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jueves, abril 25, 2024

Una cosa es una cosa …..

Es tendencia

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Hay algunos fundamentalistas que pretenden tapar el sol con las manos, hacerse los de la vista gorda o caer en el negacionismo. El fanatismo los lleva a sufrir de ceguera frente a los acontecimientos. Pretender afirmar que el actual gobierno es acertado o que va por el camino correcto es un desatino. Está bien que alguien sea gobiernista, «petrista», izquierdista o simplemente amigo del cambio que necesita Colombia, pero otra cosa es dejarse arrastrar por un apasionamiento desmedido y furibundo que no le permita aceptar que algo anda mal. Pertenezco a esa masa mayoritaria de colombianos que hastiados de los gobiernos inanes y corruptos que precedieron al actual nos entusiasmamos con una idea de CAMBIO, con una opción distinta, con un camino diferente. Los verdaderos constructores de esa nueva opción fueron nuestros últimos gobernantes, incapaces de vencer la inequidad y la podredumbre y haciéndose parte de ella. 

 

Pero no soy ciego, ni sordo y menos mudo. Cuando el gobierno del «cambio» se acerca a la mitad de su período hay hechos que demuestran con contundencia que ha sido incapaz de enfrentar el reto que se propuso. Un cambio estructural requiere un liderazgo sólido y rotundo capaz de enfrentar al «statu quo». Y aun así, esto no basta. En una democracia como la nuestra ese liderazgo debe estar apoyado y soportado en unas claras mayorías y en una popularidad evidente. Adicionalmente es necesario tener en cuenta —en la estrategia que se diseñe— que se requieren equipos humanos también robustos, capaces de enfrentar los retos pertinentes, un personal idóneo para enfrentar cada tema a cambiar. Es incontrovertible que cuándo un líder triunfa en una elecciones democráticas está acompañado de una gran aceptación y de una inmensa popularidad. Es entonces al comienzo de su gobierno, en los primeros días del mandato, cuando deben emprenderse los retos más difíciles del cambio prometido y tomarse las medidas más complejas, polémicas y difíciles. En un marco electoral como el nuestro el eje central de ese cambio estaba en la modificación de las costumbres políticas. Después de la Constitución del 91 la democracia colombiana quedó atomizada en más de 30 partidos políticos y acompañada con una zaina e increíble norma legal que ampara cualquier aspiración política por fuera de los partidos y al amparo exclusivo de la firma de un grupo de ciudadanos. De esta manera las contiendas electorales en nuestra patria se convirtieron en pugnas individuales y económicas ajenas a propuestas ideológicas y programáticas. Una campaña para el Senado en Colombia cuesta en la mayoría de los casos más de 10,000 millones de pesos, al igual que una alcaldía de ciudad intermedia; una cámara cerca de la mitad de esa cifra, una curul de asamblea cerca de 1000 millones y una de concejo alrededor de 500 millones de pesos. Así cada ganador se convierte en un caprichoso dirigente independiente que a nadie obedece. ¿A eso llamamos democracia? Todo esto es simplemente una vergüenza. Por allí debió empezar el actual gobierno. Con una reforma política que buscara una verdadera transformación del ejercicio electoral y de las perversas costumbres que se apoderaron de lo público.

Pero un ego desmedido, un desconocimiento de las mecánicas de un estado de derecho, la incapacidad de convertir en hechos los discursos ideológicos, la subestimación de la oposición, la impericia administrativa y muchas otras torpezas han llevado a este gobierno al borde del abismo. Advertir esta situación no es añorar el pasado, ni extrañar a los gobiernos precedentes. Mucho menos al paramilitarismo, a los desplazados o a la falta de oportunidades que agobia a nuestros jóvenes. Simplemente es la frustración que nos produce otro fracaso más en el afán que todos tenemos de otra patria mejor y más justa.

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