rojo y con casco
blanco lanza instrucciones desde un megáfono que advierte sobre el polvo y los escombros que caen de lo alto.
Su voz metálica y chillona se une a ese desorden
sonoro que invade el sector. La gente acelera el paso.
Alrededor de ese salvaje y ensordecedor ruido, se escuchan pitos de taxis,
motocicletas a alta velocidad, una persona golpea contra el andén un cilindro de
gas, el taladro perforando unos escombros y allá, algo retirado, el pedaleo del
ciclista que lleva un pedido. A esta estridencia se une la música del despecho, que
intento detectar de dónde viene, pero no lo logro.
Escucho también cómo dos personas vestidas con ropa desgastada, polvorienta y
sudorosa chocan un par de botellas de cerveza y beben para calmar el sol que
cae desde bien temprano sobre sus rostros. Están cansados de tirar pala, mover
piedras y maderas que van de aquí para allá, hasta arrumarlas en una montaña
que queda allí hasta que un camión pase por ellas. El centro cambió. Las esquinas
están peladas, vacías. El viento se asoma y azota los muros, levanta mugre y
mueve la arena. Queda poca gente en las calles y en los andenes. Hay silencio.
Así va la mañana de un punto del centro de Pereira, donde antes el ruido era el
lotero que anunciaba sus números, los perros y sus ladridos, el señor
promoviendo el almuerzo, el sonido de las registradoras y varias bocinas de
carros. Ahora es un tropel de escombros, alarmas que se disparan, rancheras y
sorbos de cerveza.


