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jueves, junio 13, 2024

Un nuevo contrato social

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¿Pecar me hace malo?

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Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista
Bastaron cuatro años (1347-1351), tiempo que duró la pandemia de la peste negra, para que las cosas cambiaran y Europa y el mundo de aquel entonces, con sus 30 millones de muertos, despertara de su centenaria y soporífera noche feudal. La resaca, acompañada de un duro y lento despertar demoró un siglo, tiempo suficiente para que un nuevo paradigma sacudiera las desvencijadas estructuras productivas del medioevo, cambiara los vetustos cánones de una sociedad teocrática y feudal y surgiera el controvertido concepto de modernidad basado en las libertades individuales y la aparición de un nuevo concepto de humanismo. Los medios de producción agrarios y las relaciones sociales serviles amodorradas por el incienso de los prejuicios religiosos, dieron paso a una nueva visión antropocéntrica del mundo sedienta de descubrimientos científicos y geográficos.

Fue así como se reconfiguró el sistema económico europeo bajo la égida del librecambio. La humanidad, henchida de una virtuosa resiliencia, ha sido sacudida a lo largo de la última centuria por catástrofes naturales o sociales. Eventos ruines y/o brutales tales como Guerras Mundiales (Primera <1914-1918> y Segunda <1939-1945>); bombas atómicas (Hiroshima y Nagasaki <1945>); conflictos bélicos (Los Balcanes <1912-1913>, Vietnam <1955-1975>, Ruanda <1994>, Irak <2003-2011>, Afganistán´<2001-2014> y Siria <2011-2020>; desastres nucleares (Chernobyl <1986> y Fukushima<2011>); accidentes químicos (Seveso <1976> y Bhopal <1984>); ataques terroristas (Nueva York <2001> y París <2015>); desastres naturales (Armero <1985> y Katrina <2005>); grandes epidemias (VIH <1981> y Ébola <2014>); terremotos (Indonesia <2004> y Japón <2011>).

Los científicos sociales afirman que este sistema económico y social, decadente y oprobioso, ha dejado expuestas sus fisuras. Principios y valores propios de una sociedad “democrática” tales como equidad, solidaridad, justicia y tolerancia, han quedado ensamblados en “una ética sin moral” que nos habla de una aparente abundancia y prosperidad. Los derechos fundamentales jalonados por las propias dinámicas socioculturales, han pasado a depender de las leyes inexorables y desalmadas del mercado. El crecimiento estructural de una nación visto a través de un fementido índice de calidad de vida, se ha convertido en un espejismo impuesto por la lógica obnubilante y globalizadora del consumismo neoliberal y la propaganda mediática que hace las veces de desvergonzada proxeneta. Por todo ello, el mundo aboga por un nuevo contrato social.
Esta novel utopía nos habla de un equilibrio entre mercado, Estado, naturaleza y sociedad civil y una relación holística entre eficacia y sostenibilidad, justicia y equidad, ecoeficiencia y bienestar.

Estos componentes propios de una sobria gobernanza se implementarán a través de una gestión organizacional activa, competente y participativa y contribuirán a la creación de un inédito orden social jalonado por una economía solidaria. Ese modelo neocontractual es el que debe estar presente en todo plan prospectivo de desarrollo de una ciudad – región que realmente se preocupe por el bienestar integral (bio – psico – social) del urbanita. Ese singular pacto ciudadano propugnará por un nuevo equilibrio socioambiental y un fluido diálogo generacional, étnico y de género y dimensionará, a su vez, una relación armónica, dinámica y coherente entre el ser, el tener y el hacer. Así será.

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