HÉCTOR TABARES VÁSQUEZ
En medio de toda esta barahúnda causada por el fenómeno sísmico acabado y recién no pasado aún, deriva interesante preguntarse respecto de la reacción de cada uno de nosotros, al instante en el cual se zarandeaba parte del universo. Difícil, muy seguramente, pues es un acontecer de tanta trascendencia en el instinto de conservación, de tener la capacidad de tomarse el trabajo, poseer la frialdad para pararse en cualquier espacio del sitio donde esté, dedicado a contemplar las sacudidas, las reacciones y todo aquello de ocurrencia fuera de lo común. Además, los temperamentos son cambiantes, ondulantes y extraños, impredecibles, si así es deseado. Van desde el vuelto totalmente histérico, hasta hallar a seres impasibles, tranquilos y calmados. Y de ese estilo, aparecen muchas otras caricaturas de un conducirse en un caso de tal magnitud, agregando a ellos la intensidad del movimiento, el lugar y la posición de encuentro, las personas o el circulo en el que operan, desenvuelven, la hora, entre plurales y singulares circunstancias. Proceder usual en estos ácidos segundos o minutos es ver, sentir y contagiarse de situación curiosa y peligrosa, verbi gracia, la de salir corriendo, abrir las puertas y a la lata, pretender evitar el daño, tratando de llegar a un punto seguro. En el entorno propio, siempre hizo presencia la negatividad de no responder mecánicamente al impulso de abandonar el paraje del inicio y percepción de los sobresaltos, porque en su momento no faltó el buen consejo de no obrar precipitadamente, procurando acercarse a la columna o al dintel del portón. En dicho suceso, la recomendación dio resultado, empero, lo ausente de la fórmula, estuvo en el modo de avocar lo ocurrido, de enfrentarlo, sufrirlo, analizarlo, al unísono del episodio, de impracticable ejercicio. Manera de actuar, propósito del interrogante, asentado en lo a decidir o razonar mejor, en esa confluencia de un azaroso vaivén, de la caída incontrolable de diversa clase de objetos, de las paredes y muros agrietándose y en lo primordial, en qué ocupaba la mente. Solo atino a decir y reafirmarme en un hecho sorprendentemente válido y real: el de simple y llanamente estar esperando el desenlace fatal, haberse agotado la jornada, el final, sin nada en la cabeza, balbuceando oraciones, acentuando el perdón, preparando el despido. Y al término de ello, resta resaltar el grado de desconcierto posterior, especie de letargo, de confusión, de sicosis ante el menor ruido semejante, en el cabal entendimiento de la dispersión, en un desorden de variada índole, plenamente desorientado, en un limbo terrenal. Epilogo, dar gracias al Altísimo. Lo expuesto, forma sutil de intentar comprender la tragedia, respetar el padecer de quienes los desbordó el incidente, pero en lo fundamental, la solidaridad con todos los imposibilitados como yo, de volver a la vida anterior, obviamente en el mayor de los significados, priorizando el pensamiento, los afectos, las emociones.
