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sábado, junio 22, 2024

Un reencuentro memorioso

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Luis García Quiroga
Columnista

Cuando casi todos los convocados ya estaban allí, me di cuenta de que habían pasado algo más de 56 largos años desde que el 18 agosto de 1965 se materializó el inicio de la gesta que creó a Risaralda como ente territorial del mapa colombiano.

La del viernes 24 de febrero en el recinto de la Asamblea Departamental, fue una cita con la remembranza, que no es otra cosa que la inesperada resurrección de la descuidada memoria retornando para contarnos pequeñas historias y grandes epopeyas. También anécdotas de culpas que, como las nubes que ocultan el sol, no pueden tapar el esplendor del día.

Allí estaba sentada buena parte de la estirpe de los líderes que nos legaron a Risaralda. Fue un homenaje a los cinco miembros de la Junta Pro Creación integrada por Gonzalo Vallejo Restrepo, Guillermo Ángel Ramírez, Alberto Mesa Abadía, Arturo Valencia Arboleda, Enrique Ocampo Restrepo y al equipo de mujeres y hombres que con denuedo apoyaron la gran causa.

Desde el Olimpo, ellos presenciaban a sus vástagos, todos juntos, igual que a mediados de los años 60 hicieron equipo para apoyar hombro a hombro y bolsillo a bolsillo, sin egos y con total determinación, la voluntad de hacer de Pereira una de las mejores capitales en uno de los departamentos más ejemplares de Colombia.

Allí estaba la sangre de los Vélez Marulanda, Vallejo Restrepo, Ángel Marulanda, Salazar Robledo, Ángel Ramírez, Jaramillo Bernal, Gaviria Londoño, Isaza Henao, Mesa Abadía, Marulanda Gómez, Valencia Arboleda y la pinta de los pereiranos nacidos en suelo Sirio-Libanés. Seguro faltaron otros que la injusta historia ha escondido. La intención es rescatarlos para la memoria de los tiempos y la gratitud del corazón, porque como dijo Juan Guillermo Ángel Mejía, “No fue una causa de la élite”.

En un ambiente de calidez y calidad escuchamos a Ángel Mejía, Roberto Vélez Vallejo y Carlos Andrés Gil en reposadas y bien pensadas oraciones que tuvieron el sentido y alcance de odas a la historia del auténtico civismo y sentido de pertenencia por “La tierruca buena”, como solía llamarla el poeta Luis Carlos González.

Fue un sincero reconocimiento y un sobrio encuentro con las familias de los fundadores y sus equipos de apoyo, propiciado por el presidente de la Asamblea de Risaralda, Carlos Andrés Gil González y sus colaboradores.

También fue una pausa en el frenesí de la agitada cotidianidad de estos tiempos, tan distintos de esos gloriosos días sesenteros de la fundación. Tiempos en que nuestros líderes no andaban en camionetas de vidrios polarizados ni tenían codicias distintas de la de dejar luz en la poterna y guardián en la heredad, en un territorio que ha merecido más de lo que en el último medio siglo le hemos dado.

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