Jaime Bedoya
Columnista

No ha habido ni habrá en la historia de la humanidad, una figura más grande, cualquiera sea la dimensión que le demos. Pero hay temas manipulados por la religión que no me cuadran: I.- Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Entonces cómo es ese Dios si su reflejo es este espécimen tan perverso.

No entiendo que siendo el Creador la plenitud de la bondad y el amor, sus hijos seamos el paradigma del odio y la maldad. Francamente quedamos muy mal hechos. No entra en mi mente esta “imagen y semejanza”. II.- El Padre entregó a su hijo por nosotros. Qué clase de padre sacrifica a su bien amado por unos truhanes. Ninguno, y menos para rescatar la fiera pensante que había recibido contundentes mensajes de salvación de los grandes profetas y no les paró bolas. Por lo tanto, el Padre sabía que tampoco le harían caso a su hijo santo; entonces, lo sacrificó inútil y salvajemente, como en el circo romano. III.- Cristo es Dios. Lo que he ido encontrando y lo consulté con sacerdotes es que Jesús intentó tanto hacer la voluntad del Padre que se fue acercando a divinidad como nadie más en la historia humana, pero no es Dios. Hay muchos pasajes en los cuales Él reconoce la superioridad del Padre.

Simplemente, es hijo carnal de José y María. IV.- Cristo padeció físicamente en la cruz. No me cabe que, con el poder para hacer tantos milagros: resucitó, curó, limpió leprosos, expulsó demonios, convirtió el agua en vino y el vino en sangre, multiplicó la comida y caminó sobre las aguas, acudió a un mecanismo poderoso para aislar el dolor durante la horrible tortura a la que estaba sometido. Con seguridad sufrió por la ingratitud de los que Él había hecho el bien, que pedían su muerte. Por qué no pudo ser así. La sola humillación a un hombre limpio de culpa habría sido suficiente para satisfacer la generosidad del Padre hacia la bárbara humanidad. V.- No resucitó a la manera como lo narran en los textos bíblicos. Qué sentido tiene su resurrección si no se apareció a las autoridades criminales que tan injustamente lo colgaron, a demostrarles que su profecía de regresar estaba cumplida.

Hubiera ahorrado mucho dolor a sus valientes seguidores que padecieron tormentos iguales al suyo y su doctrina habría transformado el mundo en tiempo breve. Pero, no, llegaba de improviso donde sus discípulos y en un santiamén desaparecía. Hubo sí, una conciencia de resurrección. VI.- La eucaristía es nada más pero nada menos que un recuerdo del momento íntimo cuando se despidió de sus discípulos. Pero, ahí no hay carne y sangre. VII-. El libre albedrío es la tesis más quimérica para explicar la proterva conducta humana y la imposibilidad o el desinterés que tiene Dios de intervenir y corregir el mal que hay en el mundo.

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