Por Alonso Molina Corrales, historiador y docente
Me propuso mi colega y amiga Pilar Salcedo, jefe de redacción del Diario del Otún, escribir sobre el Día de la Pereiranidad, en el contexto de la crisis desatada por el terremoto del pasado 10 de agosto.
Se trata de una efeméride que, según el Acuerdo Municipal N° 035 de 2008, debe celebrarse cada 26 de septiembre, fecha del nacimiento del poeta Luís Carlos González. La decisión buscaba conmemorar los cien años del bardo terrígeno y fue una iniciativa presentada y defendida por mí, en asocio con la Fundación Luís Carlos González y el periodista Luís Alberto Ruiz Peñuela. Su objetivo era recordar al Maestro y, por su intermedio, promover los rasgos y valores que constituyen eso que se ha llamado Pereiranidad.
Tal como lo dijo en su momento el escritor Miguel Álvarez de los Ríos, la palabra Pereiranidad no existe en el diccionario de la Academia de la Lengua y pueden ser tantos sus significados como percepciones tengan de su entorno y experiencia los pereiranos raizales o los que, como yo, somos de aquí por convicción.1 En el mismo texto, Álvarez de los Ríos separa ese sentimiento del avasallador “espíritu urbano” de las grandes ciudades, donde el individuo es sometido, invisibilizado, pero también lo aleja de la emoción que caracteriza las “aldeas paupérrimas” donde nada pasa; donde no hay progreso y la fusión entre hombre y medio deviene en una materia inerte, tóxica para sus retoños e iniciativas2: “Escapad gente tierna/Que esta tierra está enferma/ Y no esperes mañana/ Lo que no te dio ayer/ Que no hay nada que hacer…”3.
Explica Álvarez de los Ríos que la experimentación de ese amor ferviente, conmovedor, descrito como Pereiranidad: “…tiene unos límites geográficos…”, que corresponden a un meso espacio entre la comunidad esencial, aldeana, rústica y la ciudad de la modernidad. Luego explica que la Pereiranidad “…solo parece posible cuando la ciudad no es muy grande y aún alberga en su ser un alma armoniosa y vivaz…”.4.
Del mismo modo, el cronista asevera que lo característico de ese amor etiquetado como Pereiranidad, es que invita a la acción: “…es una actitud del sujeto con relación a su medio, al cual éste corresponde con una efusividad cósmica, y ambos constituyen, por eso, un consorcio indivisible…”5. Se trata, en mi opinión, de una alianza basada en una promesa de libertad y bienestar; un pacto de honda profundidad axiológica, al cual propios e inmigrantes adherimos con entusiasmo, confiados en su cumplimiento. Un pacto no escrito, que se debe refrendar constantemente, por cuenta del crecimiento de Pereira y los cambios que afronta a cada paso. El terremoto del 10 de agosto de 2026 y su estela de destrucción material, el cúmulo de víctimas fatales y la pérdida de la ciudad como espacio significativo donde transcurría nuestras vidas en comunidad, plantean un gran reto misional a quienes habitamos Pereira. Va más allá de la reconstrucción de edificios e infraestructura esencial. La envergadura del desafío implica, también, revisar la visión de ciudad que ha orientado el crecimiento y las dinámicas urbanas, para saber si se ha actuado en consecuencia con ella o ha primado la ambición, la anomia social y el desarraigo. Habló de actualizar y ratificar, de acuerdo con esta coyuntura dolorosa, ese consorcio indivisible mencionado por Miguel Álvarez de los Ríos, ese contrato ciudadano, para convertir la tragedia en oportunidad y podamos avanzar hacia una capital nueva a escala humana, donde primen los criterios de un modelo racional de ocupación del territorio y la conexión virtuosa con la plataforma ambiental. Solo así será posible un asentamiento capaz de mitigar los riesgos y un conglomerado que disfrute su experiencia urbana, como a lo largo de la historia lo han hecho quienes se han proclamado como hijos orgullosos de la tierra que los vio nacer o los acogió.
A la Pereira idealizada de la primera mitad del siglo XX -la que genera entre sus hijos adoptivos esa rara experiencia de la nostalgia prestada-, se dirigieron los poemas y las crónicas del Maestro Luís Carlos González. También la urbe mereció sus latigazos cuando sintió que moría su “pueblo pequeño […] el de calles empedradas,/amplios portones/ abiertos, esquinas con nombre/ propio/ y Avemarías al viento,/ fiel retacito de Patria/ por cal y flores/ cubierto…”6. Un deceso que el escritor anunciaba ante el ascenso de la ciudad de las ambiciones.
Pienso entonces que esa dicotomía, esa encrucijada constituida en un lado por el sueño de la ciudad amigable, caminable, disfrutable y en el otro, la irrefrenable vocación de urbe grande de Pereira con todo lo que entraña, es la franja dentro de la cual deben discurrir las discusiones sobre ese nuevo pacto ciudadano que demandan sin atenuantes las consecuencias de ese terremoto del lunes 10 de agosto.


