Yo estuve ahí

Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez

Fue un regalo de Dios. La tarde del jueves 8 de mayo de 2025 yo estaba en la Plaza de San Pedro, en Roma. Había viajado, más concretamente, para estar en España, pero mi plan incluía visitar la Ciudad Eterna, donde había cursado mis estudios filosóficos. No me lo creía. Esa tarde, después de muchas horas mirando la chimenea, hacia las 5:45 p. m., apareció la fumata blanca y se escuchó el “Habemus Papam”. La sensación fue eufórica: ¿quién saldría por ese balcón central?, ¿de dónde vendría?, ¿joven o viejo?, ¿simpático o poco agraciado?

Para los que tenemos fe, es Pedro, el “capitán de la barca”; es, simplemente, aquel a quien Dios escogió. Tras una espera relativamente larga, el cardenal protodiácono salió al balcón, llamado “logia mayor”. Ceremonialmente hizo el anuncio esperado y, en un impecable latín, pronunció el nombre del elegido: “Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Robertum, Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Prevost”.

La multitud, agolpada allí, nos mirábamos sin lograr saber de quién se trataba. No estaba en los cálculos humanos, ni de la prensa, ni siquiera de los círculos eclesiásticos. Fue una total sorpresa, un “soplo” real del Espíritu de Dios, quien elige y faculta para esta tarea. Al balcón de la logia salió un hombre joven, de constitución corporal algo menuda, sonriente pero nervioso, quien, ante los “vivas” de la multitud, comenzó su ministerio petrino invocando la paz universal; esa paz que, seguramente, marcará su paso por la Cátedra de Pedro. Se presentó como venido de un país de América del Norte, pero, ante todo, como un joven obispo y misionero que, al saludar a su antigua diócesis de Chiclayo, Perú, se dejó ver como un latinoamericano más: sencillo, diáfano, amante de la cultura, de las montañas y de su gente maravillosa.

Los asistentes quedamos mudos. Mirar hacia ese balcón significaba la esperanza que se suscita al confirmar la fe en la piedra, Pedro, quien Cristo había dejado como su representante en la tierra. Dios, nuevamente, hacía su paso por su Iglesia y nos invitaba a ver, en aquel balcón, la “piedra sobre la cual ha edificado su Iglesia”. Seguidamente, el protodiácono, en el mismo latín de las fuentes, dijo: “Qui sibi nomen imposuit Leonem Quartum Decimum”.Un León en la Iglesia, como el gran León XIII, el papa de la paz, la justicia social y los trabajadores. Lo que en este año ha sucedido ya lo sabemos: León XIV es un hombre sereno, sumamente inteligente, amante de la paz, viajero, políglota y de profunda espiritualidad, heredera de su maestro san Agustín. Esa tarde di gracias a Dios. Sentí profundamente el deseo de llorar al ser testigo de tan magno acontecimiento. Recibí la bendición de Pedro y me comprometí a rezar siempre por él.

 

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