Gonzalo Hugo Vallejo
Nos gustaría narrar los pormenores de aquellos gratos encuentros con Álvaro Pío Valencia a comienzos de los años 80. La locuacidad de este eptagenario alimentaba nuestro asombro por esa leyenda urbana en que se había convertido.
Un marxista lenguaraz; la oveja negra de la casa Valencia que mancillaba con su discurso comunista el escudo heráldico familiar que brillaba con el poder áureo de sus abuelos, la poesía del insigne poeta (su padre) y la rutilante y polémica presidencia de su hermano.
Varios asuntos despertaban el interés de mis estudiantes que disfrutaban de aquel sabio monólogo en que se tornaban las respuestas eruditas a nuestras tímidas preguntas sobre el museo Valencia, la otra historia de Popayán, la causa de los Misak y el CRIC que defendía con fervor y la parcelación entre campesinos de “Garrodal”, la finca
heredada de sus padres…
Su vida fue exuberante, llena de “virtudes heréticas”, con “más estrellas que una noche del Cauca”, como bien lo expresó el poeta Jorge Robledo Ortiz. La universidad del Cauca intentó sistematizar su pensamiento en un texto memorable (“Encender una nueva luz”, 2024).
Pero hubo algo más que despertó nuestro mórbido interés por este abogado y educador. Fue la controversia que suscitó su radical postura frente a la reconstrucción de Popayán, luego del terremoto de 1983.
Meses después del siniestro visitamos al guerrero. Luego de los desastres de 1995 (Pereira) y 1999 (Armenia), revivimos esa vieja discusión en lánguidos y estériles simposios. Hoy reiniciamos el debate cuando se reivindican planes y proyectos del pasado difusamente ejecutados que no fueron auditados por los organismos de control, ni sometidos al juicio implacable de los que vivieron la hecatombe.
Se agencian liderazgos y relaciones de poder populistas, mesiánicos y asistencialistas que se entablan una vez ocurren estos siniestros. Se intenta reconstruir haciendo caso omiso de los viejos problemas estructurales y multimodales que han configurado el anacrónico y caótico modelo de ciudad–región. La proclividad gentrificadora y miope de políticos y gobernantes soslaya la necesidad de construir escenarios donde se priorice el espacio público y el bosque urbano.
Toda reconstrucción debe comenzar por atender lasnecesidades de poblaciones vulnerables antes que las monumentales. Un siniestro debe convertirse en una oportunidad de transformación socio–urbana. La reconstrucción (reparación, reposición, renovación, reemplazo) queda supeditada a criterios refundantes, deconstructivos, resignificantes, preventivos, prospectivos y empoderadores del territorio.
A partir de una praxis socio–ambiental visionaria lograremos articular una relación triádica, simbiótica y sistémica (sociedad–ciudad–naturaleza) donde barrios, escuelas y hospitales construidos sobre zonas seguras, con servicios públicos garantizados, rutas de evacuación, criterios eto–pedagógicos y genuinas relaciones sostenibles, terminen por conjurar los riesgos a que están expuestas poblaciones enteras por la crasaimprevisión que hizo posible la ocurrencia del desastre. Necesitamos pasar de una tradicional y reactiva gestión del riesgo a una auténtico actuar transformador del territorio. Un terremoto no sólo destruye edificios, también demuele certezas sobre las cuales se erige una visión territorial. Surge la pregunta: ¿Qué tipo de ciudad debemos construir para que las nuevas generaciones no tengan luego que reconstruirla cuando suceda la próxima catástrofe? Olvidar, desconocer o infravalorar la historia y la memoria del territorio, su acervo cultural y sus contingencias socio–ambientales, es pavimentar el camino hacia el próximo e inexorable cataclismo.
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