Una cena reflexiva

*Por: Andrés Felipe Suárez Zuleta

Hace unos días fui a cenar donde mi mamá y mientras estaba sentado la observaba mientras cocinaba, sin seguir ninguna receta lo hizo como siempre: a ojo, a memoria, a amor. El olor del café, porque como buen pereirano a cualquier hora siempre se vale el café, llenó la cocina con un aroma delicioso. Ningún algoritmo en el mundo habría podido replicar ese momento. No porque sea imposible técnicamente, sino porque ese gesto no tenía como propósito alimentarme, sino que tenía como propósito, quererme.

Vivimos una época que nos obliga a preguntarnos, con urgencia y sin trampa, qué somos realmente. La inteligencia artificial escribe, compone, diagnostica, optimiza y hasta consuela. Lo hace rápido, sin cansarse, sin cobrar horas extra. Y lo hace bien, tan bien, que muchos han empezado a sentir que lo humano es, simplemente, una versión lenta e imprecisa de lo que una máquina ya hace mejor.

Pero hay algo que los modelos no tienen: historia propia. Una IA puede procesar y crear millones de cartas de duelo, pero no ha perdido a nadie, puede generar poemas sobre el miedo, pero nunca ha experimentado lo que se siente estar frente a muchas personas hablando con un micrófono, conoce la estructura del amor, mas no lo que significa.

Lo humano no está en la eficiencia, está en la contradicción, en querer dos cosas incompatibles al mismo tiempo y elegir de todas formas, está en equivocarse y en el modo particular en que cada uno lo afronta. Está en reírse en un funeral porque el muerto era gracioso, o en llorar de gratitud por algo tan simple como un plato de comida caliente, o en algo tan sensible como la sonrisa de una bebé como mi sobrina Emma.

Somos la única especie que construye sentido donde no lo hay, que inventa rituales para despedirse, para celebrar, para sanar. Y por lo anterior, reflexiono que la inteligencia artificial nos está devolviendo, paradójicamente, la pregunta más antigua que la humanidad se ha preguntado: ¿para qué estamos aquí? 

Y no la estoy desestimando ni mucho menos, por el contrario, esta nos libera de tareas mecánicas y nos ayuda a agilizar actividades que en otros tiempos tomaría demasiado tiempo. Sin embargo, también nos obliga a pensar y cuestionarnos ¿qué es lo que no puede hacer ella que nosotros sí? 

No somos humanos porque pensamos mejor que las máquinas. Somos humanos porque amamos sin garantías, porque le encontramos sentido al sufrimiento, porque elegimos quedarnos cuando podríamos irnos, o simplemente hacer como mi mamá, que sin inteligencia artificial y con precisión absoluta hizo que ese momento de la cena fuera increíble, y ninguna maquina o IA podrá recrear eso.

*Docente Universidad Católica de Pereira.

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