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miércoles, julio 24, 2024

Viejas costumbres

Es tendencia

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En mis años mozos, los vestidos, el calzado, los pantalones y la ropa en general se hacían para que duraran muchos años. Aún no nos abrazaba el consumismo de hoy y los fabricantes ponían todo su empeño en brindar la mejor calidad. Hasta que llegó ese embeleco que llaman «moda» y todo empezó a cambiar. A los zapatos les pusieron plataformas, que eran como unos zancos pegados debajo de ellos y los hombres volvimos a ser más altos que las mujeres, condición que habíamos perdido años atrás con la aparición de los tacones femeninos. Recuperamos como 15 centímetros, con el enorme beneplácito de los más «bajitos». Las corbatas, prendas decorativas muy delgadas que se anudaban al cuello, se volvieron anchas casi como las de los payasos del circo y con figuras y diseños sicodélicos y estrambóticos. 

La época de mayores cambios en los hábitos de vestir fue la de los años sesenta. La influencia y la rebeldía hippie nos llenó de costumbres extranjeras, pero especialmente «gringas». El bluyín, los cinturones anchos con hebillas, los tenis, las blusas y muchas prendas más llegaron para imponerse y parecía que quizás sería para siempre. Mientras tanto desaparecían otras como el sombrero, artefacto extraño que había sido inventado para protegernos del sol pero que había mutado a prenda elegante que a los hombres les ocultaba la calvicie y a las mujeres su lado menos atractivo. Los ingleses los preferían de copa, los gringos de cowboy, los españoles se inclinaban por las boinas y nuestros «poco originales» compatriotas tenían afinidad por los europeos. Borsalino, Stetson y Barbisio eran marcas y estilos memorables.

En los países occidentales existía toda una cultura en torno a las viejas costumbres. Muchos de los oficios más destacados de la sociedad estaban relacionados con la reparación y mantenimiento de las prendas de vestir. ¿Recuerdan ustedes las «remontadoras» de calzado que nos ponían a estrenar de nuevo los mismos zapatos varios años después de comprados, el zurcido de medias y calcetines —¿llevaron alguna vez una prenda rota donde las monjas adoratrices?—, el sastre que fabricaba a la medida trajes de paño inglés o que reparaba, remendaba y lograba aumentar la talla, la «pierna» o la «cintura» del vestido que ya no nos servía porque teníamos algunos kilos de más, la señora que hacía ojales o zigzags y cambiaba o arreglaba cremalleras o la tintorería donde daban nuevo lustre y color a nuestras prendas?. ¿La señora que almidonaba las camisas masculinas, sus «cuellos» y sus «puños» o las enaguas, combinaciones y corsés de las mujeres? 

Casi todos aquellos antiguos oficios murieron. Solo unos pocos sobreviven. Creí que el «embolador» o «lustrabotas» tenía los días contados y que sufriría la misma suerte de los voceadores de periódicos que reemplazaban con sus gritos al reloj despertador, a las seis de la mañana. Pero no. Sigue siendo parte del paisaje de nuestra plaza de Bolívar, al igual que los pensionados que juegan ajedrez, hacen corillos o se dejan atrapar de alguna «zunga» que los acecha coqueta cerca del cajero electrónico.

Cambiaron entonces las costumbres. Llegaron, entre otros, la minifalda, los hotpants, los escotes profundos, las prendas ceñidas y otras expresiones del «destape» como queriendo alborotar a los más mojigatos, embrollar a algunos curas y transformar la cultura del coqueteo. Algunas iglesias cristianas y otros «pacatos» conservadores se resisten a admitir tal liberación.  

A mis lectores de más de cincuenta años les advierto que podrían sonrojarse con la próxima entrega en la que les hablaré del Club La Popa, el «Carruco», Tita Bolívar, «las Valencia» y otros íconos de nuestro pasado.

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