Por: Presbítero Víctor Daniel Ángel
La historia de Nuestra Señora de la Pobreza se remonta a 1608, cuando el territorio que hoy ocupa Pereira pertenecía a la antigua Cartago, fundada allí desde el siglo XVI. Junto al río Otún, una mujer llamada María Ramos lavaba la ropa usada por los franciscanos.
Entre las prendas había un lienzo viejo, roto y deteriorado, usado para limpiar lámparas y objetos del templo. Parecía una tela sin valor, pero María Ramos la llevó al río para lavarla.
Así empieza una historia conservada por la fe de muchas generaciones.
Según la tradición, al extender el lienzo para secarlo, la humilde lavandera vio aparecer los trazos de la Virgen María con el Niño Jesús. Aquella tela, destinada al olvido, se convirtió para la comunidad en un signo de la presencia de Dios.
María Ramos llevó el lienzo ante los franciscanos. Al comienzo, la imagen apenas se distinguía; con el tiempo, según el relato tradicional, sus rasgos se hicieron más claros. La devoción creció y la imagen empezó a ser venerada por los habitantes de la antigua Cartago.
Pero la historia de la Virgen de la Pobreza no terminó allí.
En 1691, cuando Cartago fue trasladada al lugar que ocupa hoy, la imagen acompañó a sus habitantes. Desde entonces, el lienzo quedó unido a la historia religiosa de esa ciudad, donde la imagen original aún se conserva en la Basílica Menor Nuestra Señora de la Pobreza.
Más de 170 años después, en 1863, un grupo de pobladores fundó una nueva ciudad sobre aquellas antiguas tierras. Muchos venían de la región de Cartago. También llegó el padre Remigio Antonio Cañarte. Con ellos llegó una memoria religiosa que seguía viva.
La nueva población fue confiada a Nuestra Señora de la Pobreza.
Por eso, para muchos pereiranos, la Virgen de la Pobreza no es solo una advocación religiosa: es parte de la historia espiritual de la ciudad.
Hoy, al cruzar la Plaza de Bolívar y mirar hacia la Catedral, quizá olvidamos lo que ese templo representa. La Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, ubicada en el corazón de Pereira, conserva una representación de la Virgen realizada en el siglo XIX. En 1952, con la creación de la Diócesis de Pereira, el templo se convirtió en su iglesia catedral.
Pero el nombre guarda una belleza aún más profunda.
¿Por qué una ciudad reconocida por su comercio, su espíritu emprendedor y su capacidad de abrir caminos lleva en el corazón a una Virgen llamada de la Pobreza?
Tal vez porque la pobreza de María no habla solo de carencia. Habla de una mujer que, según la tradición, se manifiesta en un lienzo pobre, roto y desechado.
Esa historia recuerda que lo que parece insignificante puede tener un valor inmenso. Una ciudad no se construye solo con grandes obras, sino también con las vidas sencillas de quienes la habitan: familias, trabajadores, campesinos, comerciantes, sacerdotes, mujeres y hombres que dejaron su huella.
Hay, además, una paradoja mayor: la Virgen de la Pobreza se convirtió en una de las mayores riquezas de nuestra fe, de una ciudad que al recio empuje de los titanes sigue saliendo adelante.
Quizá por eso los pereiranos la sienten tan cercana.
Porque Pereira conoce los caminos difíciles: terremotos, reconstrucciones, desplazamientos, pérdidas y nuevos comienzos. Y, sobre todo, sabe levantarse.
La Virgen de la Pobreza ha atravesado más de cuatro siglos de historia. Ha visto desaparecer una ciudad y nacer otra. Ha acompañado generaciones y ha permanecido mientras cambiaban las calles, los edificios, los medios de transporte, las costumbres y la forma de entender la ciudad.
Y sigue allí.
En el corazón de Pereira.
No para reemplazar la responsabilidad de construir una sociedad más justa, sino para recordar que una ciudad verdaderamente grande no es la que acumula más riqueza, sino la que reconoce la dignidad de sus habitantes, especialmente la de los más pobres.
Quizá ese sea el mensaje más vigente de aquella antigua historia junto al Otún.
Que Santa María apareció —para quienes creen en aquel signo— sobre un lienzo que parecía no valer nada.
Y que, a veces, Dios nos enseña a mirar de nuevo aquello que ya habíamos decidido desechar.


