Iván Tabares Marín
Mi columna de la semana santa fue comentada por el ingeniero, exgobernador de Risaralda y exalcalde de Pereira Ernesto Zuluaga Ramírez bajo el título Si yo no existo, nada existe. El comentario se refería a mi nota porque nadie más en Colombia ha usado la expresión “yo no existo” –al menos en los diversos medios que consulto todos los días. No voy a discutir con el eminente colaborador de este periódico porque pocas personas van a comprender una disertación sobre René Descartes y su principio “pienso, luego existo” o sobre las “categorías” con que Emmanuel Kant mostró cómo nuestra mente crea nuestra “realidad”.
Esta columna, por lo general, no se entiende si no se han leído al menos algunas de las anteriores. En particular, el tema que nos ocupa empecé a tratarlo en enero de 2019 con motivo de la definición que acababa de hacer el historiados judío Yuval Noah Harari en su texto 21 lecciones para el siglo XXI: “yo soy un algoritmo”. Me hice entonces una pregunta: ¿cuántos colombianos que leyeron el libro entendieron esa frase? Desde antes de ese año venía haciendo aproximaciones a tema tan difícil, inclusive desde cuando escribía en La Tarde y su director Juan Guillermo Ángel Mejía nos repetía a los columnistas que estimuláramos la lectura. No otro ha sido mi propósito.
La importancia del asunto de la inexistencia del sujeto o de la persona, explicado por científico Rodolfo Llinás en el libro El cerebro y el mito del yo, es especialmente significativo para entender la ideología de la izquierda posmoderna que viene creando una tragedia en toda Latinoamérica y que ha puesto en el gobierno a un enfermo mental aliado con una organización internacional del crimen que incluye guerrillas, terroristas islámicos, narcotraficantes, pedófilos y clínicas abortistas, bajo la tutela y apoyo de países como Irán, Rusia y China. Pero como dejamos en manos de la izquierda el control de la cultura, no comprendemos a Byung-Chul Han, Harari, Jacques Lacan o a Martín Heidegger, filósofos que nos dan los elementos suficientes para enfrentar a los filósofos de la Escuela de Fráncfort o de la teoría francesa posmoderna que crearon el pensamiento crítico de los comunistas.
La tragedia que se avecina con Iván Cepeda, en caso de que llegue a la presidencia, se ha agravado con el control que la izquierda tiene sobre la educación, instituciones democráticas, la religión con su teología de la liberación y sobre nuestra cultura. No podemos reducir la discusión a cuál filósofo es mejor o si Dios existe. El problema de fondo es nuestra ignorancia debida a la iglesia católica y la izquierda que han sido nuestros “educadores” o adoctrinadores en dos siglos. De qué nos sirve ser cristianos si nos amenaza la posibilidad inminente de votar con los pies, es decir, de migrar como lo hicieron cubanos y venezolanos. Los demócratas defendemos la familia, la libertad de practicar una religión o ninguna y las instituciones políticas que la izquierda quiere destruir. Y son cristianos quienes apoyan la izquierda criminal.
