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domingo, marzo 3, 2024

¡Vénganse a vivir feliz con nosotros

Es tendencia

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El hábito de describirse a sí mismo es propio de todas las sociedades humanas. A partir de tradiciones e imaginarios se construye una idiosincrasia y esa singularidad se consolida con el tiempo. En Colombia tenemos muchas: el bogotano, el santandereano, el llanero, el pastuso, el paisa, el costeño y más. Incluso hay diferencias y matices en cada una de ellas. Todos reconocemos que entre los costeños hay guajiros, samarios, cartageneros, barranquilleros, cordobeses y sucreños, cada uno con sus acentos y costumbres diferentes. Revisemos un poco la nuestra.

Según Juan Camilo Escobar Villegas —profesor titular de la Universidad Eafit—: «Los intelectuales se inventaron la noción de raza antioqueña y le empezaron a hilar características particulares de la raza blanca, que tenía un vínculo fuerte con la familia y la religión, trabajadora, emprendedora, que colonizaba de manera pacífica. Y eso se convirtió en un mito en el cual el antioqueño se piensa a sí mismo como una raza homogénea que hace parte de las razas superiores.»

Las definiciones suelen obedecer a idealismos. Es imposible pensar que en Antioquia solo existen católicos, blancos, monogámicos, pacíficos y arrieros. Sin embargo hay rasgos y características en su población que sobresalen y que permiten hablar de «cultura». Quizás de allí proviene el concepto de «paisa» con sus particularidades bien definidas: es cantinero, aguardientero, tanguero y parrandero y en el imaginario colectivo se lo tiene como industrial, comerciante, minero, ventajoso y cafetero. Es sin duda la más singular y sólida de las idiosincrasias de la nación colombiana.

Los habitantes del Eje Cafetero somos híbridos. Un poco paisas y un poco caucanos. Así nació en 1905 ese esperpento llamado departamento de Caldas. Una fusión caprichosa de pedazos de los estados soberanos de Antioquia y Cauca. El norte como apéndice del primero y el sur como parte del segundo. Las profundas y evidentes diferencias dieron al traste con ese invento y el mapa colombiano se desgarró doce lustros después en tres pedazos. 

A pesar de todo esto me atrevo a afirmar que a los pereiranos nos pesa más la herencia antioqueña, la del hacha y el machete, la de las mulas y muleras, la de alpargatas y carriel. Bien nos retrató el poeta con aquella descriptiva frase: «Pereira, querendona, trasnochadora y morena». Aunque este último calificativo está más ceñido a la caucanidad, el primero y el segundo son características clásicas de la antioqueñidad.

Nos resbala que nos critiquen por liberales —y no me refiero al pensamiento político—, abiertos y sinceros. Nos reconocemos amigos de la parranda, el güaro y la música popular. No en vano aquí se arraigaron y triunfaron el Caballero Gaucho, Oscar Agudelo y Alci Acosta. Nadie puede negar que Medellín, Manizales y Pereira son con exclusividad las capitales colombianas del tango.

Con diferentes prioridades que los antioqueños los pereiranos somos comerciantes, cafeteros e industriales. En ese orden. Amantes también de las artes y de los valores comunitarios. Solidarios y generosos. Ávidos de riqueza quizás con desmesura. Madrugadores y trabajadores sin pereza. Amables, afectuosos. Y esa pléyade de virtudes se acompasa con la que mejor nos define, la que más nos reconocen, la que llevamos todos dentro: somos —en todos los sentidos— los mejores anfitriones de la patria: «Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos». Entonces no lo dude: ¡Véngase a vivir feliz con nosotros!

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