Por Nelson Palacio Vásquez
El periodista y escritor, Nelson Palacio, comparte esta crónica acerca de personajes entrañables del municipio de La Virginia
Hubo un tiempo en que las calles de La Virginia tenían personajes que parecían eternos. Hombres y mujeres que se volvieron parte del paisaje cotidiano, tan inseparables del pueblo como el calor sofocante del mediodía, el bullicio de la plaza y el olor del río Cauca al caer la tarde.
Uno de ellos fue Julio el Ciego, un hombre marcado por la tragedia y el abandono, pero imposible de borrar de la memoria de quienes lo vieron caminar lentamente por las calles del puerto.
Julio llegó desde Cartago cuando La Virginia apenas crecía entre el comercio, los embarques y el sudor de la gente humilde.
Decía, en medio de sus recuerdos confundidos y de su mente atormentada, que trabajó en la construcción del puente Bernardo Arango, el viejo puente sobre el río Cauca que durante décadas fue símbolo del municipio. Contaba que una explosión de dinamita le arrebató la visión para siempre y desde aquel instante el mundo quedó convertido para él en una oscuridad eterna.
Tal vez nadie supo nunca si aquella historia era completamente cierta. Pero en su rostro cansado y en sus ojos vacíos había un dolor tan profundo que cualquiera terminaba creyéndole.
El palo viejo
A pesar de ser ciego, Julio conocía a La Virginia mejor que muchos. Caminaba lentamente golpeando el suelo con aquel palo viejo que usaba como bastón, orientándose por los sonidos de las cantinas, el ruido de los carros y el olor de las cocinas populares. Parecía reconocer cada negocio, cada esquina y cada andén únicamente por la memoria y el oído.
Siempre cargaba una coca vieja donde las personas humildes le regalaban comida.
Le gustaba el sancocho, la morcilla y cualquier plato caliente que calmara un poco el hambre y la tristeza que llevaba por dentro.
Vestido de harapos, despeinado y muchas veces descalzo, se convirtió en parte del paisaje humano del municipio.
No fue fácil
Pero la vida de Julio no fue fácil.
Muchas veces los choferes y algunos carniceros de la plaza lo molestaban solamente para verlo enfurecer. Le gritaban cosas, le escondían el bastón o lo provocaban hasta sacarle la rabia.


